jueves, agosto 27, 2020

DE IDA Y VUELTA (Soneto para ser leído de arriba abajo y de abajo hacia arriba)



Quisiera proponerte mil  atajos

a ver si  mi temor ya no es excusa;

espero que me ayudes tú, mi musa,

quisiera deshacerme de mi andrajo


Al borde del delirio yo me rajo,

eterno claudicar el que me acusa;

a veces el dolor es el que abusa,

las cartas de la suerte no barajo. 


No busco que me lean el futuro

¿Porqué temerle tanto a lo que viene?

Tendría que pensar en ser más duro. 


¿Por qué menospreciar lo que uno tiene?

habló la madrugada tras el muro,

Quisiera que la angustia salga y drene

martes, enero 19, 2016

Se canta para vivir

Su carisma hace que cada palabra se convierta en caricia. Acompaña su charla con una sonrisa que llega al alma y de inmediato logra la conexión perfecta con ese público que disfruta a más no poder de sus anécdotas.  A su lado el poeta y amigo Federico Díaz-Granados en el papel de entrevistador;  o, quizás, en el de aquel cómplice  que, por espacio de veinte años,  comparte (unas veces cerca, la mayoría en la distancia)  la vida y obra musical de Marta Gómez. Y el  escenario no puede ser mejor: el auditorio Rogelio Salmona del Centro Cultural Gabriel García Márquez en el Fondo de Cultura Económica de Bogotá.

“En los comienzos de mi carrera interpretaba canciones de varios autores. Me gustaba lo que hacían Mocedades, Presuntos Implicados, Mecano y, por supuesto, me dejé llevar por la magia del rock argentino; Sui Géneris mi principal referente. Pero cuando escuché “Canción en harapos” de Silvio Rodríguez sentí algo inexplicable, tal vez el llamado que me alertó y me di cuenta del camino que quería y debía tomar”.  Eran los días de adolescencia en Bogotá y en la Universidad Javeriana donde se inscribió en un programa de música dirigido a niños y jóvenes. De pequeñita había viajado de su natal Girardot a Cali para ingresar en el Liceo Benalcázar. En esa institución formó parte del coro y ya  era considerada toda una artista y la voz más destacada.

El gran salto lo dio al matricularse en el Berklee College of Music de Boston a finales de los noventa. “Elegí esa universidad porque Juan Luis Guerra habló, en una entrevista, de su experiencia;  y a partir de ahí supe que yo iría. Se escuchaba jazz y pop; todos los días había conciertos y me llamaba la atención que los profesores acompañaran a sus estudiantes en las presentaciones, por ejemplo,  como coristas o interpretando la guitarra, el bajo o el piano. También me impresionaba  encontrarme en los pasillos, en las filas o antes de cualquier clase,  a los  negros calentando sus voces prodigiosas.  Además porque  ellos eran muy conscientes de ese poderío que tenían”.  Se trató de un intercambio cultural que influyó  muchísimo en su sensibilidad y, a la vez, le dio más argumentos para mantener su gusto personal por la música folclórica latinoamericana, aunque navegara sin problemas por las corrientes del jazz, las fusiones e, inclusive, las de la música brasileña. 

Durante su preparación en Berklee no abandonó su otra pasión: la literatura. Marta Gómez escribió sus primeros cuentos y poesías  a los ocho años, algo  que se refleja en las letras  de sus canciones. Gran lectora, a sus manos llegó “Paula” de la escritora chilena Isabel Allende, una novela autobiográfica que la autora dedica a su hija, sumida a esas alturas  en la tragedia de un coma profundo. La obra de Allende la conmovió tanto que decidió hacerle un homenaje y compuso una canción que tituló: “Paula ausente”. Grabó el tema con un grupo argentino que conoció en la Universidad, “Los Changos”, buscó la dirección de la autora chilena y le envió la canción en un casete y una carta. A los pocos días recibió la respuesta: un libro autografiado y unas palabras de agradecimiento. Años después, en el 2004, mientras Isabel Allende concedía una entrevista  en una biblioteca de California, Marta Gómez fue invitada de sorpresa  y cantó delante de ella  “Paula ausente”. Un momento bastante emotivo en el que intérprete y escritora lloraron de tristeza, alegría, esperanza,solidaridad y gratitud.

Aún no se acostumbra a estar al lado de sus ídolos y tener que aguantarse las ganas de decirles que los ama y que los admira. Sabe que hay que guardar cierta reserva, un extraño protocolo, por así decirlo. Eso no impide, sin embargo, que se le ilumine el rostro al tejer aquella  serie de recuerdos y hablar de ellos con un desparpajo que le viene muy bien a esa mujer cuya sencillez cautiva. “En el 2003 tuve la oportunidad de abrir un concierto de Mercedes Sosa en Argentina. No cantamos juntas, pero pude abrazarla y sentir toda su calidez y generosidad.  En otra ocasión Inti Illimani  me  invitó a una gira por España. En esa serie de conciertos me sentía rara, pues era la primera mujer  que cantaba como solista en esa agrupación exclusiva de hombres. Eso sí, la experiencia fue espectacular. Después coincidí de nuevo  con Inti Illimani en Buenos Aires. Había un concurso de cantantes femeninas en un bar, el problema es que yo no tenía banda. Le propuse al director de Inti Illimani que si iba conmigo al evento. Dijo que sí y al rato los demás integrantes se sumaron. La cosa terminó así: canté acompañada por una de las agrupaciones de música folclórica más importantes de Latinoamérica”.

La amistad es un lazo que Marta Gómez respeta y cuida, por eso algunos encuentros en el país han dejado huellas en su corazón. La vez que le presentaron al escritor colombiano Jairo Aníbal Niño en la Alianza Francesa  es uno de ellos; se trata de aquel hombre con alma de niño que nunca envejeció. O cuando se atrevió a llamar al gran folclorista, compositor e intérprete del género colombiano denominado “Música Carranguera”.  Un amigo en común le dio el teléfono del artista, marcó el número y al otro lado de la línea contestó Jorge Veloza y su vozarrón inconfundible que a veces intimida. “No muy segura que digamos me presenté. Le dije que un amigo me había dado el número y que era, además, amiga de tales personas que él conocía. Jorge me interrumpió y me dijo que entonces ahora usted es mi amiga porque he escuchado sus canciones y me gustaría conocerla”.

Inquieta y deseosa de aprender día a día, siguió una maestría en Creación Literaria en Barcelona y uno de sus profesores fue el escritor mexicano Juan Villoro. “De él aprendí tantas cosas. Sobre todo que si un autor le pone un nombre a determinado personaje tiene que ser ese y no otro. Si lo llama Pedro hay una razón poderosa. Las clases eran en un auditorio inteligente en el que se apagaban las luces si no se percibía movimiento. En uno de los encuentros con  Villoro era tal la atención de todos nosotros que nadie se movía; podría decir que ni siquiera se pestañeaba. Y de repente se apagaron las luces”.

Ha pasado una hora deliciosa. La entrevista casi llega a su fin;  antes de terminar, del público salieron algunas preguntas que Marta Gómez respondió sin ningún problema. “¿Para qué se canta? Se canta para vivir. Si logro sacar aunque sea una sonrisa gracias a mis canciones me siento recompensada. Yo compongo desde la realidad, pero no desde la tragedia ni desde la compasión o el odio. ¿El artista debe ser comprometido? Pienso que, definitivamente,sí; tanto en lo social como en lo político. Hace unos años le pregunté a Rubén Blades por qué se había metido en la política. En ese tiempo desempeñaba un alto cargo oficial en su país. Me contestó que si bien el arte podía contribuir a darle mejor calidad de vida a la gente, desde adentro creía  que podía hacer muchísimo más y ayudar a satisfacer  necesidades concretas”

Luego de cuatro temas  que la cantautora regaló para cerrar con broche de oro, todavía la jornada estaba lejos de terminar. Fuera del auditorio la esperaban sus admiradores  en una fila improvisada para tenerla más cerca y conseguir una foto o un autógrafo. Marta Gómez salió sonriente, esperó  a que pasara el último y a todos les dio gusto, sin mostrar en ningún momento señales de cansancio o fastidio.

Se canta para vivir, nos dijo durante la entrevista.Yo agregaría que también se canta para hacer vivir; y eso lo experimentamos  quienes fuimos testigos de las confesiones de una artista maravillosa. 

(Enero del 2015)

jueves, agosto 07, 2014

¿Cuál muerte indigna más?

Resulta absurdo e innecesario el título que elegí para esta reflexión. No hay muerto malo o bueno; todos, vengan de donde vengan, duelen hasta el fondo del alma. Los de la Guajira, ahogados, literalmente,  en el drama la sequía que azota a gran parte del país; los que dejaron las Farc y el ELN,  resultado de aquella carrera desenfrenada por atemorizar a la población en vez de ganarse de alguna manera a los colombianos para avanzar en los diálogos de paz; los de Venezuela, víctimas de un  trágico enfrentamiento entre gobiernistas y opositores; los palestinos, presos inocentes de sus desalmados verdugos: el grupo fundamentalista Hamás y el estado de Israel. Todas, repito, merecen el repudio general,  porque son producto  de la degradación de los conflictos, las catástrofes naturales que no fueron atendidas por los gobiernos o, simplemente,  tristes consecuencias de feroces guerras en las que priman ideologías radicales de orden político o religioso.  La realidad, sin embargo, nos muestra que, más allá de cualquier consideración, la moda es ahora matricular en determinado bando a quienes manifiestan su rechazo a un acto violento en particular.

En Colombia, por ejemplo,  cuando se habla en privado del asesinato de alguien, es frecuente escuchar una frase que siempre se dice en voz baja: “si lo mataron debió ser por algo”. No importa de dónde provengan las balas o las motosierras, aquí la insensibilidad  se transforma en un matoneo descarado que recae sobre familiares y amigos. Nadie se salva de ese otro asesinato simbólico,  entre otras cosas, muy a la moda en la etérea, anónima y muchas veces peligrosa comunidad de internet. 

Si usted  un día se levanta, lee las primeras noticias y queda con el corazón deshecho al ver las imágenes desgarradoras de hombres, mujeres y niños- especialmente niños- despedazados luego de uno de los bombardeos de Israel a la Franja de Gaza, lo más seguro es que sienta que se le rompe el pecho de la indignación y le dé por compartir en su perfil  de facebook la fotografía que le produjo el shock emocional. Más tarde, usted se conecta de nuevo y se sorprende al leer que algunos de sus contactos, en lugar de mostrar aunque sea un poquito de misericordia  por la carnicería que denuncia, lo critican y le escriben, palabras más, palabras menos, frases del estilo: “¿Y es que a usted no le importan los niños asesinados por la guerrilla?”… “¿Cuándo va a poner una foto que muestre la represión que hay en Venezuela?”... “Así son todos los de izquierda, le pasan todo a la guerrilla y no rechazan los actos que cometen esos hampones”…  Sin posibilidades de defenderse,  es muy probable que se le termine de amargar el día y hasta le provoque agarrar el computador a patadas o llorar al frente de la pantalla, mientras repasa, una y otra vez, la insoportable cantaleta que se ganó tan solo por expresar su dolor ante un hecho que debería mover la sensibilidad de todo el mundo.

Habría que acompañar la indignación con unas palabras de advertencia, dirigidas al amable lector; de esta manera evitaríamos que  se pierda en el ominoso laberinto de los señalamientos y, de paso, logremos que procure  guardar el debido respeto. Las redes sociales se están convirtiendo en crueles mosaicos de imágenes de cadáveres  provenientes de todos los rincones del planeta.  Ningún país se salva del exterminio sistemático e inevitable. Más temprano que tarde desapareceremos sin dejar rastro. Seremos un recuerdo sin memoria, pues no habrá quien nos llore… Mucho menos existirán los dedos que nos regalen, aunque sea, un miserable tuit cuando desaparezcamos de esta pesadilla.

domingo, abril 20, 2014

Macondo, amor a primera vista


Se llega a libros y autores por caminos tan curiosos que, en últimas,  aprendí a ser paciente; en algún momento tendré en mis manos la obra de aquel escritor que todavía me hace falta por leer. Así me pasó con “Cien años de Soledad” de Gabriel García Márquez.  Cuando se suponía que debía leer esa obra en cuarto de bachillerato (hoy noveno) algo me alejó siempre de quedar atrapado en sus letras. Primero, cierta presión. Sí, lo reconozco, casi todos mis familiares (padres, tíos, primos) me alertaron sobre lo “ladrilludo” que era ese libro. Y para comprobarlo me invitaban a ver el número de hojas que lo componían. En realidad eran muchas para mí en ese instante. La verdad no me consideraba un buen lector, entonces opté por seguir los sabios consejos de la mayoría y dejé “Cien años de soledad” archivada entre las obras que nadie busca. Otro argumento del que se valieron mis allegados era aún más extraño: “Ese señor escribe muchas groserías, es insoportable”. Nunca comprendí en qué consistía ese problema. Al fin y al cabo García Márquez es costeño y se supone que la obra le hace un homenaje a la narración oral, esa que pasa de boca en boca y de generación en generación. Mis dudas no lograron, sin embargo, que me interesara en leerlo. De nuevo ganaron esos “acertados” consejos de quienes ya conocían, de pe a pa, el esquivo libro que no me atrevía ni siquiera a ojear.  Pero como Gabo es también periodista, en 1985 publicó un libro llamado “La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile”. Con ese sí me animé. Se trataba de la crónica sobre un director de cine chileno exiliado, Miguel Littín, y cómo logró entrar a filmar a Chile en plena dictadura de Pinochet. Años después, en 1989, aparece “El general en su laberinto”, historia que habla de aquel Bolívar en decadencia, olvidado y sin vestigios de las glorias del pasado. Luego leí sus “Doce cuentos peregrinos” y otros que escribió en El Espectador en sus primeras épocas. 

Tuve que esperar bastante tiempo, hasta que llegó el día señalado. En 1996 fui invitado por una tía a la Feria del Libro de Bogotá. Visitamos los pabellones, recibimos la información acerca de las novedades literarias y antes de salir mi tía me preguntó: ¿Quiere algún libro? Recuerdo que estábamos en el pabellón de la Panamericana y allí era posible conseguir  ediciones populares de grandes obras de la literatura universal. No tuve que pensarlo dos veces. En la primera fila encontré, en uno de los estantes, “Cien años de soledad”, por supuesto en versión popular, y le dije a mi tía que me lo regalara. Salimos de Corferias, me fui a mi casa y de inmediato lo abrí. Leí sin pestañear tres horas seguidas, algo extraordinario en un perezoso como yo. Me cautivó desde la primera frase, me enamoró en el transcurso esa historia fantástica y no pude soltarlo los cinco días siguientes.  Pero, sobre todo, me impresionó Macondo, un lugar sin límites precisos que pareciera construido en el aire; se me antojó el espejo en el que debemos mirarnos los latinoamericanos. Y cada personaje podría ser el reverso o el negativo de una fotografía que está por tomarse.  Macondo es, pues, el mejor escenario para echar a volar la imaginación en cualquier época del año. Un territorio en el que amor y soledad van de la mano. No importa si la peste del olvido se toma al pueblo y hace que sus habitantes terminen vagando sin pasado, presente o futuro. Tampoco el diluvio que estremeció a Macondo y sus alrededores y que le cambió para siempre la vida a todo el mundo. Ahora es un lugar más entrañable;  un puente por decirlo de alguna manera, el lazo que une lo real con lo irreal. 

Conocedores de la obra de Gabo insisten en relacionar aquella geografía de los sueños con su natal Aracataca. Puede ser, supongo que el pueblo donde nació Gabriel García Márquez le regaló una que otra característica. Lo único claro para mí es que hoy debe haber tremendo carnaval allá. Alguna vez el Papa Juan Pablo II, aseguró que cielo e infierno, más que territorios físicos, eran estados del alma. Gabo se nos fue y, seguramente, irá a parar al paraíso, es decir, a su cielo propio: Macondo. Un pueblo universal  que, gracias a él, esta lleno de mariposas y flores amarillas.


domingo, febrero 23, 2014

Réquiem por los "Colosos del norte"

En los años noventa, cuando los edificios y  los techos de varias casas de Bogotá se inundaron de parabólicas, la señal  que recibíamos de canales latinoamericanos era casi en su totalidad peruana. Entonces aquellos armatostes -semejantes a platos gigantescos, idénticos pero en menor escala a las antenas repetidores de Chocontá- pasaron a llamarse “Perubólicas”.  De inmediato se despertó un odioso complejo de superioridad, muy al estilo colombiano, y empezaron los chistes, las burlas y los comentarios crueles hacia los peruanos. Lo mismo sucedió con los ecuatorianos, generalmente indígenas,que llegaban a las esquinas de Bogotá a vender sus productos (artesanías,mantas  y ropa de lana). Por aquellos años algunos grupos de jóvenes con las cabezas rapadas (que para los sociólogos forman parte de las famosas “Tribus Urbanas”) se ensañaban en contra de esos ecuatorianos de trenzas y ruanas, atacándolos bajo el pretexto de castigar a quienes les estaban quitando oportunidades de trabajo a los colombianos.

La verdad no hemos sido muy hospitalarios con nuestros vecinos, hasta  a los venezolanos les tocó padecer el menosprecio de una sociedad que se cree superior. En la bonanza petrolera de los setenta y los ochenta, miles de venezolanos viajaban a Colombia para aprovechar las ventajas de tener una moneda fuerte: el Bolívar. De ahí que las clases altas, y un poco menos las medias, se dieran el lujo de gastar a manos llenas. Era frecuente oírle a cualquier venezolano la siguiente frase, luego de conocer el precio del producto de su interés: “Vale, está barato, dame dos”.  Y terminaban comprando de todo: electrodomésticos, licores y ropa de marca. Nosotros, quizá para cobrarles ese derroche que no podíamos darnos, los  considerábamos “lobos”, es decir, personas de mal gusto a la hora de hablar, de vestirse y de comportarse. No contentos con lo anterior terminamos diciéndoles, en tono despectivo,venecos.

Nos quejamos de los argentinos porque les atribuimos  un  supesto y desmesurado ego y  no reconocemos nuestros propios delirios de grandeza que dirigimos sin piedad a los habitantes de territorios limítrofes. Triste paradoja la de una Colombia que, en su interior, expresa las mismas señales de discriminación en muchas de sus regiones. No obstante, al momento de tomar partido o criticar al vecino, el colombiano es experto y se cree dueño  dela verdad absoluta. Hoy que Venezuela atraviesa una profunda crisis, nada nos impide opinar sobre lo divino y  lo humano, dándole ese fastidioso tufillo a las reflexiones como si tuviéramos la autoridad moral para exigir que nuestros hermanos “tomen el camino de la paz, el progreso, la libertad y la justicia social”. Mientras tanto, poco nos importa que la protesta  sea cada vez menos un derecho en Colombia; nos tapamos los ojos y los oídos ante el escandaloso lugar que nos ubica como una de los países más desiguales del planeta; acudimos a la amnesia para evitar recordar los cientos de miles de muertos y desaparecidos que ha dejado el conflicto interno en las últimas décadas. Y como si lo anterior fuera poco, ahora uno de nuestros principales productos de exportación son las series televisivas que muestran la decadencia de nuestra sociedad, representada en la cultura mafiosa o traqueta que tanto daño nos ha hecho.  “Escobar, el patrón del mal” o “El Capo”, por ejemplo, dos de esas superproducciones colombianas que viajan sin ningún pudor alrededor del planeta.

No sé en qué momento alguien nos puso el título de “Colosos del norte”. Tal vez, o mejor, estoy seguro, se trató de una distinción llena de sarcasmo. Lo único cierto es que, querámoslo admitir o no, en Latinoamérica hubo-  lamentablemente hoy lo dudo- vientos de cambio. Por lo menos ellos pueden contar que hicieron o intentaron hacer una revolución. ¿Nosotros podríamos decir lo mismo?




domingo, mayo 12, 2013

Estrella del sur


Una de las primeras imágenes es la de aquel aguacero que suele desatarse violentamente sobre Bogotá. Las escalera de cemento, desde las que vienen y van los pasos de los habitantes de ese sector marginal, parecieran derretirse y, sin embargo, el agua que las baña fluye hasta perderse en sentido contrario al de  esos cerros que, con seguridad, se encuentran más cercanos al cielo. De ahí en adelante, empieza una historia que habla de la realidad de miles de jóvenes; una realidad bien alejada de la encuesta que cada año pone a Colombia entre los países más felices del mundo. Porque la película “Estrella del sur” nos muestra, precisamente, ese contraste; y lo hace a partir de una cuidadosa puesta en escena en la que el manejo de la cámara (especie de “ojo  móvil” que sigue el rastro y se mete en todos los recovecos) la convierte casi en un documental.

Hay una pregunta que queda detenida en aire: “¿Qué es para ustedes el futuro?”; y mientras los jóvenes de último año de un colegio distrital capitalino piensan en alguna respuesta o, simplemente, dejan pasar el interrogante sin pena ni gloria, aparecen cada mañana pegadas en los postes notificaciones amenazantes firmadas por un enigmático “Mano Negra”. Entonces el futuro se desdibuja y  ya no puede ser el sueño de conocer el mar de una niña grafitera, o la posibilidad de transformarse en piloto de avión de un compañero de clase;  quizá sea el vacío del día adía del pandillero que sabe que en cualquier momento va a morir. Así, las probabilidades de un mañana se reducen a  una lista (muy diferente a la de la profesora) en la que están escritos los nombres de los sentenciados a muerte. Y, al final,  la “Mano Negra”, de un pastorejo con sus dedos, se encarga de decidir cuáles son los frutos “podridos”… sin importar cuántos frutos “buenos” arrastre en su macabro filtro. Es el accionar de una "justicia" cruel, despiadada y moralista, que se esconde en las sombras del anonimato.

“Estrella del sur” lleva dos semanas en cartelera, pero, otra contradicción, no se ha exhibido en la mayoría de salas decine de Bogotá. La dirección está a cargo del joven cineasta de la Universidad Nacional Gabriel González. La película pudo realizarse gracias a que el guión- escrito por Gabriel- ganó el premio del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico.  Además de obtener un reconocimiento en el Festival de Huelva- España: “La llave de la libertad”, que otorgan los presos de esa ciudad.

Menos mal existen todavía artistas  comprometidos con la realidad social. Lo demuestra “Estrella del sur”, producción que se une a testimonios que nos sacan de la modorra a la que nos somete la cultura oficial. Recuerdo a “La vendedora de rosas”, por ejemplo. También a “La virgen de los sicarios” que, aunque no es hecha por un director colombiano, cumple el mismo objetivo de ponernos al frente de la crudeza que habita en la cotidianidad y no queremos reconocer.

Ojalá el voz a voz de quienes ya han visto “Estrella del sur”, permita que  siga en cartelera por mucho más tiempo. Es una buena oportunidad para acercarnos a la otra Colombia y aceptar que, antes que nuestra supuesta y publicitada felicidad, tenemos un poco honroso tercer lugar entre de las naciones más desiguales del mundo.

lunes, marzo 25, 2013

El espectáculo televisivo del exterminio

Elsa y Mario,investigadores del CINEP
El argumento es así: tres hermanos, enloquecidos de rabia, juran acabar con la guerrilla en venganza por  el secuestro y muerte de su padre. Los tipos se arman hasta los dientes, se asocian con narcotraficantes y lanzan una persecución brutal a todo lo que huela a insurgencia. En la arremetida caen estudiantes, campesinos, ciudadanos del común. Y la violencia  sigue su camino, tenebrosa y  descontrolada, por lo que tendremos que esperar quién sabe cuántos capítulos más hasta que los hermanitos se aniquilen entre sí. Es en ese momento, por obra y gracia del libretista, que la serie “Los tres caínes” nos contará cómo ¿terminó? la pesadilla del fenómeno paramilitar en Colombia.



Explicar en esos términos el nacimiento de los grupos paramilitares y la  violencia que desataron en el país, es irresponsable y muy peligroso. No se trata, sin embargo, del único intento por mostrar esa parte de la historia desde aquella perspectiva. En enero de este año, El Espectador publicó un artículo titulado: “Una estocada al mito para”. En él recoge los pormenores de una investigación sobre el tema que hizo la Fundación Ideas para la Paz. Dicha investigación concluye que, efectivamente, el fenómeno paramilitar no se consolidó para acabar con la guerrilla; fue más bien una estrategia de la que se valió el narcotráfico y que buscaba adueñarse de grandes extensiones de tierra. De otra parte, los medios masivos de comunicación, en un momento dado, también les abrieron sus pantallas y micrófonos. Gracias a ellos los paras salieron del anonimato. Recordemos que, a finales de los noventa, la periodista Claudia Gurisatti del canal RCN entrevistó en exclusiva a Carlos Castaño, jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia (así se hacían llamar los paramilitares). Esa noche, el país conoció el rostro de uno de los actores de la guerra. Al otro día, las declaraciones de Castaño generaron  indignación, aunque no podemos desconocer que fueron recibidas con aplausos por el sector de la sociedad que se identificaba con la lucha antisubversiva. A partir de ahí quedó en evidencia el afán de los paramilitares y sus benefactores por mostrar una ideología y, de paso, ser tratados como  grupo rebelde.

Si bien los paramilitares tuvieron apoyo del narcotráfico en sus comienzos, es descabellado asegurar que esa es, exclusivamente, su génesis. De igual manera resulta absurdo suponer que la venganza haya sido el único combustible que movilizó a los Castaño. No olvidemos que empresarios, ganaderos, gentes de la élite social contribuyeron en la  creación de esa especie de Golem, el inquietante "Hombre artificial" de la leyenda hebrea. Pero, quizá, lo más indignante es el intento por desconocer o quitarle  responsabilidad al Estado en el surgimiento del grupo armado al margen de la ley.  Desde sus inicios, el paramilitarismo estuvo relacionado con altos mandos militares quienes, por acción u omisión, jugaron un papel fundamental a la hora de las masacres que se perpetraron en los pueblos. Lo mismo puede decirse de los políticos y demás autoridades regionales. Así lo corroboran en la actualidad los casos de la para política en los que están implicados congresistas, concejales, alcaldes,  gobernadores; además de distintos fallos de Tribunales Internacionales que han condenado a la Nación por su complicidad con los paramilitares.

Dentro de las miles de víctimas se encuentran campesinos, indígenas, aproximadamente cuatro mil integrantes del movimiento político de izquierda U.P (Unión Patriótica), líderes comunitarios, estudiantes, defensores de los derechos humanos pertenecientes a diferentes ONG. De los últimos vale la pena mencionar el asesinato de dos investigadores del CINEP (Centro de Investigación y Educación Popular) Mario Calderón y Elsa Alvarado. La pareja fue acribillada un domingo de mayo de 1997 en su propio apartamento de Chapinero en Bogotá. Un comando Paramilitar, al mejor estilo del enlatado norteamericano “Los Magníficos”, llegó al edificio donde vivían Mario y Elsa. Los hombres se hicieron pasar por integrantes del CTI (Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía), subieron al apartamento donde vivían y perpetraron el homicidio. No solo cayeron Elsa y Mario. El padre de Elsa falleció en ese hecho y su esposa quedó gravemente herida. En medio del terror, y presintiendo que la muerte ya había tumbado la puerta y se aprestaba a acabar con quien encontrara a su paso, Elsa alcanzó a meter a su bebé en un closet para salvarle la vida. Mario Calderón se destacó por su trabajo comunitario. Dirigió el Programa por la paz de la Compañía de Jesús en 1987 que se desarrolló en el Alto Sinú.  Más adelante creó la Asociación Reserva Natural de Suma-Paz con el propósito de proteger el segundo páramo más grande del mundo: el Sumapaz. ¿Podría acaso semejante atrocidad relacionarse con la sed de venganza de los Castaño por la muerte de su padre a manos de la guerrilla?

 Está comprobado, hasta ahora, que “Los tres caínes” no tocará el espinoso tema del exterminio sistemático y premeditado de la izquierda en Colombia, cayera el que cayera. No le conviene a RCN, tampoco a un sector de la sociedad. Resultan desalentadores los argumentos de los que se vale su libretista, Gustavo Bolívar, para defender la serie. Según él, y luego de un estudio de mercadeo, descubrieron que eso es lo que queríamos ver los colombianos. Quizá se refería a un relato lleno de estereotipos y lugares comunes, en el que los guerrilleros se dejan crecer la barba y lucen desgreñados; igual que  los estudiantes de Sociología de la Universidad de Antioquia, cuyas mochilas y sus asomos de barba de tres días los delatan  como milicianos de la guerrilla en Medellín. Los Castaño, entre tanto, son fiel reflejo de una familia unida que gira alrededor de la madre y en la que sobresale el machismo de los hijos. Los tres hermanos deciden el destino de propios y extraños. Y mientras  se entrenan  vigorosamente en las artes de la guerra, les queda tiempo, inclusive, para traicionarse y ponerse  los cachos entre ellos. En la otra orilla, finalmente,  permanecen- y permanecerán- en el olvido y el anonimato las víctimas, verdaderas protagonistas de una historia que aún no acaba y de la que falta mucho por contar.

domingo, enero 27, 2013

El pianista de la misa de seis


Un año se pasa rapidísimo, eso no es ningún descubrimiento; pero, aunque el tiempo todo lo cura, las misas que se celebran por los muertos son como  esos viejos  casetes que se rebobinaban -a veces manualmente con el dedo o un lápiz- y que devolvían a la fuerza las grabaciones que dejábamos atrás. Así llegan los recuerdos, a la fuerza; sobre todo cuando el sacerdote dice: “Ofrecemos esta santa eucaristía por el eterno descanso de …”. En ese momento, la sonrisa de familiares y amigos se ensombrece por el dolor agazapado, silencioso,  y los ojos se encharcan después de la inevitable llovizna de nostalgia.

La mamá de una vecina murió, precisamente, hace un año. A mi amiga (una de sus hijas) se le ocurrió que la celebración debía hacerse en la capilla contigua a la iglesia de la Parroquia Santa Francisca Romana. Desafiando las leyes de la lógica- y hasta de la física, digo yo- repartió durante la semana invitaciones a granel, por lo que  aparecimos más de 80 personas en un recinto que, a duras penas, recibe 40. Me  eligieron democráticamente  para hacer acto de presencia en representación de mi familia. Puesto que yo  era el único candidato y estaba en desventaja, es  como si hubiera votado en blanco. Entonces terminé apretujado en la puerta de la capilla.

Al comenzar la ceremonia, ni corto ni perezoso y a pesar del frío,  me senté en las escaleras del atrio de la iglesia. Desde ahí alcanzaba a oír las palabras del párroco, las respuestas de los feligreses y, en general, el desarrollo de esa puesta en escena de la fe. Me llamó la atención, eso sí, el músico. A diferencia de muchos de los organistas de esas misas, cuyas voces son, generalmente, gangosas, nasales y  que al cantar parece que lo hicieran en jerigonza, la vocalización de este, clara y perfecta, le ganaba la competencia al coro improvisado de los fieles que, tímidamente, se elevaba sin mucha afinación que digamos. Además, su ejecución del teclado no generaba ese eco apagado, triste y melancólico;  por el contrario, variaba en unos arreglos que iban del pop al jazz. Sin duda un gran intérprete. Sonaba tan bien que se me olvidó el frío.

Luego de la bendición, mi amiga tomó el micrófono y agradeció a los asistentes. Enseguida,  dijo: “Agradezco, especialmente, al Maestro Cristian Vega que nos regaló esas maravillosas canciones”.  Me paré rápido, me abrí paso y entre a la capilla. La verdad que se trataba de un pianista de lujo. Hace años no sabía de él, un músico al que Pacheco llamaba el “Niño Genio” porque, a sus 21 años, dirigía  la orquesta del conocido programa de concurso “Compre la orquesta”. Cada vez que algún participante daba con el instrumento que llevaba la melodía (por ejemplo el clarinete), Pacheco decía: “Hágame el favor, Maestro. Que suene el clarinete y toda la orquesta a nombre de La abejita Conavi”.  Al frente del piano Cristian Vega,  el “Niño Genio”, sonreía, levantaba un brazo, daba la señal- un, do, tre- y empezaban a tocar.

Interpretó  el último tema igual que los demás. Concentrado, moviendo el cuerpo al ritmo de la melodía. Varias personas nos acercamos y rodeamos al maestro. Al terminar nos miró, sonrió y se paró. Mientras guardaba atril y teclado, lo saludé. Le dije que lo admiraba muchísimo y que disfruté  su presentación.  El Maestro volvió a sonreír y contestó: - “Cuánto me alegra. Pero usted no se imagina. Viene el cura y me dice que si no era mejor que subiera al segundo piso y tocara desde allí.  ¿Qué tal que le hubiera hecho caso? Con el beriberi que tengo terminaría  en las bancas del primer piso”. Me guiñó un ojo y no dejó de sonreír. Luego comprendí a qué se refería. Cristian Vega no podía quedarse quieto. Parecía uno de esos muñecos inflables a los que se les pega y nunca se caen, así uno vea que están a  punto de irse al suelo.  “Es que, hermano, después de un accidente en el que me quitaron parte del cerebelo, antes es mucha gracia que esté vivo”. Lo ayudé a guardar el teclado e insistí en cargárselo, a lo que respondió: “No hombre, déjemelo que me sirve de bastón”.

En los años ochenta de aquel programa, el Maestro estuvo muy cerca de la fama. Tanto que cometió excesos  que lo dejaron al borde de la muerte en el 2003. Salió de un coma y vinieron tiempos de incertidumbre.  Tuvo que volver a aprender a caminar, a hablar, a hacer las cosas más sencillas. Poco a poco se levantó, retomó la música y se dio cuenta de que todavía tenía mucho camino por delante. Daba gusto encontrarlo así, renovado, alegre y con buen sentido del humor. A pesar de que ahora no le dan trabajo en televisión porque, según él, “Ya no me contratan en ningún canal. No les sirvo así, viejo y enfermo”.  Decidió, en vista de que se le cerraron las puertas, independizarse a medida que se recuperaba. Se acostumbró a manejar  la pérdida del equilibrio que logró compensar con ese talento que mantiene intacto. Seguramente ya cruzó los cincuenta años; la sonrisa, sin embargo, es muestra de una juventud inquieta e indomable.

Me ofrecí a acompañarlo a parar un taxi. Cuando íbamos caminando notó mi cojera en la pierna derecha. Puso su mano en mi hombro y, cagado de la risa, me dijo: “Quedamos igualitos a un cigüeñal”, y  nos fuimos a buscar el bendito taxi. Él, con su bastón musical; yo, sintiéndome privilegiado de estar al lado de un tipo que me hizo comprender que los ángeles caídos son un mito, no existen. Se los inventaron aquellos oportunistas que pretenden salvarse a punta de  pecar, rezar y empatar.






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jueves, diciembre 20, 2012

A pocas horas de bajar el telón


El 6 de junio de 1996, a las seis de la mañana, papá se levantó y abrió la puerta; desconfiado, miró para ambos lados. Enseguida se echó la bendición, cerró  y se acostó otra vez. Eso lo supe porque mamá me lo contó aquel día mientras desayunábamos. Entonces recordé  la fila, cada vez más grande, que se formaba en la Parroquia antes  de esa fecha. Todos querían bautizarse (especialmente los niños, aunque también los adultos que no lo habían hecho y se sentían en una especie de limbo) puesto que, de acuerdo a cierta  profecía, ese era el terrorífico año que coincidía con el número del diablo: 666. El Padre Pacheco -Párroco de la Santa Francisca Romana por esa época- no se dejaba amilanar y devolvía a sus casas a los paranoicos fieles: “No va a pasar nada. Programé bautizos únicamente los sábados. Menos los voy a hacer entre semana por supersticiones tan pendejas. ”.

Si no nació el anticristo en esa oportunidad, tuvo que ser tres años después con el cambio de milenio. En ese entonces trabajaba en el despacho y recibo de correspondencia  en una entidad financiera en liquidación. Todavía no se había popularizado internet; pocos hogares tenían la posibilidad de conectarse, pero la red ya era indispensable en el sistema bancario, el comercio, la salud, la educación. La tarde del 31 de diciembre de 1999 el ambiente no era de fiesta precisamente. A todos nos ordenaron hacer copias de nuestros archivos de computador. El Liquidador y sus colaboradores más cercanos se reunieron de emergencia. Preparaban  los últimos detalles para evitar el caos. Tenía que ver con la hora de cada aparato. Según los entendidos, no todos los computadores reconocerían, así como así, los nuevos dígitos que correspondían  al año 2000 en sus relojes internos. Eso significaba que, de no tomarse las medidas necesarias, podía generarse una hecatombe informática a nivel mundial y los datos se perderían. Nada sucedió, finalmente. Llegamos victoriosos  al siglo XXI máquinas y seres humanos. Y si falló mi sistema  no fue por la catástrofe anunciada. Juro que hice lo que me pidieron. A medida que copiaba los archivos en el diskette los borraba de mi PC (¿Para qué mantenerlos ahí?, dictaba mi lógica).  El 2 de enero regresé a mi trabajo. Me tomé el primer café del día, luego  prendí el computador e introduje la copia para organizar mi jornada. Casi me da un infarto: no encontré nada, estaba absolutamente vacío. Sudé frío. Una que otra lágrima ya se insinuaba producto de la desesperación. Me salvó, a los pocos minutos, la llamada del director de la oficina de Cali: “Carlos, me llegó en la correspondencia un diskette de archivos con memorandos, comunicaciones, peticiones, tutelas, registros de pagarés. ¿Qué se supone que debo hacer con eso?”

Ya pasaron cuarenta y tres  de mis agostos y no ocurrió el vaticinio del cura bogotano Francisco Margallo y Duquesne quien, en 1827, elevó una advertencia que aún resuena, inclusive en los que no la oímos: “El 31 de agosto de un año que no diré, sucesivos terremotos destruirán a Santafé”. Por eso, cada vez que en el 31 de dicho mes de vientos y cometas el cielo se ve azul -acompañado de una que otra nube blanca parecida al algodón- papá me dice: “Mijo, el cielo está para un temblor. Póngale la firma”. Lo mismo ocurrió, hasta ahora,  con los famosos tres  días de absoluta oscuridad (los cuales  atormentaron siempre a mamá y no la dejaban en paz) que jamás se presentaron. Mi viejita murió con la certeza de esa noche prolongada y misteriosa. De ahí que guardara en un cajón decenas de cirios pascuales, únicos capaces de iluminar al mundo en medio de las tinieblas.

El miedo es colectivo, no me queda la menor duda. No solo debido a la interpretación de la profecía maya que le pone punto final a nuestros días mañana 21 de diciembre. Hace rato familias enteras se alejaron de las ciudades y viven en el campo o en las montañas, desconectadas de cualquier artefacto tecnológico. Alrededor del mundo hay grupos que se hacen llamar “Preppers” (“Preparacionistas”) que se dedicaron a almacenar alimentos, medicinas, armas y trajes especiales que los protejan de un ataque bacteriológico. Su consigna es sobrevivir a la anarquía que, seguramente, se desatará después de la caída del sistema financiero, la guerra  o alguna catástrofe natural. También están los que se esconden en refugios subterráneos, tal vez con la intención de acercarse al calor y seguridad que nos da una madre, en este caso, la madre tierra.

Lo que veo con tristeza y preocupación es que la mayoría de aquellas personas buscan su salvación individual y, acaso, las de sus familias. No les importa el resto. En ese sentido, el otro se convierte en alguien que produce desconfianza, un enemigo y rival del que hay que cuidarse. Ni siquiera en las supuestas últimas horas de este planeta se despertó una conciencia colectiva capaz de reunirnos en torno a un objetivo común.  Se acaba una era. Creo, sin embargo, que el final lo vivimos día a día desde que nos negamos la posibilidad de dar y recibir un abrazo; además de perder la capacidad de soñar.


(Imagen tomada de http://www.estereofonica.com/dos-especiales-daran-a-conocer-la-verdad-sobre-el-fin-del-mundo-por-history/r)

martes, septiembre 25, 2012

Fugaz retrato urbano


Imagen tomada de http://www.davidosoriophotos.com/wp-content/uploads/2010/07/DSC_5970.jpg



Lo llaman despectivamente "Ñero" o "Desechable". Cuando la gente lo ve acercarse cambia de acera por miedo a que la atraquen o por físico asco. Para calmar el hambre, o escapar de esa realidad que lo discrimina, fuma bazuco, marihuana o mete pegante Bóxer por la boca. No lo saludan, nadie le sonríe. Recibe en cambio, día a día, el odio de una sociedad que lo rechaza y condena sin contemplaciones."Trabaje, hijueputa"... "Lárguese, malparido"... "Es que deberían matarlos a todos". Por eso tiene que endurecer su piel sucia, gastada y ponerse una coraza en el alma; no vaya a ser que en la próxima esquina alguna persona de bien le perfore el estómago a punta de balazos. También mira con recelo y aprendió a ir a la ofensiva: "Hijueputa su madre que lo tiene tan gordito", responde el "Ñero" antes de irse caminando lentamente hacia cualquier calle. Pero, a veces, sonríe o, espectáculo maravilloso, se caga de la risa. 

Lo recuerdo perfectamente hace años, un día que iba a la biblioteca Virgilio Barco. Venían arrastrando una carreta llena de basura. Eran dos. Uno más viejo que el otro. Cinco perros callejeros los acompañaban. De pronto, al pasar a mi lado, uno sacó un arma, me apuntó y disparó. La pistola era grandota, azul y de plástico. El chorro de agua me pegó en todo el pecho, entonces el "delincuente" gritó: "Oiga, güevón: ¿cierto que con esta mierda podemos robar un banco?"... Yo simplemente sonreí y seguí mi camino, mientras perros y dueños se alejaban felices de haberme jugado una pequeña broma en esa avenida solitaria de Bogotá.
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domingo, septiembre 09, 2012

La felicidad tecla a tecla



Por muchos años hubo dos reinas en la casa: mi mamá y su máquina de escribir. En tiempos en los que el computador  era una referencia de países desarrollados, y la presentación de trabajos escritos  se convirtió en un requisito ineludible para graduarse o lograr un ascenso, el aparato representó la principal fuente de ingresos familiar. Mamá, experta mecanógrafa, tenía ya sus clientes. Y dado que papá estaba sin empleo, entonces  decidieron trabajar juntos. Así nos sacaron adelante, mientras mi hermana y yo estudiábamos o nos dedicábamos a ser niños sin que nos faltara nada.

 Prácticamente todas las noches se desataba una especie de aguacero. El sonido de las teclas al escribir, lento y pausado, de pronto arreciaba con la fuerza de una granizada y, posteriormente, bajaba de intensidad. Mamá posaba sus dedos sobre las letras y, sin mirar, las ejecutaba con la agilidad de una pianista. Solamente le ponía cuidado a la letanía que se desgajaba de la boca de papá, quien le dictaba lo más claramente posible.

…" Porque mientras creímos que contábamos con la Filosofía; mientras asumimos a la Razón, no como un Instrumento sino como El Fundamento del Ser…”

…”Cien años de soledad es sin dudas un clásico ya consagrado de la literatura Latinoamérica…”

... “El ser humano es la especie animal, mentalmente, más evolucionada que hay en el planeta…”

-“Ay,  la cagué... ¡No mija, no escriba la cagué. Es que le dicté mal!”… –“Carlos, hágame el favor y se concentra. Me hizo dañar la hoja”- …. – “Perdón, mija. Estoy cansado. Tomémonos un tintico”-

 Entre tinto y cigarrillo se iban las horas, los silencios, las palabras. Por la ventana abierta de mi cuarto, que daba a la calle, salía el murmullo de la jornada nocturna. En la esquina de esa cuadra de Los Alcázares alcanzaba a escucharse el teclear de la máquina y la voz de papá. En aquellas ocasiones cambiábamos de habitación. Yo subía, me pasaba a la de ellos y me sumergía en el sueño, arrullado por ese eco que se apagaba poco a poco. Más adelante papá adquirió la destreza necesaria y empezó a ayudarle a escribir. A pesar de eso jamás pudo hacerlo sin mirar la máquina. Los dedos de mamá se deformaron paulatinamente por culpa de una espantosa artritis degenerativa. De todas maneras, siempre hizo el esfuerzo de no abandonar a papá en esa labor de complicidad y amor que tanto los unió.

 Transcribir trabajos resultó un buen negocio, aun así no faltaban los problemas. Cuando la máquina eléctrica sonaba igual que un carro recalentado a punto de vararse, mi mamá corría a buscar al señor Patiño que vivía a tres casas de la nuestra. Él se encargaba de revisarla, diagnosticar el daño, repararlo o, en el peor de los casos, hacerle algún remiendo provisional, no sin antes advertirle que ya era hora de comprar una nueva y botar a la basura ese chéchere.  Afortunadamente, los arreglos del señor Patiño fueron  providenciales y nunca tuvieron que llegar a tal extremo. Sólo la reemplazaron el día que la mejor amiga de mamá le envió una de regalo desde los Estados Unidos.

La casa se llenaba de gente cargada de libros, fotocopias y el borrador de sus investigaciones. Jóvenes, en su mayoría, se tomaban la sala, el comedor y hasta el jardín, al tiempo que corregían una y otra vez sus apuntes antes de pasárselos a mamá. De todos esos grupos, uno me llamaba la atención. La vecina de enfrente también se dedicaba al oficio y, de vez en cuando, le enviaba clientes a mamá. Gracias a ella aparecieron unos hombres con uniformes de color verde; hombres que encontraba algunas veces en la calle requisando a los transeúntes y pidiendo papeles. Claro que estos se veían más importantes: sus pechos mostraban decenas de insignias desconocidas para mí. Además parecía que se bañaban en  colonia, puesto que dejaban en el ambiente un fuerte y penetrante olor que nos mareaba. Papá me contó que eran militares que pertenecían a las cuatro armas y que venían a que les pasaran sus trabajos de ascenso. De un momento a otro, la casa se transformó en una réplica de la Escuela Militar. Gritos, órdenes, zapatos brillantes que servían de espejo, armas, escoltas.

Uno de esos tantos días, papá y mamá atendían a un militar que les explicaba, minuciosamente, cómo debía quedar el trabajo. Saludé respetuosamente y le pregunté a mamá:

- “¿Má, puedo salir al parque a jugar un rato?”

Esperé la respuesta. En ese momento, sin embargo, las palabras del militar se le adelantaron a mamá y, dirigiéndome una mirada reprobatoria, me dijo:

-“Muchachito. Repítame que no escuché bien ¿Cómo dijo?”

Me quedé callado. No comprendía lo que quería decirme. Entonces repetí:

-“Dije: ¿Má, puedo salir al parque a jugar un rato?”

Y sin permitir que terminara de hablar, el militar me respondió con su vozarrón aterrador:

“- ¿Cómo así que Má. Es que su papá está pintado o qué? No se le olvide quién es el jefe del hogar”.

Otra vez me quedé callado. Busqué en la mirada de mamá un refugio, pero ella leía los papeles que le entregó el militar. Fue papá el que rompió el silencio. Se paró, puso su mano en mi hombro y me dijo:

-“Mijo, usted sabe que entre su mamá y yo no hay jerarquías ni rangos. Hágale caso a ella”. Se excusó  y salió a comprar cigarrillos. Yo también me fui, luego de que mamá me diera permiso. No me despedí del militar, tampoco lo volví a ver después.

De la misma manera en que llegaron los militares desaparecieron sin anunciarse; al igual que los cientos de estudiantes que, año tras año, traían sus trabajos. El computador desbancó, definitivamente, a las máquinas de escribir. No volvieron a amontonarse las resmas de papel blanco en el escritorio. El libro de las normas ICONTEC de esa época es hoy un documento obsoleto de mera referencia. El olor del corrector dio paso al impersonal delete, característico de los sistemas operativos de computación. La pantalla desplazó la danza de las teclas encima de las hojas.  Ni siquiera fui capaz de aprender a escribir como lo hacía mamá. Ahora “chuzografeo” penosamente estas palabras con los dedos índices de las dos manos, sin ser capaz de utilizar los restantes aunque sea para poner las comas.  Eso sí, todavía mi cuarto vibra al recordar el sonido de ese aguacero nocturno; aguacero que fue, ante todo, el ejemplo de un equipo de igual a igual conformado por mamá y papá.
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lunes, julio 23, 2012

Lágrimas para ganar una guerra



La iluminación no vino del cielo o de alguna de las tantas profecías que anuncian el final de una era; tampoco de un análisis concienzudo sobre las causas del conflicto que, necesariamente, ligan pasado, presente y futuro; muchísimo menos del reconocimiento a la diversidad étnica y cultural que entreteje la trama de nuestra razón de ser como colombianos. No. La iluminación apareció, de repente, en las  imágenes que inundaron aquella mañana millones de pantallas de televisión y de  computador.  

Se conocía el ultimátum que le dieron los indígenas del Cauca al ejército en la víspera al decir, palabras más palabas menos, “tienen plazo hasta las doce de la noche para desalojar nuestro territorio. Si no se van  los sacamos”. Además, durante la semana, ya se habían enfrentado con los soldados. Lejos de ser un rumor, el anuncio de los jefes del resguardo del Cauca era para tomarlo al pie de la letra. La respuesta del Gobierno quiso mostrarse contundente. La fuerza pública no cedería un milímetro del territorio colombiano. Ni más faltaba  que tuvieran que pedir permiso para actuar. aseguró. Sin embargo, extrañamente, no reforzó la seguridad del área de operaciones y dejó el mismo número de soldados protegiéndola. Entonces, el día y hora señalados,  la advertencia no se quedó en el aire, se materializó y sucedió lo inevitable. Cerca de mil indígenas (hombres, ancianos, mujeres, niños, muchos de ellos armados con sus bastones de mando y otros con machetes) llegaron al cerro Berlín del municipio de Toribío en el departamento del Cauca- donde se encontraba la base militar- dispuestos a cumplir su palabra. Pudo ser peor. Los soldados dispararon al aire en medio de los ánimos exaltados. Algunos militares fueron arrastrados por la comunidad  ante su negativa de salir del cerro. Otros empujados por los indígenas  quienes, ayudados por sus bastones de mando, hicieron una especie de cerco que redujo la movilidad de la tropa. Luego de semejante forcejeo, los militares se replegaron y empezaron a bajar lentamente de aquel terreno controlado ahora por la autoridad ancestral. Y mientras ellos caminaban llevando a cuestas morrales, armamento y equipos de comunicaciones, sucedió algo inesperado. De pronto, la única cámara que registraba los acontecimientos,  se enfocó en la expresión de impotencia, rabia y desolación de uno de los vencidos. Mezcladas con las  gotas de sudor que bañaban su rostro y reforzando el dramatismo de la suciedad producto del combate,  gruesas lágrimas escurrían de sus ojos. Finalmente el soldado no aguantó más y sentenció- llorando aunque sin que se le quebrar la voz-: “Esto es muy humillante. Así no se trata a un colombiano”.

Nuestra sociedad, machista, excluyente y clasista, educa a los niños para que no lloren. "Las que lloran son las niñas", nos dicen padres y madres si tenemos que afrontar circunstancias difíciles. Pero si aquella muestra de sensibilidad, reservada como ya anotamos sólo a las mujeres, aflora en alguien que representa la fuerza, el pundonor y la valentía, es altamente probable que el público se conmueva. De ahí que las lágrimas del soldado hayan sido usufructuadas por los medios masivos de comunicación que generaron en la audiencia un sentimiento de indignación, cuyo único propósito fue el de rodear a las fuerzas militares. Y lograron su objetivo. Hollywood se les quedó en pañales. Resultó más eficaz que las espantosas cifras de todos los muertos y desplazados de la guerra. En un abrir y cerrar de ojos los indígenas se convirtieron en terroristas y empezaron a circular en las redes sociales fotos en las que aparecen nativos portando bombas, fusiles e, inclusive, corriendo al lado de guerrilleros. De la nada, la voz disidente del OPIC (Organización de Pueblos Indígenas del Cauca, impulsada por el gobierno de Álvaro Uribe) declaró, a los cuatro vientos, que ellos son los verdaderos y perseguidos líderes indígenas. La prensa, hablada y escrita,  tomó partido sin pudor alguno y varios directores de noticieros  le hicieron la encerrona a los nuevos enemigos en entrevistas que parecían más interrogatorios. Comentarios en los muros de facebook, twitter o blogs, formaron una peligrosa bola de nieve que llevaba consigo desde arengas que pedían la renuncia de Santos, pasando por  la conformación de una Asamblea Nacional Constituyente que salvara al país del desmadre, hasta la “amable” exhortación a los soldados para que cogieran a bala a los revoltosos.No faltó el que, en el colmo de la exitación, reclamara que subiera al poder un militar con los pantalones bien puestos que ordenara la casa. En fin, manisfestaciones destempladas consecuencia de la manipulación ejercida por el poder mediático que no posibilita reflexiones.

Desde ese instante no dejan de perseguirme ciertas inquietudes. Si en la mañana de los hechos del cerro Berlín hubo una cámara que lo filmó todo, ¿por qué al otro día, cuando el ESMAD recuperó el dominio de la zona (con saldo de 23 indígenas heridos), no hay registro en imágenes del operativo? ¿Será que los altos mandos militares- y el mismo Presidente Santos- sabiendo de ante mano lo que sucedería, permitieron que pasara lo que pasó? Imagino que los dueños de los medios masivos de comunicación, y muchos periodistas, se frotaron las manos con las imágenes que tenían en su poder y que, posteriormente, emitieron en sus respectivos canales de televisión. De esta manera, antes de la fiesta patria del 20 de julio (vaya coincidencia), consiguieron que los colombianos, en buen número y llenos de fervor patrio, cerraran filas en contra de los ¿violentos? y en favor del ejército. De paso redujeron la problemática de los indígenas y campesinos que viven en el Cauca, a una simple operación matemática en la que no hay sumas sino restas:  son buenos si están con el Gobierno o malos si se atreven a desafiar a un poder que, por más legítimo que sea, hace  presencia, de vez en cuando, solamente con las armas del Estado.

martes, julio 17, 2012

Hermano indígena, perdóname

Ya te están cobrando cara tu dignidad, hermano indígena. De auxiliador de la guerrilla y narcoterrorista no te bajan.  Inclusive hay voces que piden un bombardeo a tus tierras, una lluvia de metralla, un ciclón de granadas que borre de una vez las señales de tu presencia.  Al medio día pasaron las imágenes de tu lucha a través de la televisión. Mujeres, hombres, ancianos y niños  de tu comunidad llegaron con sus bastones de mando a desalojar a los militares para que se llevaran lejos sus armas. No más atropellos, exigías. Basta de ser tratados como fichas de ajedrez cuando, en realidad, tú y los tuyos son los dueños de las montañas, de los ríos, de lo que les rodea.  Lo mismo hiciste ayer. Supe que más de mil subieron a enfrentar  también a la guerrilla. Solo que ahí no hubo nadie que lo registrara.

Hermano indígena, perdóname. Acá en la ciudad nuestros problemas son otros. También hay violencia, pero fruto de este sistema económico que nos volvió egoístas y guardianes feroces de las pocas o muchas cosas materiales que poseemos. La guerra  sucede por allá, en regiones apartadas, en aquellos lugares de la geografía nacional con los que no nos identificamos. Igual la gente toma partido en la comodidad de su casa. Piden mano dura, vociferan  que hay que acabarlos, ni más faltaba que semejantes piojosos y patirrajados desafíen al glorioso ejército. Entonces emerge de nuevo ese falso nacionalismo que, en altas  y prolongadas dosis, nos vendió cierto ex presidente durante ocho años seguidos. No importa que sea contra ti, hermano indígena. Acá estamos acostumbrados a juzgar, señalar y sacrificar por cualquier motivo.

Mientras tanto, como hace más de quinientos años, regresan los despojadores. Vienen persignándose, oliendo a incienso, rezando el rosario, anunciando la salvación que traen los versículos de la Biblia. Son los buenos, hermano indígena. Qué le vamos a hacer.  Se sienten con el derecho y la autoridad divina de decidir quién vive o quién muere.  Creo que ya conoces perfectamente  la historia.  Por eso te pido, humildemente, perdón.  Debería estar a tu lado combatiendo, sin embargo soy un cobarde. Y sé que mis palabras jamás serán suficientes ni alcanzarán para proteger tu vida.

sábado, julio 14, 2012

La ciudad del 113: guión para voces dispersas

En el 2007, Bogotá fue nombrada Capital mundial del libro y el periódico El Tiempo se unió a la celebración con el proyecto La ciudad jamás contada. Tuve el honor de formar parte de esa iniciativa liderada por Marina Valencia y fui uno de los seleccionados para escribir una historia que hablara de la ciudad. Por esa época trabajaba en un servicio de información telefónica llamado 113. La escritora Yolanda Reyes me acompañó en el proceso de creación del relato. Hoy, después de tantos años, quiero compartirlo de nuevo, pues se trató de mi primera publicación y el comienzo en esta pasión por la escritura. Al final hay un texto del Maestro Jesús Martín Barbero, conocedor, estudioso y refrente en cuanto a la cultura popular, la filosofía y los medios se refiere. Él fue asesor conceptual del La ciudad jamás contada.


Juego de identidades: habla Carlos, ¿en qué le puedo colaborar?

Me acomodo la diadema y el audífono, enciendo el computador con mi clave personal y quedo conectado al palpitar de Bogotá. Se trata de un ritual que comparto con mis compañeros en este espacio donde la tecnología parece apropiarse hasta de la vida. Sin embargo el ritmo de la respiración, de las palabras, de los sonidos y aun de las sorpresas, sobresale finalmente entre la maraña de cables y aparatos.
–¡SEÑOR AGENTE! Necesito urgentemente una patrulla.
–Está comunicado con el 113. Le colaboro con el número telefónico de la policía.
–¿Usted no es agente? ¿Esa no es la policía?
-No señor, NO SOY AGENTE DE POLICÍA. Habla Carlos, información telefónica.
–Llevo horas marcando y pensé que por fin me había entrado la llamada. De todas formas, gracias, SEÑOR AGENTE.
 –SEÑORITA, ¿ahí es información?
–Si señora, pero habla CARLOS, ¿en qué le puedo colaborar?
–¿Me  puede ayudar con los trámites para el Sisbén, SEÑORITA?
–Con mucho gusto señora, ya le informamos
–Gracias SEÑORITA, es usted muy amable.
¡Señorita!...Sonrío al verme con vestido de paño gris y corbata azul. En la tercera fila, Adriana me lanza un beso. Los gestos son el lenguaje cotidiano del 113: palmadas al aire, ceños fruncidos, sonrisas de complicidad, señales de desespero... No estamos quietos, pese a permanecer largas horas aferrados a una máquina. 
–¡Carlos, no veo los platillos voladores!
 –¿Platillos voladores?
–No los veo por ninguna parte… ¿Acaso no hablé con usted hace unos segundos?
–A esta hora trabajamos cuarenta personas. Seguro lo atendió un compañero.
–Pues su compañero me dio la dirección del restaurante Platillos Voladores y no he podido encontrarla aquí en Cali.
Me levanto para dar con el “responsable” de la confusión y aprovecho para estirar las piernas. Le cuento a Andrés, en el puesto contiguo, el diálogo que acabo de tener. “Loco, todos estamos locos” dice, antes de que el pitico de la próxima llamada nos desplace de nuevo a orillas opuestas.
–Carlos, número telefónico de Sándwich Ibérica.
– Señor, no me registra esa razón social en la base de datos.
–Si hace unos días me dieron el número… ¿Está escribiendo bien la palabra sándwich?
–Señor, escribo s-a-n-d…
–Un momento: esa voz me suena conocida. ¿Usted no es Carlos Rojas, el que vive en Los Alcázares?...Huevón, habla con Álvaro Campo. Es increíble ¿Qué hace ahí?
 –Trabajando (supongo). 
¿Quién soy? ¿El agente, la señorita, mi compañero o Carlos, el que vive en los Alcázares? Quizás cada uno de ellos o ninguno. Soy la voz de un ser anónimo que se esparce en medio de la cotidianidad de la ciudad. 


Una mañana casi normal



–Habla Carlos. ¿En qué le puedo colaborar?
–Mi cielo: ¿me dices qué horas son?
–Con gusto: son las 8:45 de la mañana, señora.
–Déme el resultado de las loterías jugadas ayer…El teléfono del Terminal...el de la Notaría 15...el de Codensa, el de la Procuraduría…Caballero, Notaría Octava...Señor, La Empresa de Energía.
–Carlos, se acabó de ir la luz ¿Tienes el número de la energía?
–Comuníquese al 115 señor.
–Sandra, ¿te han entrado llamadas pidiendo el teléfono de Codensa?
–En la última media hora como veinte, ¡de  todo el país!
MUCHACHOS, RECORTEMOS EL SALUDO. HAY 100 LLAMADAS EN ESPERA.
–Mijo, ¿Sabes a qué hora llega la luz? Llevo rato llamando a Codensa y suena ocupado
–Le colaboro con un conmutador, ya le informamos.
–¿Me das un teléfono de la energía que no sea el 115? Pero dímelo tú. Detesto esa maquinita, no le entiendo nada.
–Con gusto señora, el número es…
–Espérame un momento, no tengo esfero.
LES RECUERDO, SEAMOS BREVES. HAY UNA EMERGENCIA CON LA LUZ Y 120 LLAMADAS EN ESPERA.
–Ya volví, dime el teléfono…Ahora esta vaina no escribeeee. Espérame otro momento.
–Regresé Carlitos. Dame el teléfono de una vez, estoy preocupada por la ida de la luz.
UTILICEN EL COMUNICADO DE LA EMPRESA DE ENERGÍA QUE ACABAMOS DE GRABAR.
–¿Qué pasó?
–Disculpe señor, ¿qué pasó de qué?
–¿No está enterado que se fue la luz? Necesito saber QUÉ PASÓ.
LA EMPRESA DE ENERGÍA INFORMA QUE SE PRESENTÓ UNA FALLA A NIVEL NACIONAL. ESTAMOS TRABAJANDO PARA REESTABLECER, EN EL MENOR TIEMPO POSIBLE, EL FLUÍDO ELÉCTRICO. LOS NÚMEROS DE ATENCIÓN AL CLIENTE SE ENCUENTRAN BLOQUEADOS. 
 
–Me quedé encerrado en un cajero.
–¿De qué banco, señor?
–Ya abrió, gracias.
–Niño, ¿Cuándo llega la luz?
 LA EMPRESA DE ENERGÍA INFORMA QUE…..
MUCHACHOS, REVISEN SUS DESCANSOS, SE MODIFICARON.

–Hola Carlos, ¿es grave el daño de la luz? Patricia, en Bucaramanga.
–Ya le informamos. LA EMPRESA DE ENERGÍA INFORMA… 
–Papito, teléfono de la energía.
LA EMPRESA DE ENERGÍA… 
–Caballero, Notaría 15, por favor.
LA EMPRESA DE ENER... 
 –Carlos, no me pases la grabación. Sólo quiero saber: ¿Fue un atentado terrorista en alguna torre de energía?
–Señora, solamente tenemos la información que ya escuchó.
–Sin grabación por favor. ¿A qué hora llega la luz? ¿Fue la guerrilla?
–Lo siento, sólo puedo darle la información del audio.
–Se me van a derretir los helados y ya casi salen los alumnos del colegio. ¿Qué hago? 
–Con gusto, ya le informamos
–El teléfono de un restaurante chino que tenga domicilios (…) Amigo, el teléfono del Banco de la República.
–Habla Carlos. ¿En qué le puedo colaborar?
–Gracias. Solamente llamaba para decirte que ya llegó la luz.

Mapa polifónico de Bogotá… (al atardecer)



Como decimos en el 113, ¡llegó la hora feliz!...Me desconecto, paso de puesto en puesto  a despedirme de mis compañeros y  guardo diadema, auricular y botella de agua. Jacqueline me espera en la calle con tinto y cigarrillo. Nos reímos un rato y luego cojo el bus para la casa. 
Un Renault 4, quizás modelo 86, está inmóvil en el centro de la avenida El Dorado y genera un monumental trancón. Es la primera imagen “real” que recojo después del trabajo, todavía acompañado por el eco de las voces…Carlos, ¿cómo hago para sacarle los gases a mi carro? Déle unas palmaditas al carburador,  recuerdo que fue mi respuesta interior, al tiempo que lo enviaba a la grabación con los datos de la revisión tecnomecánica obligatoria. Después del embotellamiento, aparece la estructura silenciosa de la Registraduría Nacional del Estado Civil. Por ninguna parte veo el monólogo interminable de ciudadanos que acuden a sus trámites de rigor… Señor, se lo suplico. ¿No tiene otro teléfono para el cambio de cédula? En los que me dieron, nadie contesta y necesito urgentemente la cita porque salgo del país. Me limito a decirle a la señora que lo siento, que sólo disponemos de esos números. Apuesto a que, al igual que ella, muchos preferirían permanecer a la intemperie, bajo las inclemencias del sol o la lluvia, con tal de sobrellevar la tormentosa espera junto a los demás y no en la soledad de esa nueva “fila virtual”, telefónica. Habría que elaborar el “Catálogo de los números imposibles”, de tres, siete y hasta diez dígitos, inventados con el noble propósito de facilitar la vida, aunque - seamos honestos- no hacen más que enredarla. 

Un cortejo fúnebre me saca de mis reflexiones. La camioneta negra, con corona de flores, cinta morada y el nombre del difunto, va de occidente a oriente, seguida de una docena de carros... Hágame un favor, necesito el número del sitio a donde llevan a los muertos. Con gusto, ¿a cuál cementerio se refiere??  No, cementerio no; a  donde los llevan antes. Entonces, debe ser a la funeraria. No, antes de la funeraria. Disculpe, no comprendo. ¿Será Medicina Legal?… Eso, Medicina Legal. Otra sonrisa, y  la marcha del último adiós se aleja. La tienda de antigüedades pasa en contravía, al cruzar por el sector de Galerías: objetos de todo tipo, mercado de lo que ya no se usa, museo de lo cotidiano. Carlos, necesito un favor muy especial. No sé cómo explicarte. Estoy montando una obra de teatro. ¿Viste la serie Mi Bella Genio? Pues  busco la botellita en la que se metía la Bella Genio. Dicen que es de origen egipcio ¿En qué lugar puedo encontrarla?

¿Cómo saberlo?...Mi trayecto está a punto de finalizar, y este es solamente un fragmento del mapa de Bogotá. Seguramente, a esta misma hora o más tarde, Johana, una de mis compañeras más queridas, irá para el sur. Allí le hablará el rumor capitalino y recordará la voz que le solicitó en tono firme: Niña, el teléfono de un jeroglífico.¿Jeroglífico, señor? Bueno, de un matadero. ¿Se refiere a un frigorífico?.. Matadero, frigorífico, pero me entendió, ¿o no?  Si señor, entendí perfectamente. Ya le informamos. Cada uno de nosotros guarda en la memoria el trazo del mapa capitalino, representado en el laberinto polifónico de sus habitantes: ¿Podría indicarme de qué manera se deben tocar las campanas en la iglesia para la protesta en contra del secuestro del medio día: fúnebres, de invitación a misa o festivas?
Me bajo del bus y atravieso el parque. Tengo una pila de ropa por lavar, recuerdo, y murmuro: “No hay más remedio, tocará silenciarla”.  Prendo el equipo, me dejo llevar por la poesía de Silvio Rodríguez y abro la puerta de  mi oasis personal: la escritura.

Clamores de la noche bogotana



Me recomendaron traer suéter y comida ligera y me dijeron que por café no me preocupara: que en la maquinita del Contact Center había suficiente para sobrellevar la trasnochada. (Trasnochar, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, significa “pasar la noche, o gran parte de ella, velando o sin dormir o pasarla en un lugar distinto del propio domicilio”). Cualquiera que sea la acepción, lo cierto es que el 113 está prácticamente solo. A medianoche salió el último taxi con los agentes de información telefónica y ahora quedamos Claudia, Juan y yo. Tengo  un crucigrama que comencé a  llenar por la tarde. Una palabra de nueve letras, ¿será trasnochar?

Carlos, una licorera con servicio a domicilio… Claudia, no tengo hielo para el whisky. ¿Dónde puedo conseguir y  que me lo traigan?  Juan me aconseja  grabar en el sistema el lugar más solicitado para llevar los encargos de la rumba bogotana. “Manténgase relajado Carlitos” me dice Claudia, aunque aquel estado ideal contrasta con el relajo de nuestra capital. Carlos, ¿acaba de temblar, o estoy muy borracho?  Juan, necesito conseguir una de esas niñas que salen de un pastel. Es para una despedida de soltero... Claudia,¿sabes de un motel para lesbianas? Me registran moteles en general. Le colaboro con un teléfono.

Saco del maletín unas galletas que ofrezco a mis colegas. Le faltó la mermelada, Carlitos, reprocha Juan al recibir la galletica de sal, y nos ofrece gaseosa. No le dé más a Juan, dice  Claudia, y regresa con empanadas. Son casi las 2 de la madrugada. Luego de estar de pie un buen rato, recuerdo el crucigrama. Entre llamada y llamada, voy llenando espacios en blanco. Sal del ácido cianhídrico, siete letras. Carlos, ¿dónde consigo cianuro?  Señora, en la base de datos no me registra nada relacionado con cianuro. Un laboratorio, cualquiera, por favor, donde me contesten. Ya le informamos, pero no le aseguro que la atiendan a esta hora. Claudia, el teléfono de los Buscamaridos. ¿Buscamaridos? Sí, alguien que siga a mi marido para ver en qué pasos anda…Le doy el número de una Agencia de Detectives detectives Privados.

Uno que otro chiste ameniza la velada. Dejo el crucigrama, me pongo el saco de lana y cabeceo. Cada cinco minutos entra otra llamada y el sueño empieza a pasar factura. Juan, ¿en dónde denuncio el robo de un caballo? Estaba recogiendo basura en Fontibón y me robaron el animal… Marque el 123…Carlos, el número del tránsito. Hay un accidente en la Calera. Con gusto. Marque el 123 desde  fijo o celular. Claudia, emburundangaron a mi hijo...

Tres de la mañana. De repente el rostro de Claudia se transforma: usa el altavoz de su teléfono para que escuchemos: “No me toquen…¡Auxilio!".. Y se corta la comunicación. Claudia llora contando los pormenores: la mujer gritó que la iban a violar. Le dije que se comunicara con la policía, pero ella no puede, ¡qué va a poder! Le pregunté en dónde estaba y respondió que veía rocas y arena y que estaba muy oscuro. Que la llevaron en moto y que veía a Bogotá, parece que en una loma.
Aunque a ninguno de los tres nos importan los demás usuarios, los requerimientos  continúan y no podemos dejar de pensar en aquel drama. Diez minutos después, Claudia vuelve a poner el altavoz y ahí está nuevamente la mujer: Ayúdeme. Los tipos están muy pasados y me les volé. Alcanzo a ver la luz de una casa, no encuentro mis zapatos.  Trate de ir hacia allá, insiste Claudia, trate de encontrar alguna señal, el número de una calle. Al menos pida que la ubiquen, una dirección, algo. Seguimos ahí, sin poder hacer nada, y la oímos golpear una puerta y gritar desesperada que la ayuden. Una voz masculina dice Calle 163, en la loma. Juan se desconecta y toma el teléfono para llamar a la policía. La línea  parece congestionada; por muy 113, a nosotros también nos pasa: a veces nadie responde. Claudia vive cerca del sector, sabe que allí están las canteras y, ante la imposibilidad de comunicarse con la policía, llama a su marido para rogarle que vaya al CAI  de Villa Nydia, en la 163. La llamada se pierde definitivamente.  
Carlos, una ambulancia, ¡de vida o muerte! Comuníquese al 123…Juan, el teléfono del Mariachi Internacional. No me registra; si gusta, le colaboro con otro. No gracias, quiero ése, el que sale en la “Hija del Mariachi”. Me parece el colmo que no lo tengan.  Carlos, busco un show de strip tease masculino. Mi mamá está de cumpleaños y quiero regalarle algo diferente. Permítame,  verifico. Espera Carlos…¿cuántos años tienes?¿No te le medirías? ¿A qué horas sales? Puedo pasar a recogerte. 
Amanece: la ciudad retoma el ritmo diario, pese a que jamás duerme. No terminé el crucigrama y la mitad de las galletas quedan en el paquete. Seis de la mañana: ha terminado la “película” de la noche bogotana. Y no falta la típica llamada: un señor pregunta por una notaría 24 horas… y con servicio a domicilio.


Confesiones de un soñador 
 
Carlos, felicitaciones. Fue seleccionado para formar parte de “La ciudad jamás contada”. No podía creerlo. Me caracterizo por una irremediable falta de confianza en mí. Hace algunos años participé en dos concursos del Ministerio de Cultura: de crónica y de cuento. No pasó nada, ni siquiera una voz de aliento. Ahora, con ese reconocimiento, me llené de ilusiones. Me veía escribiendo una columna o lanzando mi primer libro. Luego viajaría para compartir mis sueños y aprender del mundo… Crecer, conocer, compartir…. Carlos, un número en el que atiendan a los desplazados… Señor, ¿Conoce el Banco de los Pobres, ése que llaman el de las oportunidades? 
Anoche escudriñé mi rostro en las fotos mías que sacaron en el periódico y confieso que me sentí viejo. Me di cuenta de que el tiempo pasa muy rápido. Sentí nostalgia, pero a la vez comprendí que había logrado algo que valía la pena. Gané más de lo que podía esperar. Tuve la fortuna de compartir esta aventura literaria con una escritora que siempre tuvo palabras de aliento para mí. Por ahí leí una frase, tal vez oriental, que dice –más o menos–: “Si quieres controlar a tu oveja, regálale un espacio amplio, ilimitado” Precisamente eso fue lo que ella hizo. Dejó que corriera, saltara, arriesgara. Sabía que siempre podía contar con ella, lo que permitió que las ideas fluyeran al conectarme con esa libertad. Convencido de mis posibilidades, estoy absolutamente seguro de que aprendí muchísimo en estos dos meses. Tal vez por eso es este temor a que todo vuelva a ser como antes. Me encantaba el vacío en el estómago cuando, sentado al frente del computador o la hoja en blanco, no conseguía hilvanar una frase coherente; entonces leía a Gianni Rodari, autor que conocí gracias a mi acompañante, y  trataba de hacer un “Binomio fantástico”, para jugar con las palabras. Luego, como por arte de magia, la pluma o el teclado se deslizaban, dejando las huellas de una nueva “historia loca” del 113.

 Tampoco olvidaré que, durante esos días, mis compañeros de trabajo me buscaban para decirme: Carlos, le tengo una llamada para su escrito…Carlos, hable del calor insoportable que hace aquí. Inclusive alguien me bautizó  “el Andrés López” del 113”. (¿Será por lo gordo?) En fin, hay mucho para contar, pero solo quiero dejar, en palabras de Silvio Rodríguez, lo que significó para mí “La ciudad jamás contada”: “Si me dijeran, pide un deseo, preferiría un rabo de nube…” 
Y eso fue lo que representó: un hermoso rabo de nube.

Catálogo de preguntas difíciles 

-¿Cómo hago para reinsertar a un mico?
- Disculpe,señor ¿para reinsertar a un milico?
- No, a un mico:para devolverlo a su hábitat natural.
- Con gusto, ya le informamos el número de la Sociedad Protectora de Animales.

-Tenga la bondad de darme el teléfono de la iglesia de los químicos.
- ¿La iglesia de los químicos?... ¿Se trata de alguna congregación evangélica, cristiana o algo por el estilo?
-¡Cómo se le ocurre! Es católica, apostólica y romana. La de la calle 130 con carrera 80.

El sistema procesa la información y en letras que huelen a incienso aparece la Parroquia de los Santos Mártires Gervasio y Protasio. No me queda más remedio que arrodillarme y, respetuosamente, decir amén.

El 113: la ciudad de soledades a domicilio

por Jesús Martín Barbero.



La ciudad tráfico, Bogotá entre ellas, está hecha para moverse, y a mayor velocidad, mejor, está hecha para circular y no para encontrarse. Son ciudades de vías rápidas y encuentros cortos en centros comerciales, ciudades en las cuales el espacio público no se habita y las plazas y los parques entran en desuso. Esta ciudad tiene mucho miedo y lo enfrenta conectándose a la televisión, por teléfono o tecnológicamente con alguien anónimo. En Bogotá, tecnología y soledad, andan solas en la ciudad del 113. Unas voces crean una ciudad conectada desde la urgencia de sus necesidades y el grito de sus soledades, a través de un número de teléfono. El 113 es el punto de confluencia de la ciudad de la velocidad que busca información rápida y respuestas funcionales.

En el puzzle que viene imaginando La Ciudad Jamás Contada, el 113 es una experiencia urbana exigida por el tamaño y extensión de la ciudad y por la tramitomania, pero todo ello con un cierto tono bogotano de tomarse hasta lo más instrumental con humor. Un relato que documenta el punto de vista relajado y agudo con el que mira Bogotá desde sus voces más anónimas. Hablarle a una voz sin rostro hace surgir la ciudad delirante, esa que se mueve entre lo mágico lo moderno y lo perplejo. El 113 nos recuerda esa ciudad de millones de "soledades anónimas" conectadas por una tecnología que "parece apropiarse de la vida, aunque "a veces nadie responda". El número cuenta para los bogotanos (cuando lo llaman), cuenta sus modos de escuchar (cuando se lo permite La Ciudad Jamás Contada), cuenta cuando escribe los encuentros con su cotidianidad. ¿Qué cuenta el 113? La anónima ciudad que escucha diariamente Carlos Eduardo Rojas disfrazado de contestador automático.