Su carisma hace que cada palabra se convierta en caricia. Acompaña su
charla con una sonrisa que llega al alma y de inmediato logra la
conexión perfecta con ese público que disfruta a más no poder de sus
anécdotas. A su lado el poeta y amigo Federico Díaz-Granados en el
papel de entrevistador; o, quizás, en el de aquel cómplice que, por
espacio de veinte años, comparte (unas veces cerca, la mayoría en la
distancia) la vida y obra musical de Marta Gómez. Y el escenario no
puede ser mejor: el auditorio Rogelio Salmona del Centro Cultural
Gabriel García Márquez en el Fondo de Cultura Económica de Bogotá.
“En
los comienzos de mi carrera interpretaba canciones de varios autores.
Me gustaba lo que hacían Mocedades, Presuntos Implicados, Mecano y, por
supuesto, me dejé llevar por la magia del rock argentino; Sui Géneris mi
principal referente. Pero cuando escuché “Canción en harapos” de Silvio
Rodríguez sentí algo inexplicable, tal vez el llamado que me alertó y
me di cuenta del camino que quería y debía tomar”. Eran los días de
adolescencia en Bogotá y en la Universidad Javeriana donde se inscribió
en un programa de música dirigido a niños y jóvenes. De pequeñita había
viajado de su natal Girardot a Cali para ingresar en el Liceo
Benalcázar. En esa institución formó parte del coro y ya era
considerada toda una artista y la voz más destacada.
El gran salto lo dio al matricularse en el Berklee College of Music de Boston a finales de los noventa.
“Elegí esa universidad porque Juan Luis Guerra habló, en una
entrevista, de su experiencia; y a partir de ahí supe que yo iría. Se
escuchaba jazz y pop; todos los días había conciertos y me llamaba la
atención que los profesores acompañaran a sus estudiantes en las
presentaciones, por ejemplo, como coristas o interpretando la guitarra,
el bajo o el piano. También me impresionaba encontrarme en los
pasillos, en las filas o antes de cualquier clase, a los
negros calentando sus voces prodigiosas. Además porque ellos eran muy
conscientes de ese poderío que tenían”. Se trató de un intercambio
cultural que influyó muchísimo en su sensibilidad y, a la vez, le dio
más argumentos para mantener su gusto personal por la música folclórica
latinoamericana, aunque navegara sin problemas por las corrientes del
jazz, las fusiones e, inclusive, las de la música brasileña.
Durante
su preparación en Berklee no abandonó su otra pasión: la literatura.
Marta Gómez escribió sus primeros cuentos y poesías a los ocho años,
algo que se refleja en las letras de sus canciones. Gran lectora, a
sus manos llegó “Paula” de la escritora chilena Isabel Allende, una
novela autobiográfica que la autora dedica a su hija, sumida a esas
alturas en la tragedia de un coma profundo. La obra de Allende la
conmovió tanto que decidió hacerle un homenaje y compuso una canción que
tituló: “Paula ausente”. Grabó el tema con un grupo argentino que
conoció en la Universidad, “Los Changos”, buscó la dirección de la
autora chilena y le envió la canción en un casete y una carta. A los
pocos días recibió la respuesta: un libro autografiado y unas palabras
de agradecimiento. Años después, en el 2004, mientras Isabel Allende
concedía una entrevista en una biblioteca de California, Marta Gómez
fue invitada de sorpresa y cantó delante de ella “Paula ausente”. Un
momento bastante emotivo en el que intérprete y escritora lloraron de
tristeza, alegría, esperanza,solidaridad y gratitud.
Aún
no se acostumbra a estar al lado de sus ídolos y tener que aguantarse
las ganas de decirles que los ama y que los admira. Sabe que hay que
guardar cierta reserva, un extraño protocolo, por así decirlo. Eso no
impide, sin embargo, que se le ilumine el rostro al tejer aquella serie
de recuerdos y hablar de ellos con un desparpajo que le viene muy bien a
esa mujer cuya sencillez cautiva. “En el 2003 tuve la oportunidad de
abrir un concierto de Mercedes Sosa en Argentina. No cantamos juntas,
pero pude abrazarla y sentir toda su calidez y generosidad. En otra
ocasión Inti Illimani me invitó a una gira por España. En esa serie de
conciertos me sentía rara, pues era la primera mujer que cantaba como
solista en esa agrupación exclusiva de hombres. Eso sí, la experiencia
fue espectacular. Después coincidí de nuevo con Inti Illimani en Buenos
Aires. Había un concurso de cantantes femeninas en un bar, el problema
es que yo no tenía banda. Le propuse al director de Inti Illimani que si
iba conmigo al evento. Dijo que sí y al rato los demás integrantes se
sumaron. La cosa terminó así: canté acompañada por una de las
agrupaciones de música folclórica más importantes de Latinoamérica”.
La
amistad es un lazo que Marta Gómez respeta y cuida, por eso algunos
encuentros en el país han dejado huellas en su corazón. La vez que le
presentaron al escritor colombiano Jairo Aníbal Niño en la Alianza
Francesa es uno de ellos; se trata de aquel hombre con alma de niño que
nunca envejeció. O cuando se atrevió a llamar al gran folclorista,
compositor e intérprete del género colombiano denominado “Música
Carranguera”. Un amigo en común le dio el teléfono del artista, marcó
el número y al otro lado de la línea contestó Jorge Veloza y su vozarrón
inconfundible que a veces intimida. “No muy segura que digamos me
presenté. Le dije que un amigo me había dado el número y que era,
además, amiga de tales personas que él conocía. Jorge me interrumpió y
me dijo que entonces ahora usted es mi amiga porque he escuchado sus
canciones y me gustaría conocerla”.
Inquieta
y deseosa de aprender día a día, siguió una maestría en Creación
Literaria en Barcelona y uno de sus profesores fue el escritor mexicano
Juan Villoro. “De él aprendí tantas cosas. Sobre todo que si un autor
le pone un nombre a determinado personaje tiene que ser ese y no otro.
Si lo llama Pedro hay una razón poderosa. Las clases eran en un
auditorio inteligente en el que se apagaban las luces si no se percibía
movimiento. En uno de los encuentros con Villoro era tal la atención de
todos nosotros que nadie se movía; podría decir que ni siquiera se
pestañeaba. Y de repente se apagaron las luces”.
Ha
pasado una hora deliciosa. La entrevista casi llega a su fin; antes de
terminar, del público salieron algunas preguntas que Marta Gómez
respondió sin ningún problema. “¿Para qué se canta? Se canta para
vivir. Si logro sacar aunque sea una sonrisa gracias a mis canciones me
siento recompensada. Yo compongo desde la realidad, pero no desde la
tragedia ni desde la compasión o el odio. ¿El artista debe ser
comprometido? Pienso que, definitivamente,sí; tanto en lo social como en
lo político. Hace unos años le pregunté a Rubén Blades por qué se había
metido en la política. En ese tiempo desempeñaba un alto cargo oficial
en su país. Me contestó que si bien el arte podía contribuir a darle
mejor calidad de vida a la gente, desde adentro creía que podía hacer
muchísimo más y ayudar a satisfacer necesidades concretas”
Luego
de cuatro temas que la cantautora regaló para cerrar con broche de
oro, todavía la jornada estaba lejos de terminar. Fuera del auditorio la
esperaban sus admiradores en una fila improvisada para tenerla más
cerca y conseguir una foto o un autógrafo. Marta Gómez salió sonriente,
esperó a que pasara el último y a todos les dio gusto, sin mostrar en
ningún momento señales de cansancio o fastidio.
Se
canta para vivir, nos dijo durante la entrevista.Yo agregaría que
también se canta para hacer vivir; y eso lo experimentamos quienes
fuimos testigos de las confesiones de una artista maravillosa.
(Enero del 2015)
martes, enero 19, 2016
jueves, agosto 07, 2014
¿Cuál muerte indigna más?
Resulta absurdo e innecesario el título que elegí para esta
reflexión. No hay muerto malo o bueno; todos, vengan de donde vengan,
duelen hasta el fondo del alma. Los de la Guajira, ahogados,
literalmente, en el drama la sequía que azota a gran parte del país;
los que dejaron las Farc y el ELN, resultado de aquella carrera
desenfrenada por atemorizar a la población en vez de ganarse de alguna
manera a los colombianos para avanzar en los diálogos de paz; los de
Venezuela, víctimas de un trágico enfrentamiento entre gobiernistas y
opositores; los palestinos, presos inocentes de sus desalmados verdugos:
el grupo fundamentalista Hamás y el estado de Israel. Todas, repito,
merecen el repudio general, porque son producto de la degradación de
los conflictos, las catástrofes naturales que no fueron atendidas por
los gobiernos o, simplemente, tristes consecuencias de feroces guerras
en las que priman ideologías radicales de orden político o religioso.
La realidad, sin embargo, nos muestra que, más allá de cualquier
consideración, la moda es ahora matricular en determinado bando a
quienes manifiestan su rechazo a un acto violento en particular.
En Colombia, por ejemplo, cuando se habla en privado del asesinato de alguien, es frecuente escuchar una frase que siempre se dice en voz baja: “si lo mataron debió ser por algo”. No importa de dónde provengan las balas o las motosierras, aquí la insensibilidad se transforma en un matoneo descarado que recae sobre familiares y amigos. Nadie se salva de ese otro asesinato simbólico, entre otras cosas, muy a la moda en la etérea, anónima y muchas veces peligrosa comunidad de internet.
Si usted un día se levanta, lee las primeras noticias y queda con el corazón deshecho al ver las imágenes desgarradoras de hombres, mujeres y niños- especialmente niños- despedazados luego de uno de los bombardeos de Israel a la Franja de Gaza, lo más seguro es que sienta que se le rompe el pecho de la indignación y le dé por compartir en su perfil de facebook la fotografía que le produjo el shock emocional. Más tarde, usted se conecta de nuevo y se sorprende al leer que algunos de sus contactos, en lugar de mostrar aunque sea un poquito de misericordia por la carnicería que denuncia, lo critican y le escriben, palabras más, palabras menos, frases del estilo: “¿Y es que a usted no le importan los niños asesinados por la guerrilla?”… “¿Cuándo va a poner una foto que muestre la represión que hay en Venezuela?”... “Así son todos los de izquierda, le pasan todo a la guerrilla y no rechazan los actos que cometen esos hampones”… Sin posibilidades de defenderse, es muy probable que se le termine de amargar el día y hasta le provoque agarrar el computador a patadas o llorar al frente de la pantalla, mientras repasa, una y otra vez, la insoportable cantaleta que se ganó tan solo por expresar su dolor ante un hecho que debería mover la sensibilidad de todo el mundo.
Habría que acompañar la indignación con unas palabras de advertencia, dirigidas al amable lector; de esta manera evitaríamos que se pierda en el ominoso laberinto de los señalamientos y, de paso, logremos que procure guardar el debido respeto. Las redes sociales se están convirtiendo en crueles mosaicos de imágenes de cadáveres provenientes de todos los rincones del planeta. Ningún país se salva del exterminio sistemático e inevitable. Más temprano que tarde desapareceremos sin dejar rastro. Seremos un recuerdo sin memoria, pues no habrá quien nos llore… Mucho menos existirán los dedos que nos regalen, aunque sea, un miserable tuit cuando desaparezcamos de esta pesadilla.
En Colombia, por ejemplo, cuando se habla en privado del asesinato de alguien, es frecuente escuchar una frase que siempre se dice en voz baja: “si lo mataron debió ser por algo”. No importa de dónde provengan las balas o las motosierras, aquí la insensibilidad se transforma en un matoneo descarado que recae sobre familiares y amigos. Nadie se salva de ese otro asesinato simbólico, entre otras cosas, muy a la moda en la etérea, anónima y muchas veces peligrosa comunidad de internet.
Si usted un día se levanta, lee las primeras noticias y queda con el corazón deshecho al ver las imágenes desgarradoras de hombres, mujeres y niños- especialmente niños- despedazados luego de uno de los bombardeos de Israel a la Franja de Gaza, lo más seguro es que sienta que se le rompe el pecho de la indignación y le dé por compartir en su perfil de facebook la fotografía que le produjo el shock emocional. Más tarde, usted se conecta de nuevo y se sorprende al leer que algunos de sus contactos, en lugar de mostrar aunque sea un poquito de misericordia por la carnicería que denuncia, lo critican y le escriben, palabras más, palabras menos, frases del estilo: “¿Y es que a usted no le importan los niños asesinados por la guerrilla?”… “¿Cuándo va a poner una foto que muestre la represión que hay en Venezuela?”... “Así son todos los de izquierda, le pasan todo a la guerrilla y no rechazan los actos que cometen esos hampones”… Sin posibilidades de defenderse, es muy probable que se le termine de amargar el día y hasta le provoque agarrar el computador a patadas o llorar al frente de la pantalla, mientras repasa, una y otra vez, la insoportable cantaleta que se ganó tan solo por expresar su dolor ante un hecho que debería mover la sensibilidad de todo el mundo.
Habría que acompañar la indignación con unas palabras de advertencia, dirigidas al amable lector; de esta manera evitaríamos que se pierda en el ominoso laberinto de los señalamientos y, de paso, logremos que procure guardar el debido respeto. Las redes sociales se están convirtiendo en crueles mosaicos de imágenes de cadáveres provenientes de todos los rincones del planeta. Ningún país se salva del exterminio sistemático e inevitable. Más temprano que tarde desapareceremos sin dejar rastro. Seremos un recuerdo sin memoria, pues no habrá quien nos llore… Mucho menos existirán los dedos que nos regalen, aunque sea, un miserable tuit cuando desaparezcamos de esta pesadilla.
domingo, abril 20, 2014
Macondo, amor a primera vista
Se llega a libros y autores por caminos tan curiosos que, en últimas, aprendí a ser paciente; en algún momento tendré en mis manos la obra de aquel escritor que todavía me hace falta por leer. Así me pasó con “Cien años de Soledad” de Gabriel García Márquez. Cuando se suponía que debía leer esa obra en cuarto de bachillerato (hoy noveno) algo me alejó siempre de quedar atrapado en sus letras. Primero, cierta presión. Sí, lo reconozco, casi todos mis familiares (padres, tíos, primos) me alertaron sobre lo “ladrilludo” que era ese libro. Y para comprobarlo me invitaban a ver el número de hojas que lo componían. En realidad eran muchas para mí en ese instante. La verdad no me consideraba un buen lector, entonces opté por seguir los sabios consejos de la mayoría y dejé “Cien años de soledad” archivada entre las obras que nadie busca. Otro argumento del que se valieron mis allegados era aún más extraño: “Ese señor escribe muchas groserías, es insoportable”. Nunca comprendí en qué consistía ese problema. Al fin y al cabo García Márquez es costeño y se supone que la obra le hace un homenaje a la narración oral, esa que pasa de boca en boca y de generación en generación. Mis dudas no lograron, sin embargo, que me interesara en leerlo. De nuevo ganaron esos “acertados” consejos de quienes ya conocían, de pe a pa, el esquivo libro que no me atrevía ni siquiera a ojear. Pero como Gabo es también periodista, en 1985 publicó un libro llamado “La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile”. Con ese sí me animé. Se trataba de la crónica sobre un director de cine chileno exiliado, Miguel Littín, y cómo logró entrar a filmar a Chile en plena dictadura de Pinochet. Años después, en 1989, aparece “El general en su laberinto”, historia que habla de aquel Bolívar en decadencia, olvidado y sin vestigios de las glorias del pasado. Luego leí sus “Doce cuentos peregrinos” y otros que escribió en El Espectador en sus primeras épocas.
Tuve que esperar bastante tiempo, hasta que llegó el día señalado. En 1996 fui invitado por una tía a la Feria del Libro de Bogotá. Visitamos los pabellones, recibimos la información acerca de las novedades literarias y antes de salir mi tía me preguntó: ¿Quiere algún libro? Recuerdo que estábamos en el pabellón de la Panamericana y allí era posible conseguir ediciones populares de grandes obras de la literatura universal. No tuve que pensarlo dos veces. En la primera fila encontré, en uno de los estantes, “Cien años de soledad”, por supuesto en versión popular, y le dije a mi tía que me lo regalara. Salimos de Corferias, me fui a mi casa y de inmediato lo abrí. Leí sin pestañear tres horas seguidas, algo extraordinario en un perezoso como yo. Me cautivó desde la primera frase, me enamoró en el transcurso esa historia fantástica y no pude soltarlo los cinco días siguientes. Pero, sobre todo, me impresionó Macondo, un lugar sin límites precisos que pareciera construido en el aire; se me antojó el espejo en el que debemos mirarnos los latinoamericanos. Y cada personaje podría ser el reverso o el negativo de una fotografía que está por tomarse. Macondo es, pues, el mejor escenario para echar a volar la imaginación en cualquier época del año. Un territorio en el que amor y soledad van de la mano. No importa si la peste del olvido se toma al pueblo y hace que sus habitantes terminen vagando sin pasado, presente o futuro. Tampoco el diluvio que estremeció a Macondo y sus alrededores y que le cambió para siempre la vida a todo el mundo. Ahora es un lugar más entrañable; un puente por decirlo de alguna manera, el lazo que une lo real con lo irreal.
Conocedores de la obra de Gabo insisten en relacionar aquella geografía de los sueños con su natal Aracataca. Puede ser, supongo que el pueblo donde nació Gabriel García Márquez le regaló una que otra característica. Lo único claro para mí es que hoy debe haber tremendo carnaval allá. Alguna vez el Papa Juan Pablo II, aseguró que cielo e infierno, más que territorios físicos, eran estados del alma. Gabo se nos fue y, seguramente, irá a parar al paraíso, es decir, a su cielo propio: Macondo. Un pueblo universal que, gracias a él, esta lleno de mariposas y flores amarillas.
domingo, febrero 23, 2014
Réquiem por los "Colosos del norte"
La verdad no hemos sido muy hospitalarios con nuestros vecinos, hasta a los venezolanos les tocó padecer el menosprecio de una sociedad que se cree superior. En la bonanza petrolera de los setenta y los ochenta, miles de venezolanos viajaban a Colombia para aprovechar las ventajas de tener una moneda fuerte: el Bolívar. De ahí que las clases altas, y un poco menos las medias, se dieran el lujo de gastar a manos llenas. Era frecuente oírle a cualquier venezolano la siguiente frase, luego de conocer el precio del producto de su interés: “Vale, está barato, dame dos”. Y terminaban comprando de todo: electrodomésticos, licores y ropa de marca. Nosotros, quizá para cobrarles ese derroche que no podíamos darnos, los considerábamos “lobos”, es decir, personas de mal gusto a la hora de hablar, de vestirse y de comportarse. No contentos con lo anterior terminamos diciéndoles, en tono despectivo,venecos.
Nos quejamos de los argentinos porque les atribuimos un supesto y desmesurado ego y no reconocemos nuestros propios delirios de grandeza que dirigimos sin piedad a los habitantes de territorios limítrofes. Triste paradoja la de una Colombia que, en su interior, expresa las mismas señales de discriminación en muchas de sus regiones. No obstante, al momento de tomar partido o criticar al vecino, el colombiano es experto y se cree dueño dela verdad absoluta. Hoy que Venezuela atraviesa una profunda crisis, nada nos impide opinar sobre lo divino y lo humano, dándole ese fastidioso tufillo a las reflexiones como si tuviéramos la autoridad moral para exigir que nuestros hermanos “tomen el camino de la paz, el progreso, la libertad y la justicia social”. Mientras tanto, poco nos importa que la protesta sea cada vez menos un derecho en Colombia; nos tapamos los ojos y los oídos ante el escandaloso lugar que nos ubica como una de los países más desiguales del planeta; acudimos a la amnesia para evitar recordar los cientos de miles de muertos y desaparecidos que ha dejado el conflicto interno en las últimas décadas. Y como si lo anterior fuera poco, ahora uno de nuestros principales productos de exportación son las series televisivas que muestran la decadencia de nuestra sociedad, representada en la cultura mafiosa o traqueta que tanto daño nos ha hecho. “Escobar, el patrón del mal” o “El Capo”, por ejemplo, dos de esas superproducciones colombianas que viajan sin ningún pudor alrededor del planeta.
No sé en qué momento alguien nos puso el título de “Colosos del norte”. Tal vez, o mejor, estoy seguro, se trató de una distinción llena de sarcasmo. Lo único cierto es que, querámoslo admitir o no, en Latinoamérica hubo- lamentablemente hoy lo dudo- vientos de cambio. Por lo menos ellos pueden contar que hicieron o intentaron hacer una revolución. ¿Nosotros podríamos decir lo mismo?
domingo, mayo 12, 2013
Estrella del sur
Una de las primeras imágenes es la de aquel aguacero que
suele desatarse violentamente sobre Bogotá. Las escalera de cemento,
desde las que vienen y van los pasos de los habitantes de ese sector
marginal, parecieran derretirse y, sin embargo, el agua que las baña fluye
hasta perderse en sentido contrario al de esos cerros que, con
seguridad, se encuentran más cercanos al cielo. De ahí en adelante,
empieza una historia que habla de la realidad de miles de jóvenes; una
realidad bien alejada de la encuesta que cada año pone a Colombia entre
los países más felices del mundo. Porque la película “Estrella del sur”
nos muestra, precisamente, ese contraste; y lo hace a partir de una
cuidadosa puesta en escena en la que el manejo de la cámara (especie de
“ojo móvil” que sigue el rastro y se mete en todos los recovecos) la
convierte casi en un documental.
Hay una pregunta que queda detenida en aire: “¿Qué es para ustedes el futuro?”; y mientras los jóvenes de último año de un colegio distrital capitalino piensan en alguna respuesta o, simplemente, dejan pasar el interrogante sin pena ni gloria, aparecen cada mañana pegadas en los postes notificaciones amenazantes firmadas por un enigmático “Mano Negra”. Entonces el futuro se desdibuja y ya no puede ser el sueño de conocer el mar de una niña grafitera, o la posibilidad de transformarse en piloto de avión de un compañero de clase; quizá sea el vacío del día adía del pandillero que sabe que en cualquier momento va a morir. Así, las probabilidades de un mañana se reducen a una lista (muy diferente a la de la profesora) en la que están escritos los nombres de los sentenciados a muerte. Y, al final, la “Mano Negra”, de un pastorejo con sus dedos, se encarga de decidir cuáles son los frutos “podridos”… sin importar cuántos frutos “buenos” arrastre en su macabro filtro. Es el accionar de una "justicia" cruel, despiadada y moralista, que se esconde en las sombras del anonimato.
“Estrella del sur” lleva dos semanas en cartelera, pero, otra contradicción, no se ha exhibido en la mayoría de salas decine de Bogotá. La dirección está a cargo del joven cineasta de la Universidad Nacional Gabriel González. La película pudo realizarse gracias a que el guión- escrito por Gabriel- ganó el premio del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico. Además de obtener un reconocimiento en el Festival de Huelva- España: “La llave de la libertad”, que otorgan los presos de esa ciudad.
Menos mal existen todavía artistas comprometidos con la realidad social. Lo demuestra “Estrella del sur”, producción que se une a testimonios que nos sacan de la modorra a la que nos somete la cultura oficial. Recuerdo a “La vendedora de rosas”, por ejemplo. También a “La virgen de los sicarios” que, aunque no es hecha por un director colombiano, cumple el mismo objetivo de ponernos al frente de la crudeza que habita en la cotidianidad y no queremos reconocer.
Ojalá el voz a voz de quienes ya han visto “Estrella del sur”, permita que siga en cartelera por mucho más tiempo. Es una buena oportunidad para acercarnos a la otra Colombia y aceptar que, antes que nuestra supuesta y publicitada felicidad, tenemos un poco honroso tercer lugar entre de las naciones más desiguales del mundo.
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