domingo, enero 27, 2013

El pianista de la misa de seis


Un año se pasa rapidísimo, eso no es ningún descubrimiento; pero, aunque el tiempo todo lo cura, las misas que se celebran por los muertos son como  esos viejos  casetes que se rebobinaban -a veces manualmente con el dedo o un lápiz- y que devolvían a la fuerza las grabaciones que dejábamos atrás. Así llegan los recuerdos, a la fuerza; sobre todo cuando el sacerdote dice: “Ofrecemos esta santa eucaristía por el eterno descanso de …”. En ese momento, la sonrisa de familiares y amigos se ensombrece por el dolor agazapado, silencioso,  y los ojos se encharcan después de la inevitable llovizna de nostalgia.

La mamá de una vecina murió, precisamente, hace un año. A mi amiga (una de sus hijas) se le ocurrió que la celebración debía hacerse en la capilla contigua a la iglesia de la Parroquia Santa Francisca Romana. Desafiando las leyes de la lógica- y hasta de la física, digo yo- repartió durante la semana invitaciones a granel, por lo que  aparecimos más de 80 personas en un recinto que, a duras penas, recibe 40. Me  eligieron democráticamente  para hacer acto de presencia en representación de mi familia. Puesto que yo  era el único candidato y estaba en desventaja, es  como si hubiera votado en blanco. Entonces terminé apretujado en la puerta de la capilla.

Al comenzar la ceremonia, ni corto ni perezoso y a pesar del frío,  me senté en las escaleras del atrio de la iglesia. Desde ahí alcanzaba a oír las palabras del párroco, las respuestas de los feligreses y, en general, el desarrollo de esa puesta en escena de la fe. Me llamó la atención, eso sí, el músico. A diferencia de muchos de los organistas de esas misas, cuyas voces son, generalmente, gangosas, nasales y  que al cantar parece que lo hicieran en jerigonza, la vocalización de este, clara y perfecta, le ganaba la competencia al coro improvisado de los fieles que, tímidamente, se elevaba sin mucha afinación que digamos. Además, su ejecución del teclado no generaba ese eco apagado, triste y melancólico;  por el contrario, variaba en unos arreglos que iban del pop al jazz. Sin duda un gran intérprete. Sonaba tan bien que se me olvidó el frío.

Luego de la bendición, mi amiga tomó el micrófono y agradeció a los asistentes. Enseguida,  dijo: “Agradezco, especialmente, al Maestro Cristian Vega que nos regaló esas maravillosas canciones”.  Me paré rápido, me abrí paso y entre a la capilla. La verdad que se trataba de un pianista de lujo. Hace años no sabía de él, un músico al que Pacheco llamaba el “Niño Genio” porque, a sus 21 años, dirigía  la orquesta del conocido programa de concurso “Compre la orquesta”. Cada vez que algún participante daba con el instrumento que llevaba la melodía (por ejemplo el clarinete), Pacheco decía: “Hágame el favor, Maestro. Que suene el clarinete y toda la orquesta a nombre de La abejita Conavi”.  Al frente del piano Cristian Vega,  el “Niño Genio”, sonreía, levantaba un brazo, daba la señal- un, do, tre- y empezaban a tocar.

Interpretó  el último tema igual que los demás. Concentrado, moviendo el cuerpo al ritmo de la melodía. Varias personas nos acercamos y rodeamos al maestro. Al terminar nos miró, sonrió y se paró. Mientras guardaba atril y teclado, lo saludé. Le dije que lo admiraba muchísimo y que disfruté  su presentación.  El Maestro volvió a sonreír y contestó: - “Cuánto me alegra. Pero usted no se imagina. Viene el cura y me dice que si no era mejor que subiera al segundo piso y tocara desde allí.  ¿Qué tal que le hubiera hecho caso? Con el beriberi que tengo terminaría  en las bancas del primer piso”. Me guiñó un ojo y no dejó de sonreír. Luego comprendí a qué se refería. Cristian Vega no podía quedarse quieto. Parecía uno de esos muñecos inflables a los que se les pega y nunca se caen, así uno vea que están a  punto de irse al suelo.  “Es que, hermano, después de un accidente en el que me quitaron parte del cerebelo, antes es mucha gracia que esté vivo”. Lo ayudé a guardar el teclado e insistí en cargárselo, a lo que respondió: “No hombre, déjemelo que me sirve de bastón”.

En los años ochenta de aquel programa, el Maestro estuvo muy cerca de la fama. Tanto que cometió excesos  que lo dejaron al borde de la muerte en el 2003. Salió de un coma y vinieron tiempos de incertidumbre.  Tuvo que volver a aprender a caminar, a hablar, a hacer las cosas más sencillas. Poco a poco se levantó, retomó la música y se dio cuenta de que todavía tenía mucho camino por delante. Daba gusto encontrarlo así, renovado, alegre y con buen sentido del humor. A pesar de que ahora no le dan trabajo en televisión porque, según él, “Ya no me contratan en ningún canal. No les sirvo así, viejo y enfermo”.  Decidió, en vista de que se le cerraron las puertas, independizarse a medida que se recuperaba. Se acostumbró a manejar  la pérdida del equilibrio que logró compensar con ese talento que mantiene intacto. Seguramente ya cruzó los cincuenta años; la sonrisa, sin embargo, es muestra de una juventud inquieta e indomable.

Me ofrecí a acompañarlo a parar un taxi. Cuando íbamos caminando notó mi cojera en la pierna derecha. Puso su mano en mi hombro y, cagado de la risa, me dijo: “Quedamos igualitos a un cigüeñal”, y  nos fuimos a buscar el bendito taxi. Él, con su bastón musical; yo, sintiéndome privilegiado de estar al lado de un tipo que me hizo comprender que los ángeles caídos son un mito, no existen. Se los inventaron aquellos oportunistas que pretenden salvarse a punta de  pecar, rezar y empatar.






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jueves, diciembre 20, 2012

A pocas horas de bajar el telón


El 6 de junio de 1996, a las seis de la mañana, papá se levantó y abrió la puerta; desconfiado, miró para ambos lados. Enseguida se echó la bendición, cerró  y se acostó otra vez. Eso lo supe porque mamá me lo contó aquel día mientras desayunábamos. Entonces recordé  la fila, cada vez más grande, que se formaba en la Parroquia antes  de esa fecha. Todos querían bautizarse (especialmente los niños, aunque también los adultos que no lo habían hecho y se sentían en una especie de limbo) puesto que, de acuerdo a cierta  profecía, ese era el terrorífico año que coincidía con el número del diablo: 666. El Padre Pacheco -Párroco de la Santa Francisca Romana por esa época- no se dejaba amilanar y devolvía a sus casas a los paranoicos fieles: “No va a pasar nada. Programé bautizos únicamente los sábados. Menos los voy a hacer entre semana por supersticiones tan pendejas. ”.

Si no nació el anticristo en esa oportunidad, tuvo que ser tres años después con el cambio de milenio. En ese entonces trabajaba en el despacho y recibo de correspondencia  en una entidad financiera en liquidación. Todavía no se había popularizado internet; pocos hogares tenían la posibilidad de conectarse, pero la red ya era indispensable en el sistema bancario, el comercio, la salud, la educación. La tarde del 31 de diciembre de 1999 el ambiente no era de fiesta precisamente. A todos nos ordenaron hacer copias de nuestros archivos de computador. El Liquidador y sus colaboradores más cercanos se reunieron de emergencia. Preparaban  los últimos detalles para evitar el caos. Tenía que ver con la hora de cada aparato. Según los entendidos, no todos los computadores reconocerían, así como así, los nuevos dígitos que correspondían  al año 2000 en sus relojes internos. Eso significaba que, de no tomarse las medidas necesarias, podía generarse una hecatombe informática a nivel mundial y los datos se perderían. Nada sucedió, finalmente. Llegamos victoriosos  al siglo XXI máquinas y seres humanos. Y si falló mi sistema  no fue por la catástrofe anunciada. Juro que hice lo que me pidieron. A medida que copiaba los archivos en el diskette los borraba de mi PC (¿Para qué mantenerlos ahí?, dictaba mi lógica).  El 2 de enero regresé a mi trabajo. Me tomé el primer café del día, luego  prendí el computador e introduje la copia para organizar mi jornada. Casi me da un infarto: no encontré nada, estaba absolutamente vacío. Sudé frío. Una que otra lágrima ya se insinuaba producto de la desesperación. Me salvó, a los pocos minutos, la llamada del director de la oficina de Cali: “Carlos, me llegó en la correspondencia un diskette de archivos con memorandos, comunicaciones, peticiones, tutelas, registros de pagarés. ¿Qué se supone que debo hacer con eso?”

Ya pasaron cuarenta y tres  de mis agostos y no ocurrió el vaticinio del cura bogotano Francisco Margallo y Duquesne quien, en 1827, elevó una advertencia que aún resuena, inclusive en los que no la oímos: “El 31 de agosto de un año que no diré, sucesivos terremotos destruirán a Santafé”. Por eso, cada vez que en el 31 de dicho mes de vientos y cometas el cielo se ve azul -acompañado de una que otra nube blanca parecida al algodón- papá me dice: “Mijo, el cielo está para un temblor. Póngale la firma”. Lo mismo ocurrió, hasta ahora,  con los famosos tres  días de absoluta oscuridad (los cuales  atormentaron siempre a mamá y no la dejaban en paz) que jamás se presentaron. Mi viejita murió con la certeza de esa noche prolongada y misteriosa. De ahí que guardara en un cajón decenas de cirios pascuales, únicos capaces de iluminar al mundo en medio de las tinieblas.

El miedo es colectivo, no me queda la menor duda. No solo debido a la interpretación de la profecía maya que le pone punto final a nuestros días mañana 21 de diciembre. Hace rato familias enteras se alejaron de las ciudades y viven en el campo o en las montañas, desconectadas de cualquier artefacto tecnológico. Alrededor del mundo hay grupos que se hacen llamar “Preppers” (“Preparacionistas”) que se dedicaron a almacenar alimentos, medicinas, armas y trajes especiales que los protejan de un ataque bacteriológico. Su consigna es sobrevivir a la anarquía que, seguramente, se desatará después de la caída del sistema financiero, la guerra  o alguna catástrofe natural. También están los que se esconden en refugios subterráneos, tal vez con la intención de acercarse al calor y seguridad que nos da una madre, en este caso, la madre tierra.

Lo que veo con tristeza y preocupación es que la mayoría de aquellas personas buscan su salvación individual y, acaso, las de sus familias. No les importa el resto. En ese sentido, el otro se convierte en alguien que produce desconfianza, un enemigo y rival del que hay que cuidarse. Ni siquiera en las supuestas últimas horas de este planeta se despertó una conciencia colectiva capaz de reunirnos en torno a un objetivo común.  Se acaba una era. Creo, sin embargo, que el final lo vivimos día a día desde que nos negamos la posibilidad de dar y recibir un abrazo; además de perder la capacidad de soñar.


(Imagen tomada de http://www.estereofonica.com/dos-especiales-daran-a-conocer-la-verdad-sobre-el-fin-del-mundo-por-history/r)

martes, septiembre 25, 2012

Fugaz retrato urbano


Imagen tomada de http://www.davidosoriophotos.com/wp-content/uploads/2010/07/DSC_5970.jpg



Lo llaman despectivamente "Ñero" o "Desechable". Cuando la gente lo ve acercarse cambia de acera por miedo a que la atraquen o por físico asco. Para calmar el hambre, o escapar de esa realidad que lo discrimina, fuma bazuco, marihuana o mete pegante Bóxer por la boca. No lo saludan, nadie le sonríe. Recibe en cambio, día a día, el odio de una sociedad que lo rechaza y condena sin contemplaciones."Trabaje, hijueputa"... "Lárguese, malparido"... "Es que deberían matarlos a todos". Por eso tiene que endurecer su piel sucia, gastada y ponerse una coraza en el alma; no vaya a ser que en la próxima esquina alguna persona de bien le perfore el estómago a punta de balazos. También mira con recelo y aprendió a ir a la ofensiva: "Hijueputa su madre que lo tiene tan gordito", responde el "Ñero" antes de irse caminando lentamente hacia cualquier calle. Pero, a veces, sonríe o, espectáculo maravilloso, se caga de la risa. 

Lo recuerdo perfectamente hace años, un día que iba a la biblioteca Virgilio Barco. Venían arrastrando una carreta llena de basura. Eran dos. Uno más viejo que el otro. Cinco perros callejeros los acompañaban. De pronto, al pasar a mi lado, uno sacó un arma, me apuntó y disparó. La pistola era grandota, azul y de plástico. El chorro de agua me pegó en todo el pecho, entonces el "delincuente" gritó: "Oiga, güevón: ¿cierto que con esta mierda podemos robar un banco?"... Yo simplemente sonreí y seguí mi camino, mientras perros y dueños se alejaban felices de haberme jugado una pequeña broma en esa avenida solitaria de Bogotá.
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domingo, septiembre 09, 2012

La felicidad tecla a tecla



Por muchos años hubo dos reinas en la casa: mi mamá y su máquina de escribir. En tiempos en los que el computador  era una referencia de países desarrollados, y la presentación de trabajos escritos  se convirtió en un requisito ineludible para graduarse o lograr un ascenso, el aparato representó la principal fuente de ingresos familiar. Mamá, experta mecanógrafa, tenía ya sus clientes. Y dado que papá estaba sin empleo, entonces  decidieron trabajar juntos. Así nos sacaron adelante, mientras mi hermana y yo estudiábamos o nos dedicábamos a ser niños sin que nos faltara nada.

 Prácticamente todas las noches se desataba una especie de aguacero. El sonido de las teclas al escribir, lento y pausado, de pronto arreciaba con la fuerza de una granizada y, posteriormente, bajaba de intensidad. Mamá posaba sus dedos sobre las letras y, sin mirar, las ejecutaba con la agilidad de una pianista. Solamente le ponía cuidado a la letanía que se desgajaba de la boca de papá, quien le dictaba lo más claramente posible.

…" Porque mientras creímos que contábamos con la Filosofía; mientras asumimos a la Razón, no como un Instrumento sino como El Fundamento del Ser…”

…”Cien años de soledad es sin dudas un clásico ya consagrado de la literatura Latinoamérica…”

... “El ser humano es la especie animal, mentalmente, más evolucionada que hay en el planeta…”

-“Ay,  la cagué... ¡No mija, no escriba la cagué. Es que le dicté mal!”… –“Carlos, hágame el favor y se concentra. Me hizo dañar la hoja”- …. – “Perdón, mija. Estoy cansado. Tomémonos un tintico”-

 Entre tinto y cigarrillo se iban las horas, los silencios, las palabras. Por la ventana abierta de mi cuarto, que daba a la calle, salía el murmullo de la jornada nocturna. En la esquina de esa cuadra de Los Alcázares alcanzaba a escucharse el teclear de la máquina y la voz de papá. En aquellas ocasiones cambiábamos de habitación. Yo subía, me pasaba a la de ellos y me sumergía en el sueño, arrullado por ese eco que se apagaba poco a poco. Más adelante papá adquirió la destreza necesaria y empezó a ayudarle a escribir. A pesar de eso jamás pudo hacerlo sin mirar la máquina. Los dedos de mamá se deformaron paulatinamente por culpa de una espantosa artritis degenerativa. De todas maneras, siempre hizo el esfuerzo de no abandonar a papá en esa labor de complicidad y amor que tanto los unió.

 Transcribir trabajos resultó un buen negocio, aun así no faltaban los problemas. Cuando la máquina eléctrica sonaba igual que un carro recalentado a punto de vararse, mi mamá corría a buscar al señor Patiño que vivía a tres casas de la nuestra. Él se encargaba de revisarla, diagnosticar el daño, repararlo o, en el peor de los casos, hacerle algún remiendo provisional, no sin antes advertirle que ya era hora de comprar una nueva y botar a la basura ese chéchere.  Afortunadamente, los arreglos del señor Patiño fueron  providenciales y nunca tuvieron que llegar a tal extremo. Sólo la reemplazaron el día que la mejor amiga de mamá le envió una de regalo desde los Estados Unidos.

La casa se llenaba de gente cargada de libros, fotocopias y el borrador de sus investigaciones. Jóvenes, en su mayoría, se tomaban la sala, el comedor y hasta el jardín, al tiempo que corregían una y otra vez sus apuntes antes de pasárselos a mamá. De todos esos grupos, uno me llamaba la atención. La vecina de enfrente también se dedicaba al oficio y, de vez en cuando, le enviaba clientes a mamá. Gracias a ella aparecieron unos hombres con uniformes de color verde; hombres que encontraba algunas veces en la calle requisando a los transeúntes y pidiendo papeles. Claro que estos se veían más importantes: sus pechos mostraban decenas de insignias desconocidas para mí. Además parecía que se bañaban en  colonia, puesto que dejaban en el ambiente un fuerte y penetrante olor que nos mareaba. Papá me contó que eran militares que pertenecían a las cuatro armas y que venían a que les pasaran sus trabajos de ascenso. De un momento a otro, la casa se transformó en una réplica de la Escuela Militar. Gritos, órdenes, zapatos brillantes que servían de espejo, armas, escoltas.

Uno de esos tantos días, papá y mamá atendían a un militar que les explicaba, minuciosamente, cómo debía quedar el trabajo. Saludé respetuosamente y le pregunté a mamá:

- “¿Má, puedo salir al parque a jugar un rato?”

Esperé la respuesta. En ese momento, sin embargo, las palabras del militar se le adelantaron a mamá y, dirigiéndome una mirada reprobatoria, me dijo:

-“Muchachito. Repítame que no escuché bien ¿Cómo dijo?”

Me quedé callado. No comprendía lo que quería decirme. Entonces repetí:

-“Dije: ¿Má, puedo salir al parque a jugar un rato?”

Y sin permitir que terminara de hablar, el militar me respondió con su vozarrón aterrador:

“- ¿Cómo así que Má. Es que su papá está pintado o qué? No se le olvide quién es el jefe del hogar”.

Otra vez me quedé callado. Busqué en la mirada de mamá un refugio, pero ella leía los papeles que le entregó el militar. Fue papá el que rompió el silencio. Se paró, puso su mano en mi hombro y me dijo:

-“Mijo, usted sabe que entre su mamá y yo no hay jerarquías ni rangos. Hágale caso a ella”. Se excusó  y salió a comprar cigarrillos. Yo también me fui, luego de que mamá me diera permiso. No me despedí del militar, tampoco lo volví a ver después.

De la misma manera en que llegaron los militares desaparecieron sin anunciarse; al igual que los cientos de estudiantes que, año tras año, traían sus trabajos. El computador desbancó, definitivamente, a las máquinas de escribir. No volvieron a amontonarse las resmas de papel blanco en el escritorio. El libro de las normas ICONTEC de esa época es hoy un documento obsoleto de mera referencia. El olor del corrector dio paso al impersonal delete, característico de los sistemas operativos de computación. La pantalla desplazó la danza de las teclas encima de las hojas.  Ni siquiera fui capaz de aprender a escribir como lo hacía mamá. Ahora “chuzografeo” penosamente estas palabras con los dedos índices de las dos manos, sin ser capaz de utilizar los restantes aunque sea para poner las comas.  Eso sí, todavía mi cuarto vibra al recordar el sonido de ese aguacero nocturno; aguacero que fue, ante todo, el ejemplo de un equipo de igual a igual conformado por mamá y papá.
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lunes, julio 23, 2012

Lágrimas para ganar una guerra



La iluminación no vino del cielo o de alguna de las tantas profecías que anuncian el final de una era; tampoco de un análisis concienzudo sobre las causas del conflicto que, necesariamente, ligan pasado, presente y futuro; muchísimo menos del reconocimiento a la diversidad étnica y cultural que entreteje la trama de nuestra razón de ser como colombianos. No. La iluminación apareció, de repente, en las  imágenes que inundaron aquella mañana millones de pantallas de televisión y de  computador.  

Se conocía el ultimátum que le dieron los indígenas del Cauca al ejército en la víspera al decir, palabras más palabas menos, “tienen plazo hasta las doce de la noche para desalojar nuestro territorio. Si no se van  los sacamos”. Además, durante la semana, ya se habían enfrentado con los soldados. Lejos de ser un rumor, el anuncio de los jefes del resguardo del Cauca era para tomarlo al pie de la letra. La respuesta del Gobierno quiso mostrarse contundente. La fuerza pública no cedería un milímetro del territorio colombiano. Ni más faltaba  que tuvieran que pedir permiso para actuar. aseguró. Sin embargo, extrañamente, no reforzó la seguridad del área de operaciones y dejó el mismo número de soldados protegiéndola. Entonces, el día y hora señalados,  la advertencia no se quedó en el aire, se materializó y sucedió lo inevitable. Cerca de mil indígenas (hombres, ancianos, mujeres, niños, muchos de ellos armados con sus bastones de mando y otros con machetes) llegaron al cerro Berlín del municipio de Toribío en el departamento del Cauca- donde se encontraba la base militar- dispuestos a cumplir su palabra. Pudo ser peor. Los soldados dispararon al aire en medio de los ánimos exaltados. Algunos militares fueron arrastrados por la comunidad  ante su negativa de salir del cerro. Otros empujados por los indígenas  quienes, ayudados por sus bastones de mando, hicieron una especie de cerco que redujo la movilidad de la tropa. Luego de semejante forcejeo, los militares se replegaron y empezaron a bajar lentamente de aquel terreno controlado ahora por la autoridad ancestral. Y mientras ellos caminaban llevando a cuestas morrales, armamento y equipos de comunicaciones, sucedió algo inesperado. De pronto, la única cámara que registraba los acontecimientos,  se enfocó en la expresión de impotencia, rabia y desolación de uno de los vencidos. Mezcladas con las  gotas de sudor que bañaban su rostro y reforzando el dramatismo de la suciedad producto del combate,  gruesas lágrimas escurrían de sus ojos. Finalmente el soldado no aguantó más y sentenció- llorando aunque sin que se le quebrar la voz-: “Esto es muy humillante. Así no se trata a un colombiano”.

Nuestra sociedad, machista, excluyente y clasista, educa a los niños para que no lloren. "Las que lloran son las niñas", nos dicen padres y madres si tenemos que afrontar circunstancias difíciles. Pero si aquella muestra de sensibilidad, reservada como ya anotamos sólo a las mujeres, aflora en alguien que representa la fuerza, el pundonor y la valentía, es altamente probable que el público se conmueva. De ahí que las lágrimas del soldado hayan sido usufructuadas por los medios masivos de comunicación que generaron en la audiencia un sentimiento de indignación, cuyo único propósito fue el de rodear a las fuerzas militares. Y lograron su objetivo. Hollywood se les quedó en pañales. Resultó más eficaz que las espantosas cifras de todos los muertos y desplazados de la guerra. En un abrir y cerrar de ojos los indígenas se convirtieron en terroristas y empezaron a circular en las redes sociales fotos en las que aparecen nativos portando bombas, fusiles e, inclusive, corriendo al lado de guerrilleros. De la nada, la voz disidente del OPIC (Organización de Pueblos Indígenas del Cauca, impulsada por el gobierno de Álvaro Uribe) declaró, a los cuatro vientos, que ellos son los verdaderos y perseguidos líderes indígenas. La prensa, hablada y escrita,  tomó partido sin pudor alguno y varios directores de noticieros  le hicieron la encerrona a los nuevos enemigos en entrevistas que parecían más interrogatorios. Comentarios en los muros de facebook, twitter o blogs, formaron una peligrosa bola de nieve que llevaba consigo desde arengas que pedían la renuncia de Santos, pasando por  la conformación de una Asamblea Nacional Constituyente que salvara al país del desmadre, hasta la “amable” exhortación a los soldados para que cogieran a bala a los revoltosos.No faltó el que, en el colmo de la exitación, reclamara que subiera al poder un militar con los pantalones bien puestos que ordenara la casa. En fin, manisfestaciones destempladas consecuencia de la manipulación ejercida por el poder mediático que no posibilita reflexiones.

Desde ese instante no dejan de perseguirme ciertas inquietudes. Si en la mañana de los hechos del cerro Berlín hubo una cámara que lo filmó todo, ¿por qué al otro día, cuando el ESMAD recuperó el dominio de la zona (con saldo de 23 indígenas heridos), no hay registro en imágenes del operativo? ¿Será que los altos mandos militares- y el mismo Presidente Santos- sabiendo de ante mano lo que sucedería, permitieron que pasara lo que pasó? Imagino que los dueños de los medios masivos de comunicación, y muchos periodistas, se frotaron las manos con las imágenes que tenían en su poder y que, posteriormente, emitieron en sus respectivos canales de televisión. De esta manera, antes de la fiesta patria del 20 de julio (vaya coincidencia), consiguieron que los colombianos, en buen número y llenos de fervor patrio, cerraran filas en contra de los ¿violentos? y en favor del ejército. De paso redujeron la problemática de los indígenas y campesinos que viven en el Cauca, a una simple operación matemática en la que no hay sumas sino restas:  son buenos si están con el Gobierno o malos si se atreven a desafiar a un poder que, por más legítimo que sea, hace  presencia, de vez en cuando, solamente con las armas del Estado.