lunes, marzo 25, 2013

El espectáculo televisivo del exterminio

Elsa y Mario,investigadores del CINEP
El argumento es así: tres hermanos, enloquecidos de rabia, juran acabar con la guerrilla en venganza por  el secuestro y muerte de su padre. Los tipos se arman hasta los dientes, se asocian con narcotraficantes y lanzan una persecución brutal a todo lo que huela a insurgencia. En la arremetida caen estudiantes, campesinos, ciudadanos del común. Y la violencia  sigue su camino, tenebrosa y  descontrolada, por lo que tendremos que esperar quién sabe cuántos capítulos más hasta que los hermanitos se aniquilen entre sí. Es en ese momento, por obra y gracia del libretista, que la serie “Los tres caínes” nos contará cómo ¿terminó? la pesadilla del fenómeno paramilitar en Colombia.



Explicar en esos términos el nacimiento de los grupos paramilitares y la  violencia que desataron en el país, es irresponsable y muy peligroso. No se trata, sin embargo, del único intento por mostrar esa parte de la historia desde aquella perspectiva. En enero de este año, El Espectador publicó un artículo titulado: “Una estocada al mito para”. En él recoge los pormenores de una investigación sobre el tema que hizo la Fundación Ideas para la Paz. Dicha investigación concluye que, efectivamente, el fenómeno paramilitar no se consolidó para acabar con la guerrilla; fue más bien una estrategia de la que se valió el narcotráfico y que buscaba adueñarse de grandes extensiones de tierra. De otra parte, los medios masivos de comunicación, en un momento dado, también les abrieron sus pantallas y micrófonos. Gracias a ellos los paras salieron del anonimato. Recordemos que, a finales de los noventa, la periodista Claudia Gurisatti del canal RCN entrevistó en exclusiva a Carlos Castaño, jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia (así se hacían llamar los paramilitares). Esa noche, el país conoció el rostro de uno de los actores de la guerra. Al otro día, las declaraciones de Castaño generaron  indignación, aunque no podemos desconocer que fueron recibidas con aplausos por el sector de la sociedad que se identificaba con la lucha antisubversiva. A partir de ahí quedó en evidencia el afán de los paramilitares y sus benefactores por mostrar una ideología y, de paso, ser tratados como  grupo rebelde.

Si bien los paramilitares tuvieron apoyo del narcotráfico en sus comienzos, es descabellado asegurar que esa es, exclusivamente, su génesis. De igual manera resulta absurdo suponer que la venganza haya sido el único combustible que movilizó a los Castaño. No olvidemos que empresarios, ganaderos, gentes de la élite social contribuyeron en la  creación de esa especie de Golem, el inquietante "Hombre artificial" de la leyenda hebrea. Pero, quizá, lo más indignante es el intento por desconocer o quitarle  responsabilidad al Estado en el surgimiento del grupo armado al margen de la ley.  Desde sus inicios, el paramilitarismo estuvo relacionado con altos mandos militares quienes, por acción u omisión, jugaron un papel fundamental a la hora de las masacres que se perpetraron en los pueblos. Lo mismo puede decirse de los políticos y demás autoridades regionales. Así lo corroboran en la actualidad los casos de la para política en los que están implicados congresistas, concejales, alcaldes,  gobernadores; además de distintos fallos de Tribunales Internacionales que han condenado a la Nación por su complicidad con los paramilitares.

Dentro de las miles de víctimas se encuentran campesinos, indígenas, aproximadamente cuatro mil integrantes del movimiento político de izquierda U.P (Unión Patriótica), líderes comunitarios, estudiantes, defensores de los derechos humanos pertenecientes a diferentes ONG. De los últimos vale la pena mencionar el asesinato de dos investigadores del CINEP (Centro de Investigación y Educación Popular) Mario Calderón y Elsa Alvarado. La pareja fue acribillada un domingo de mayo de 1997 en su propio apartamento de Chapinero en Bogotá. Un comando Paramilitar, al mejor estilo del enlatado norteamericano “Los Magníficos”, llegó al edificio donde vivían Mario y Elsa. Los hombres se hicieron pasar por integrantes del CTI (Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía), subieron al apartamento donde vivían y perpetraron el homicidio. No solo cayeron Elsa y Mario. El padre de Elsa falleció en ese hecho y su esposa quedó gravemente herida. En medio del terror, y presintiendo que la muerte ya había tumbado la puerta y se aprestaba a acabar con quien encontrara a su paso, Elsa alcanzó a meter a su bebé en un closet para salvarle la vida. Mario Calderón se destacó por su trabajo comunitario. Dirigió el Programa por la paz de la Compañía de Jesús en 1987 que se desarrolló en el Alto Sinú.  Más adelante creó la Asociación Reserva Natural de Suma-Paz con el propósito de proteger el segundo páramo más grande del mundo: el Sumapaz. ¿Podría acaso semejante atrocidad relacionarse con la sed de venganza de los Castaño por la muerte de su padre a manos de la guerrilla?

 Está comprobado, hasta ahora, que “Los tres caínes” no tocará el espinoso tema del exterminio sistemático y premeditado de la izquierda en Colombia, cayera el que cayera. No le conviene a RCN, tampoco a un sector de la sociedad. Resultan desalentadores los argumentos de los que se vale su libretista, Gustavo Bolívar, para defender la serie. Según él, y luego de un estudio de mercadeo, descubrieron que eso es lo que queríamos ver los colombianos. Quizá se refería a un relato lleno de estereotipos y lugares comunes, en el que los guerrilleros se dejan crecer la barba y lucen desgreñados; igual que  los estudiantes de Sociología de la Universidad de Antioquia, cuyas mochilas y sus asomos de barba de tres días los delatan  como milicianos de la guerrilla en Medellín. Los Castaño, entre tanto, son fiel reflejo de una familia unida que gira alrededor de la madre y en la que sobresale el machismo de los hijos. Los tres hermanos deciden el destino de propios y extraños. Y mientras  se entrenan  vigorosamente en las artes de la guerra, les queda tiempo, inclusive, para traicionarse y ponerse  los cachos entre ellos. En la otra orilla, finalmente,  permanecen- y permanecerán- en el olvido y el anonimato las víctimas, verdaderas protagonistas de una historia que aún no acaba y de la que falta mucho por contar.

domingo, enero 27, 2013

El pianista de la misa de seis


Un año se pasa rapidísimo, eso no es ningún descubrimiento; pero, aunque el tiempo todo lo cura, las misas que se celebran por los muertos son como  esos viejos  casetes que se rebobinaban -a veces manualmente con el dedo o un lápiz- y que devolvían a la fuerza las grabaciones que dejábamos atrás. Así llegan los recuerdos, a la fuerza; sobre todo cuando el sacerdote dice: “Ofrecemos esta santa eucaristía por el eterno descanso de …”. En ese momento, la sonrisa de familiares y amigos se ensombrece por el dolor agazapado, silencioso,  y los ojos se encharcan después de la inevitable llovizna de nostalgia.

La mamá de una vecina murió, precisamente, hace un año. A mi amiga (una de sus hijas) se le ocurrió que la celebración debía hacerse en la capilla contigua a la iglesia de la Parroquia Santa Francisca Romana. Desafiando las leyes de la lógica- y hasta de la física, digo yo- repartió durante la semana invitaciones a granel, por lo que  aparecimos más de 80 personas en un recinto que, a duras penas, recibe 40. Me  eligieron democráticamente  para hacer acto de presencia en representación de mi familia. Puesto que yo  era el único candidato y estaba en desventaja, es  como si hubiera votado en blanco. Entonces terminé apretujado en la puerta de la capilla.

Al comenzar la ceremonia, ni corto ni perezoso y a pesar del frío,  me senté en las escaleras del atrio de la iglesia. Desde ahí alcanzaba a oír las palabras del párroco, las respuestas de los feligreses y, en general, el desarrollo de esa puesta en escena de la fe. Me llamó la atención, eso sí, el músico. A diferencia de muchos de los organistas de esas misas, cuyas voces son, generalmente, gangosas, nasales y  que al cantar parece que lo hicieran en jerigonza, la vocalización de este, clara y perfecta, le ganaba la competencia al coro improvisado de los fieles que, tímidamente, se elevaba sin mucha afinación que digamos. Además, su ejecución del teclado no generaba ese eco apagado, triste y melancólico;  por el contrario, variaba en unos arreglos que iban del pop al jazz. Sin duda un gran intérprete. Sonaba tan bien que se me olvidó el frío.

Luego de la bendición, mi amiga tomó el micrófono y agradeció a los asistentes. Enseguida,  dijo: “Agradezco, especialmente, al Maestro Cristian Vega que nos regaló esas maravillosas canciones”.  Me paré rápido, me abrí paso y entre a la capilla. La verdad que se trataba de un pianista de lujo. Hace años no sabía de él, un músico al que Pacheco llamaba el “Niño Genio” porque, a sus 21 años, dirigía  la orquesta del conocido programa de concurso “Compre la orquesta”. Cada vez que algún participante daba con el instrumento que llevaba la melodía (por ejemplo el clarinete), Pacheco decía: “Hágame el favor, Maestro. Que suene el clarinete y toda la orquesta a nombre de La abejita Conavi”.  Al frente del piano Cristian Vega,  el “Niño Genio”, sonreía, levantaba un brazo, daba la señal- un, do, tre- y empezaban a tocar.

Interpretó  el último tema igual que los demás. Concentrado, moviendo el cuerpo al ritmo de la melodía. Varias personas nos acercamos y rodeamos al maestro. Al terminar nos miró, sonrió y se paró. Mientras guardaba atril y teclado, lo saludé. Le dije que lo admiraba muchísimo y que disfruté  su presentación.  El Maestro volvió a sonreír y contestó: - “Cuánto me alegra. Pero usted no se imagina. Viene el cura y me dice que si no era mejor que subiera al segundo piso y tocara desde allí.  ¿Qué tal que le hubiera hecho caso? Con el beriberi que tengo terminaría  en las bancas del primer piso”. Me guiñó un ojo y no dejó de sonreír. Luego comprendí a qué se refería. Cristian Vega no podía quedarse quieto. Parecía uno de esos muñecos inflables a los que se les pega y nunca se caen, así uno vea que están a  punto de irse al suelo.  “Es que, hermano, después de un accidente en el que me quitaron parte del cerebelo, antes es mucha gracia que esté vivo”. Lo ayudé a guardar el teclado e insistí en cargárselo, a lo que respondió: “No hombre, déjemelo que me sirve de bastón”.

En los años ochenta de aquel programa, el Maestro estuvo muy cerca de la fama. Tanto que cometió excesos  que lo dejaron al borde de la muerte en el 2003. Salió de un coma y vinieron tiempos de incertidumbre.  Tuvo que volver a aprender a caminar, a hablar, a hacer las cosas más sencillas. Poco a poco se levantó, retomó la música y se dio cuenta de que todavía tenía mucho camino por delante. Daba gusto encontrarlo así, renovado, alegre y con buen sentido del humor. A pesar de que ahora no le dan trabajo en televisión porque, según él, “Ya no me contratan en ningún canal. No les sirvo así, viejo y enfermo”.  Decidió, en vista de que se le cerraron las puertas, independizarse a medida que se recuperaba. Se acostumbró a manejar  la pérdida del equilibrio que logró compensar con ese talento que mantiene intacto. Seguramente ya cruzó los cincuenta años; la sonrisa, sin embargo, es muestra de una juventud inquieta e indomable.

Me ofrecí a acompañarlo a parar un taxi. Cuando íbamos caminando notó mi cojera en la pierna derecha. Puso su mano en mi hombro y, cagado de la risa, me dijo: “Quedamos igualitos a un cigüeñal”, y  nos fuimos a buscar el bendito taxi. Él, con su bastón musical; yo, sintiéndome privilegiado de estar al lado de un tipo que me hizo comprender que los ángeles caídos son un mito, no existen. Se los inventaron aquellos oportunistas que pretenden salvarse a punta de  pecar, rezar y empatar.






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jueves, diciembre 20, 2012

A pocas horas de bajar el telón


El 6 de junio de 1996, a las seis de la mañana, papá se levantó y abrió la puerta; desconfiado, miró para ambos lados. Enseguida se echó la bendición, cerró  y se acostó otra vez. Eso lo supe porque mamá me lo contó aquel día mientras desayunábamos. Entonces recordé  la fila, cada vez más grande, que se formaba en la Parroquia antes  de esa fecha. Todos querían bautizarse (especialmente los niños, aunque también los adultos que no lo habían hecho y se sentían en una especie de limbo) puesto que, de acuerdo a cierta  profecía, ese era el terrorífico año que coincidía con el número del diablo: 666. El Padre Pacheco -Párroco de la Santa Francisca Romana por esa época- no se dejaba amilanar y devolvía a sus casas a los paranoicos fieles: “No va a pasar nada. Programé bautizos únicamente los sábados. Menos los voy a hacer entre semana por supersticiones tan pendejas. ”.

Si no nació el anticristo en esa oportunidad, tuvo que ser tres años después con el cambio de milenio. En ese entonces trabajaba en el despacho y recibo de correspondencia  en una entidad financiera en liquidación. Todavía no se había popularizado internet; pocos hogares tenían la posibilidad de conectarse, pero la red ya era indispensable en el sistema bancario, el comercio, la salud, la educación. La tarde del 31 de diciembre de 1999 el ambiente no era de fiesta precisamente. A todos nos ordenaron hacer copias de nuestros archivos de computador. El Liquidador y sus colaboradores más cercanos se reunieron de emergencia. Preparaban  los últimos detalles para evitar el caos. Tenía que ver con la hora de cada aparato. Según los entendidos, no todos los computadores reconocerían, así como así, los nuevos dígitos que correspondían  al año 2000 en sus relojes internos. Eso significaba que, de no tomarse las medidas necesarias, podía generarse una hecatombe informática a nivel mundial y los datos se perderían. Nada sucedió, finalmente. Llegamos victoriosos  al siglo XXI máquinas y seres humanos. Y si falló mi sistema  no fue por la catástrofe anunciada. Juro que hice lo que me pidieron. A medida que copiaba los archivos en el diskette los borraba de mi PC (¿Para qué mantenerlos ahí?, dictaba mi lógica).  El 2 de enero regresé a mi trabajo. Me tomé el primer café del día, luego  prendí el computador e introduje la copia para organizar mi jornada. Casi me da un infarto: no encontré nada, estaba absolutamente vacío. Sudé frío. Una que otra lágrima ya se insinuaba producto de la desesperación. Me salvó, a los pocos minutos, la llamada del director de la oficina de Cali: “Carlos, me llegó en la correspondencia un diskette de archivos con memorandos, comunicaciones, peticiones, tutelas, registros de pagarés. ¿Qué se supone que debo hacer con eso?”

Ya pasaron cuarenta y tres  de mis agostos y no ocurrió el vaticinio del cura bogotano Francisco Margallo y Duquesne quien, en 1827, elevó una advertencia que aún resuena, inclusive en los que no la oímos: “El 31 de agosto de un año que no diré, sucesivos terremotos destruirán a Santafé”. Por eso, cada vez que en el 31 de dicho mes de vientos y cometas el cielo se ve azul -acompañado de una que otra nube blanca parecida al algodón- papá me dice: “Mijo, el cielo está para un temblor. Póngale la firma”. Lo mismo ocurrió, hasta ahora,  con los famosos tres  días de absoluta oscuridad (los cuales  atormentaron siempre a mamá y no la dejaban en paz) que jamás se presentaron. Mi viejita murió con la certeza de esa noche prolongada y misteriosa. De ahí que guardara en un cajón decenas de cirios pascuales, únicos capaces de iluminar al mundo en medio de las tinieblas.

El miedo es colectivo, no me queda la menor duda. No solo debido a la interpretación de la profecía maya que le pone punto final a nuestros días mañana 21 de diciembre. Hace rato familias enteras se alejaron de las ciudades y viven en el campo o en las montañas, desconectadas de cualquier artefacto tecnológico. Alrededor del mundo hay grupos que se hacen llamar “Preppers” (“Preparacionistas”) que se dedicaron a almacenar alimentos, medicinas, armas y trajes especiales que los protejan de un ataque bacteriológico. Su consigna es sobrevivir a la anarquía que, seguramente, se desatará después de la caída del sistema financiero, la guerra  o alguna catástrofe natural. También están los que se esconden en refugios subterráneos, tal vez con la intención de acercarse al calor y seguridad que nos da una madre, en este caso, la madre tierra.

Lo que veo con tristeza y preocupación es que la mayoría de aquellas personas buscan su salvación individual y, acaso, las de sus familias. No les importa el resto. En ese sentido, el otro se convierte en alguien que produce desconfianza, un enemigo y rival del que hay que cuidarse. Ni siquiera en las supuestas últimas horas de este planeta se despertó una conciencia colectiva capaz de reunirnos en torno a un objetivo común.  Se acaba una era. Creo, sin embargo, que el final lo vivimos día a día desde que nos negamos la posibilidad de dar y recibir un abrazo; además de perder la capacidad de soñar.


(Imagen tomada de http://www.estereofonica.com/dos-especiales-daran-a-conocer-la-verdad-sobre-el-fin-del-mundo-por-history/r)

martes, septiembre 25, 2012

Fugaz retrato urbano


Imagen tomada de http://www.davidosoriophotos.com/wp-content/uploads/2010/07/DSC_5970.jpg



Lo llaman despectivamente "Ñero" o "Desechable". Cuando la gente lo ve acercarse cambia de acera por miedo a que la atraquen o por físico asco. Para calmar el hambre, o escapar de esa realidad que lo discrimina, fuma bazuco, marihuana o mete pegante Bóxer por la boca. No lo saludan, nadie le sonríe. Recibe en cambio, día a día, el odio de una sociedad que lo rechaza y condena sin contemplaciones."Trabaje, hijueputa"... "Lárguese, malparido"... "Es que deberían matarlos a todos". Por eso tiene que endurecer su piel sucia, gastada y ponerse una coraza en el alma; no vaya a ser que en la próxima esquina alguna persona de bien le perfore el estómago a punta de balazos. También mira con recelo y aprendió a ir a la ofensiva: "Hijueputa su madre que lo tiene tan gordito", responde el "Ñero" antes de irse caminando lentamente hacia cualquier calle. Pero, a veces, sonríe o, espectáculo maravilloso, se caga de la risa. 

Lo recuerdo perfectamente hace años, un día que iba a la biblioteca Virgilio Barco. Venían arrastrando una carreta llena de basura. Eran dos. Uno más viejo que el otro. Cinco perros callejeros los acompañaban. De pronto, al pasar a mi lado, uno sacó un arma, me apuntó y disparó. La pistola era grandota, azul y de plástico. El chorro de agua me pegó en todo el pecho, entonces el "delincuente" gritó: "Oiga, güevón: ¿cierto que con esta mierda podemos robar un banco?"... Yo simplemente sonreí y seguí mi camino, mientras perros y dueños se alejaban felices de haberme jugado una pequeña broma en esa avenida solitaria de Bogotá.
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domingo, septiembre 09, 2012

La felicidad tecla a tecla



Por muchos años hubo dos reinas en la casa: mi mamá y su máquina de escribir. En tiempos en los que el computador  era una referencia de países desarrollados, y la presentación de trabajos escritos  se convirtió en un requisito ineludible para graduarse o lograr un ascenso, el aparato representó la principal fuente de ingresos familiar. Mamá, experta mecanógrafa, tenía ya sus clientes. Y dado que papá estaba sin empleo, entonces  decidieron trabajar juntos. Así nos sacaron adelante, mientras mi hermana y yo estudiábamos o nos dedicábamos a ser niños sin que nos faltara nada.

 Prácticamente todas las noches se desataba una especie de aguacero. El sonido de las teclas al escribir, lento y pausado, de pronto arreciaba con la fuerza de una granizada y, posteriormente, bajaba de intensidad. Mamá posaba sus dedos sobre las letras y, sin mirar, las ejecutaba con la agilidad de una pianista. Solamente le ponía cuidado a la letanía que se desgajaba de la boca de papá, quien le dictaba lo más claramente posible.

" Porque mientras creímos que contábamos con la Filosofía; mientras asumimos a la Razón, no como un Instrumento sino como El Fundamento del Ser…”

”Cien años de soledad es sin dudas un clásico ya consagrado de la literatura Latinoamérica…”

... “El ser humano es la especie animal, mentalmente, más evolucionada que hay en el planeta…”

-“Ay,  la cagué... ¡No mija, no escriba la cagué. Es que le dicté mal!”… –“Carlos, hágame el favor y se concentra. Me hizo dañar la hoja”- …. – “Perdón, mija. Estoy cansado. Tomémonos un tintico”-

 Entre tinto y cigarrillo se iban las horas, los silencios, las palabras. Por la ventana abierta de mi cuarto, que daba a la calle, salía el murmullo de la jornada nocturna. En la esquina de esa cuadra de Los Alcázares alcanzaba a escucharse el teclear de la máquina y la voz de papá. En aquellas ocasiones cambiábamos de habitación. Yo subía, me pasaba a la de ellos y me sumergía en el sueño, arrullado por ese eco que se apagaba poco a poco. Más adelante papá adquirió la destreza necesaria y empezó a ayudarle a escribir. A pesar de eso jamás pudo hacerlo sin mirar la máquina. Los dedos de mamá se deformaron paulatinamente por culpa de una espantosa artritis degenerativa. De todas maneras, siempre hizo el esfuerzo de no abandonar a papá en esa labor de complicidad y amor que tanto los unió.

 Transcribir trabajos resultó un buen negocio, aun así no faltaban los problemas. Cuando la máquina eléctrica sonaba igual que un carro recalentado a punto de vararse, mi mamá corría a buscar al señor Patiño que vivía a tres casas de la nuestra. Él se encargaba de revisarla, diagnosticar el daño, repararlo o, en el peor de los casos, hacerle algún remiendo provisional, no sin antes advertirle que ya era hora de comprar una nueva y botar a la basura ese chéchere.  Afortunadamente, los arreglos del señor Patiño fueron  providenciales y nunca tuvieron que llegar a tal extremo. Sólo la reemplazaron el día que la mejor amiga de mamá le envió una de regalo desde los Estados Unidos.

La casa se llenaba de gente cargada de libros, fotocopias y el borrador de sus investigaciones. Jóvenes, en su mayoría, se tomaban la sala, el comedor y hasta el jardín, al tiempo que corregían una y otra vez sus apuntes antes de pasárselos a mamá. De todos esos grupos, uno me llamaba la atención. La vecina de enfrente también se dedicaba al oficio y, de vez en cuando, le enviaba clientes a mamá. Gracias a ella aparecieron unos hombres con uniformes de color verde; hombres que encontraba algunas veces en la calle requisando a los transeúntes y pidiendo papeles. Claro que estos se veían más importantes: sus pechos mostraban decenas de insignias desconocidas para mí. Además parecía que se bañaban en  colonia, puesto que dejaban en el ambiente un fuerte y penetrante olor que nos mareaba. Papá me contó que eran militares que pertenecían a las cuatro armas y que venían a que les pasaran sus trabajos de ascenso. De un momento a otro, la casa se transformó en una réplica de la Escuela Militar. Gritos, órdenes, zapatos brillantes que servían de espejo, armas, escoltas.

Uno de esos tantos días, papá y mamá atendían a un militar que les explicaba, minuciosamente, cómo debía quedar el trabajo. Saludé respetuosamente y le pregunté a mamá:

- “¿Má, puedo salir al parque a jugar un rato?”

Esperé la respuesta. En ese momento, sin embargo, las palabras del militar se le adelantaron a mamá y, dirigiéndome una mirada reprobatoria, me dijo:

-“Muchachito. Repítame que no escuché bien ¿Cómo dijo?”

Me quedé callado. No comprendía lo que quería decirme. Entonces repetí:

-“Dije: ¿Má, puedo salir al parque a jugar un rato?”

Y sin permitir que terminara de hablar, el militar me respondió con su vozarrón aterrador:

“- ¿Cómo así que Má. Es que su papá está pintado o qué? No se le olvide quién es el jefe del hogar”.

Otra vez me quedé callado. Busqué en la mirada de mamá un refugio, pero ella leía los papeles que le entregó el militar. Fue papá el que rompió el silencio. Se paró, puso su mano en mi hombro y me dijo:

-“Mijo, usted sabe que entre su mamá y yo no hay jerarquías ni rangos. Hágale caso a ella”. Se excusó  y salió a comprar cigarrillos. Yo también me fui, luego de que mamá me diera permiso. No me despedí del militar, tampoco lo volví a ver después.

De la misma manera en que llegaron los militares desaparecieron sin anunciarse; al igual que los cientos de estudiantes que, año tras año, traían sus trabajos. El computador desbancó, definitivamente, a las máquinas de escribir. No volvieron a amontonarse las resmas de papel blanco en el escritorio. El libro de las normas ICONTEC de esa época es hoy un documento obsoleto de mera referencia. El olor del corrector dio paso al impersonal delete, característico de los sistemas operativos de computación. La pantalla desplazó la danza de las teclas encima de las hojas.  Ni siquiera fui capaz de aprender a escribir como lo hacía mamá. Ahora “chuzografeo” penosamente estas palabras con los dedos índices de las dos manos, sin ser capaz de utilizar los restantes aunque sea para poner las comas.  Eso sí, todavía mi cuarto vibra al recordar el sonido de ese aguacero nocturno; aguacero que fue, ante todo, el ejemplo de un equipo de igual a igual conformado por mamá y papá.
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