jueves, junio 07, 2012
Detrás de las paredes.
Comparto una entrevista que me hicieron del programa "Detrás de las paredes" de Radio la bemba de Argentina, dirigido por Christian Madia. Hablé sobre la situación social, política y la influencia de Uribe en nuestro país.
domingo, mayo 27, 2012
Un recorrido por “La ciudad de los umbrales”
Las calles y avenidas que
cruzan a Bogotá se esparcen como redes sin punto de llegada o de partida. Son
rompecabezas a los que siempre les faltarán fichas; cielos estrellados al revés,
cuyas luces forman constelaciones que cambian de posición. Allí vivimos y
morimos día a día, atravesamos puertas que nos llevan del presente al futuro y
hacemos escala en ciertos callejones que nos recuerdan el principio de los
tiempos.
Reconocer, ser reconocido
y reconocerse en medio de millones de seres anónimos, convierten a las grandes
ciudades en espacios para la soledad colectiva. Los adelantos tecnológicos- con
internet a la cabeza- crean una ilusión de ruptura de distancias y fronteras.
Miles de sonidos e imágenes cruzan el espacio, pasan por nuestros sentidos y
quedan anclados en la memoria. De ahí que no sea extraño encontrar significados
de símbolos compartidos a lo largo y a lo ancho de nuestro planeta; hecho que
ya no es exclusivo de la juventud. Inclusive los adultos formamos parte del
nuevo territorio en el que hasta el tiempo pareciera transcurrir de forma
distinta. Bogotá no es la excepción.
La multiplicidad de formas y expresiones le dan un aire cosmopolita. La vida
cotidiana esconde las historias de los individuos que la habitan: cada
adoquín, cada ladrillo, cada árbol, cada parque se convierte en testigo
silencioso de ese viaje sin rumbo aparente.
“La ciudad de los umbrales”
de Mario Mendoza, es el primer libro del escritor bogotano que narra la ciudad
desde sus profundidades. En medio del cemento, amparados por la complicidad de
la noche y sumergidos en esa neblina espesa de la madrugada, los personajes del
libro recorren la ciudad para desafiarla, poseerla y escapar de ella. Bogotá es
puta entre las putas, pero también última morada de cualquier NN. Huele a
incienso, algodón de azúcar, flores y, al mismo tiempo, a bazuco, licor o
marihuana. En tabernas de mala muerte, tiendas de barrio o cafés tradicionales,
se habla de lo divino o de lo humano sabiendo que, en el fondo, Bogotá se
encargará, tarde o temprano, de sentenciar el destino de quienes se atreven a
profanarla. No es una visión
fatalista. Se trata, más bien, de un juego de ilusiones, un laberinto de
espejos, el maquillaje que se escurre por culpa de la lluvia y que deja al
descubierto rostros, miradas y frustraciones.
El relato viene y va como
una de esas cometas que adornan los cielos bogotanos en el mes de agosto. En la
cola de ese cometa hay un mensaje que todos escribimos. A veces el grito
ahogado por la impotencia; otras la risa estrambótica de un payaso de circo. Finalmente
el llanto que brota al sentirnos parte de
los casi diez millones que vagan solitarias sobre el asfalto.
A nadie le gusta que le
digan la verdad de frente, mucho menos si Mario Mendoza no usa anestesia para
calmar el dolor de la herida que abre al mostrarnos las sombras que nos rodean.
Al fin y al cabo todos caminamos los mismos lugares; solo que jamás nos
detenemos a mirar o, en el peor de los casos, hacemos lo posible por desconocer
esa cara oculta.
Comencé la obra de Mario
Mendoza por “La ciudad de los umbrales”, aunque leí sus columnas en El Tiempo y
su ensayo sobre “Aura” de Carlos Fuentes. Presentí que con Mario teníamos una cita pendiente porque, entre
otras cosas, un hecho nos marcó a los dos: la masacre de Pozzeto en 1986. Y
digo nos marcó, puesto que pertenecemos a la misma generación. Más adelante lo
corroboré, el día que escuché que su libro “Satanás” había ganado el premio
novela breve de la Editorial Seix Barral de España. En esa época, 1992, estaba
lejos de imaginar que algún día mi pasión sería escribir. La vida se encargó, sin embargo, de llevarme
a ese puerto misterioso de las letras. Y
conocí a Mario en el 2007, gracias a que fui seleccionado por El Tiempo para su
proyecto “La ciudad jamás contada”. Nos hicimos amigos, empezamos a
intercambiar ideas y tuve así la oportunidad de descubrir su obra a partir del
autor.
La “Ciudad de los umbrales”
escribe y, a su vez, lee la ciudad. Son cinco amigos con diferentes visiones
del mundo, unidos por la pasión que despierta lo desconocido. En ese contexto,
Bogotá es la única protagonista, la que se encarga de tejer las puntas de ese
mapa de fronteras invisibles. La apuesta de Mario es sangrienta, sin
contemplaciones, tan arriesgada que no le será posible redondearla en una sola
entrega. Es por eso que, después de “La ciudad de los umbrales”, el autor sigue
escudriñando ese cielo plomizo de aire contaminado en “Escorpio City”, “Cobro
de sangre”, “Buda Blues” y “Apocalipsis”.
Sí Mario. Usted atravesó,
con “La ciudad de los umbrales”, esas puertas que, hasta ahora, nadie se
atrevía a abrir. Los pasadizos convergen, finalmente, en un agujero negro que
bien podría llevarnos de vuelta al pasado o al futuro. Bogotá es la misma
ciudad que nos acoge y a la que, en ocasiones, rechazamos. Es la misma capital envuelta
en el caos del siglo XXI, así aparente ser todavía la “Atenas” suramericana. La
que puede sorprendernos con un beso o un balazo en las esquinas. O Aquella
cómplice que me acompaña cuando voy con mi guitarra en tardes grises o de sol,
y de pronto me hace detener valiéndose
de una mujer, un hombre o un niño, que me suplica con la mirada perdida y
derrotada: “Señor, cánteme algo… por favor”. Luego Bogotá me guiña el ojo,
sonríe y me da la espalda, antes de soltar el inevitable aguacero desesperanzador.
lunes, abril 30, 2012
El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé, del escritor colombiano Alberto Salcedo Ramos
El día que Pelé o Maradona abandonaron sus guayos y las canchas,
muchos dijeron con profundo pesar: “Se acabó el fútbol”. Lo mismo pudo
suceder cuando el francés Bernard Hinaut se bajó para siempre de su
bicicleta y no volvió a competir. Cada ídolo, especialmente del
deporte, tiene su cuarto de hora y, de paso, escribe una página que
queda grabada en el imaginario de toda una nación.
En
Colombia, por supuesto, sucede lo mismo. Lucho Herrera nos puso a sudar
las veces que trepó los Alpes con tal facilidad, que parecía como si los
demás ciclistas europeos cargaran -en la parte de atrás de sus
bicicletas- varias cantinas de leche recién ordeñada. Cómo olvidar los
goles de Asprilla en El Parma de Italia o los pases inverosímiles de
“El Pibe” Valderrama en El Valladolid de España y El Montpellier
de Francia. No hace mucho nos volvimos expertos en automovilismo,
gracias al atrevimiento de Juan Pablo Montoya en las pistas mundiales;
también fanáticos del beisbol que seguíamos emocionados, por allá en
1997, las hazañas de Édgar Rentería en Los Marlins de La
Florida. Triunfos, en su mayoría individuales, producto del hambre, la
falta de oportunidades y las ansias de reconocimiento.
Antonio Cervantes Kid Pambelé, pertenece a ese pequeño grupo de celebridades que un día nos llevaron a la cumbre de los sueños alcanzados. Y lo hizo en los cuadriláteros, con sus puños, a trompada viva, noqueando rivales que terminaban despatarrados, uno tras otro, igual que las fichas de un dominó caídas en serie. Más adelante los escándalos acabaron de perfilar su leyenda, aquella suerte de maldición que pareciera perseguir a los que desafían a la diosa fortuna. Entonces el héroe fue desplazado de su pedestal, hasta convertirse en una sombra, un fantasma y, por qué no, en el incómodo espejo que refleja nuestra propia manera de ser.
“El oro y la oscuridad” es el título del libro que recoge la vida de
“Kid” Pambelé. Nada más acertado que un costeño sea, precisamente, el
encargado de contarnos esa historia, frenética y llena de matices, de
los vaivenes de un hombre al que el país nunca logrró entender. Alberto
Salcedo Ramos, escritor y periodista barranquillero, posee la herencia
de los narradores que se pasaban de boca en boca la palabra y luego la
esparcían por la región Caribe. Fiel a ese legado, se tomó el
trabajo de perseguir la leyenda del escurridizo boxeador por espacio de
dos años. Estuvo inclusive en Venezuela, patria vecina donde el púgil
comenzó en serio su exitosa carrera boxística. Y poco a poco fue tomando
anécdotas de aquí y allá; observó rostros, imágenes de calles
polvorientas, olvidadas para, finalmente, encontrarse de frente con
Pambelé. De esta manera, la polifonía de voces le dio las
herramientas necesarias a la hora de cotejar las vivencias al lado del
protagonista.
-“Siempre
que escribo este tipo de crónicas entrevisto primero a la gente que
rodea al personaje, y luego llego a él directamente”, dijo Alberto
Salcedo el día del lanzamiento de “El oro y la oscuridad” el 22 de abril
en la Feria Internacional del libro de Bogotá. Ese domingo nos
encontramos minutos antes de la presentación. El maestro Alberto Salcedo
lucía impecable, pero, curiosamente, estaba nervioso. Creía que no
asistiría mucha gente al evento, pues a esa hora no había casi nadie.
Más adelante pudo comprobar que no solo se llenó el auditorio, sino que
el cariño, la fidelidad y la admiración de sus lectores son
proporcionales a la calidez humana del escritor.
Las
páginas de “El oro y la oscuridad” estremecen y son una lección de buen
periodismo. Se siente la intensidad de los momentos dorados del deporte
colombiano- en este caso del boxeo- aunque, al mismo tiempo, la
tristeza que produce alcanzar el cielo con las manos y descender de él
en una caída vertiginosa. Alberto Salcedo nos habla a través de los que
viven en carne propia el presente de Pambelé. Y la voz del boxeador
-que si bien se escucha en cada capítulo- es más un eco nostálgico, un
murmullo apagado, arisco, de lo que ya no podrá volver a ser. De ahí que
el mismo autor confiese, sin ningún problema, la imprudencia que
cometió un día al abordar a Pambelé en uno de sus momentos de crisis. Se
salvó de una golpiza, lo admite; sin embargo mantuvo en su libro el
respeto por ese personaje, querido y odiado, que todavía no ha logrado
escapar del peso de su lejano pasado victorioso.
lunes, marzo 26, 2012
Don Guillermo
La banda de guerra integrada por jóvenes, casi niños. El medio día
soleado que se coló en una de las semanas más frías de Bogotá en lo que
va corrido del mes. La presencia de algunos políticos (con ex presidente
y ex fiscal abordo), de gente de la cultura, de familiares, amigos y,
por supuesto,de los alumnos del Gimnasio Moderno, confirmaron una vez
más que para ser héroe no es necesario tener súper poderes. Llevar en
cuerpo y alma una vocación, ponerla al servicio de los demás y ser
coherente con ella, basta para otorgar semejante título. De ahí la
romería que se acercó al Gimnasio Moderno a rendirle un sentido homenaje
a Don Guillermo Quiroga, profesor y vice rector del tradicional colegio
bogotano.
Cuarenta años dedicados a la docencia no son
cualquier lagaña de mico, justamente el tiempo que duró Don Guillermo
vinculado al plantel. No soy de sus ex alumnos. Me gradué también de un
Moderno, pero de nombre Claustro. Tuve la fortuna, sin embargo, de
compartir con él y su familia la cotidianidad, aquel ámbito de la
llamada vida privada que, en el caso de Don Guillermo, era una extensión
de su labor de maestro.
A su casa de puertas abiertas
comencé a entrar en 1985. Ese año conocí primero a Guillermo Alberto, su
hijo mayor. Luego a María Elvira, la hija menor; finalmente a Don
Guillermo y a su esposa Berenice. Allá llegábamos en navidades, años
nuevos, cumpleaños -o porque sí- los zánganos que vivíamos en el barrio
Los Alcázares. Un grupo de adolescentes que nos poníamos la casa de
ruana y la convertíamos en una guachafita: música, baile, chistes,
sonidos estridentes de guitarras eléctricas (cuando nos dio por armar
grupo de rock). Todo tiene un límite y el de Don Guillermo no debía
ser la excepción. De pronto, en medio del desorden, se escuchaba un
inconfundible grito: “¡Guillermo Alberto!” “¡María Elvira!” (según
fuera el anfitrión de la velada), que provenía de la parte de arriba de
la casa. La potente voz lograba que hasta la música se quedara en
silencio. Mientras tanto nosotros, expectantes, tratábamos de adivinar
cuál sería el reclamo de Don Guillermo. Al rato volvía María Elvira o
Guillermo Alberto a decirnos que le bajáramos un poquito a la bulla, que
pilas con las groserías, que ¿quién carajos se ríe tan feo? o,
sencillamente, que dejáramos de joder. Eso sí, lo que más les molestaba
a Don Guillermo y a Berenice era la “entradera y salidera” de una noche
de rumba o tertulia. Varias veces nos llamó la atención al respecto, no
quería que nos pasara algo en las horas peligrosas de la madrugada.
Sinceramente no le hacíamos mucho caso, a esa edad no se tienen en
cuenta los consejos de los adultos. Entonces optó, como recurso
desesperado, por quitarle las llaves de la casa a sus hijos y decirnos:
“Si van a tomar de aquí no salen hasta las seis de la mañana”.
También
disfrutábamos los partidos importantes de fútbol que jugaba la
selección Colombia, los del campeonato colombiano y los mundiales. Don
Guillermo era hincha del Deportivo Cali, aunque confesaba – bien pasito y
por debajo de cuerda- que le gustaba Millonarios. Lo anterior supondría
doble militancia, lo cual no era cierto. Simplemente reconocía en el
azul un color capaz de hacerlo estremecer si no jugaba contra su verde
del alma. En el año 2001 o 2002 la tragedia visitó al Deportivo Cali: un
rayo mató a dos jugadores (entre ellos al “Carepa” Gaviria) durante un
entrenamiento. En ese campeonato el Cali fue eliminado de las finales
por el Once Caldas de Manizales. Aquella tarde, una vez consumada la
derrota de su equipo, Don Guillermo concluyó con aire sabio y reflexivo:
“Carajo ¿cómo no iban a perder? ¿No vieron la cara de Giovanni
Hernández cuando empezó a llover y cayó el primer rayo? Estaba muerto
del susto”.
Las casas de Los Alcázares son de tres
niveles: sala- comedor, cocina y patio interior; más arriba un cuarto
(el de descanso) y en el último nivel un baño y las tres habitaciones
restantes. La biblioteca de Don Guillermo queda en el cuarto de
descanso, un espacio atiborrado de libros, recortes de prensa, fotos y
un escritorio al lado de la ventana en el que alimentaba diariamente su
pasión por la lectura. Muchas veces me invitó a conocer sus nuevas
adquisiciones en materia literaria. Yo, boquiabierto, miraba cada uno
de los rincones repletos de sabiduría. Allí descubrí a Carlos Fuentes,
por ejemplo. Tal es la magnitud del tesoro guardado en ese cuarto que
hace unos años María Elvira me contó: “Carlitos, no hemos podido
conseguir a dónde mudarnos. Lo que mi papá necesita es una biblioteca
con casa. Él no abandona sus libros por nada del mundo”. Menos mal- digo
yo ahora- de lo contrario hace rato se habrían ido del barrio y, la
verdad, no imagino la vida sin tener a Don Guillermo y a su familia de
vecinos.
Quizás uno de sus momentos de mayor orgullo fue
el día en el que Ernesto Samper ganó las elecciones de 1996. Don
Guillermo estaba pendiente de sus ex alumnos, muchos de ellos
reconocidos escritores y políticos; por eso el triunfo de Samper lo hizo
sentir el hombre más feliz del mundo. No perdía oportunidad de sacar
pecho porque a él y a Berenice los invitaron a la posesión. Mostraba
dichoso una foto en la haciendo Hato Grande en la que aparecían los ex
alumnos del Gimnasio que se graduaron con Samper, al lado de Don
Guillermo, Berenice y el Presidente de la República. Las cosas marchaban
a pedir de boca hasta que se presentó el famoso escándalo del “Proceso
ocho mil”. Aquel hecho consiguió opacar la alegría del Maestro quien, no
obstante, confiaba, admiraba y respetaba a su alumno. Los medios
masivos de comunicación tomaron partido, la presión internacional
(encabezada por Estados Unidos) no se hizo esperar e, inclusive, el
rumor de un complot para tumbar a Samper se esparció rápidamente. El
tema lo abordaba Don Guillermo con tranquilidad, siempre dejando en
claro que apoyaba a Samper. Aquí debo admitir que iba en contravía de su
pensamiento y me puse en las filas de los críticos. Él siempre
intentaba convencerme de que a Samper no lo dejaron gobernar porque era
un Presidente incómodo para Estados Unidos principalmente. La discusión
duraba horas y yo no cambiaba mi posición. Samper terminó sus cuatro
años de gobierno, cuestionado por la supuesta influencia de dineros del
narcotráfico en su campaña. Las elecciones siguientes (1998) las ganó el
opositor Pastrana, quien además destapó lo que se conoció como el
“Proceso ocho mil". Ese domingo en la tarde fui a la casa de puertas
abiertas (algo de lo que me arrepiento) con una sonrisa estúpida a
burlarme de la derrota liberal. Don Guillermo, muy tranquilo y también
esbozando una sonrisa, me dijo: “Mijo, se acordará de mí. A este país se
lo tiraron y tarde o temprano me dará la razón: a Samper no lo dejaron
gobernar”.
Mucha agua corrió debajo del puente de este
país: caguanes, seguridades democráticas, trenes destartalados de
progreso, carruseles de la contratación, parapolítica, etc. El espejo
retrovisor me trae las voces e imágenes de esos años y con el paso del
tiempo, efectivamente, terminé por aceptar que Don Guillermo jamás
estuvo equivocado. Tuve la oportunidad de decírselo hace cinco o seis
años. Si me preguntan cuál es la razón para alejarse de los amigos, de
las personas queridas, no tendría una respuesta. Tal vez cada quien
elige su camino y cree- resignado e ingenuo- que debe hacerlo solo,
apartándose de ese pasado que, bueno o malo, incluye a quienes nos han
acompañado. El hecho es que llevaba años sin saber de Don Guillermo y me
lo encontré un sábado caminando con Berenice por la calle 72, a unas
cuadras de su casa. Nos saludamos los tres con un abrazo. Hablamos de
nuestras respectivas familias, nos alegramos de vernos después de tanto
tiempo y prometimos reencontrarnos en una reunión de alcazaristas. Nos
despedimos y, de repente, Don Guillermo me llamó: “Espere, mijo ¿Ya se
convenció de que a Samper no lo dejaron gobernar?”. Entonces lo miré
fijamente, puse mi mano en su hombro y contesté: “Sí. A Samper no lo
dejaron gobernar”. Juro que no había sido testigo de brillo igual en ese
rostro sereno, bondadoso y dado a los demás. Y antes de irse, mientras
le ofrecía el brazo a su Berenice para regresar a casa, dijo: “¿Si ve
que yo tenía razón?”…
Sí Don Guillermo, siempre tuvo la
razón. Se lo digo hoy al recordar ese aplauso que le dimos y el coro
espontáneo que armaron alumnos, ex alumnos y profesores del Gimnasio
Moderno cantando el himno del colegio, al tiempo que usted salía- como
debe ser- por la puerta grande.
jueves, diciembre 29, 2011
Hace poco me preguntaron cuáles serían los siete sueños que me
gustaría cumplir. Respondí sin pensarlo dos veces; en realidad algunos
de ellos son utopías, pero finalmente son las cosas con las que me
identifico.
En primer lugar dije que quería cantar a dúo
con Silvio Rodríguez en un concierto, aunque fuera una cancioncita nada
más. También que me encantaría formar parte de Les Luthiers en una de
sus presentaciones. Elegiría la del Adelantado Rodrigo Díaz de Carreras,
aquel anticonquistador español que terminó vendiendo baratijas y
bailando salsa en una isla del Caribe. El siguiente sueño tiene algo de
sicodélico, quizás delirante y hasta irresponsable: probar la marihuana-
por primera y única vez- en un bosque de niebla. Y digo irresponsable
porque ¿cómo diablos saldría de un bosque de niebla en medio de los
efectos del cannabis? Luego, con los pies en la tierra, me encerraría a
escribir un guión literario que llevaría al cine una versión de “Cien
años de soledad”. Lo anuncio desde ahora, para que los directores estén
preparados y no los coja por sorpresa cuando termine mi guión. Y los
tres últimos sueños tienen que ver con mi presente. Recorrer por tierra
Latinoamérica (el mismo viaje del Che, sin moto y al revés) y en Buenos
Aires asistir a un Boca- River en La Bombonera. Sí, ya sé, tendría que
esperar a que River vuelva a la A; no hay ningún problema, lo tengo
decidido: llegar mucho antes a Pergamino, abrazar a mi Patoloca,
agarrarla de la mano e irme al Perú a jugar a las escondidas con ella,
el amor de mi vida, en Machu Pichu. Por supuesto nos encontraremos en
la mágica puesta de sol y regresaremos juntos a continuar nuestra
historia.
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