
La cabeza de la puntilla se prepara a recibir el martillazo. Debo tener cuidado con el dedo gordo, no sea que el oponible reciba el golpe y me lleve de vuelta a la condición de primate. Bueno, en realidad no sería del todo malo. Al fin y al cabo nuestros antepasados dieron un salto evolutivo con las extremidades superiores. Qué paradoja: no fueron los pies, precisamente, los que allanaron el camino para que el hombre se desplazara en sus dos piernas… Bien. Pasé la prueba, no me aplasté el dedo y clavé la puntilla en la pared. Necesito escoger un cuadro. Desde el escritorio la sonrisa amplia de Marilyn Monroe parece insinuarme que quiere ocupar el espacio vacío. A su lado el Ché me mira serio. Quizás el humo de su tabaco colorea su rostro, vaya uno a saber. Y qué decir de Chaplin, sentado en el andén con su sombrero negro y un perrito. Definitivamente si pudiera los pondría a los tres. El problema es que no tengo más puntillas…
Elegir, abandonarse al azar, esperar, actuar. Anoche el frío no me dejó dormir. Ni siquiera el saco de lana impidió que una ráfaga de viento penetrara en el lugar más recóndito. Me levanté muchas veces, acomodé las cobijas, di vueltas a la almohada, cambié una y otra vez de emisora; inclusive me paré a las tres de la madrugada y abrí la cortina. Mi sombra se mezcló con la niebla. No supe en qué momento las gotas resbalaron por el vidrio, humedecieron el agujero negro de un cielo distante y descubrí que, a esa hora, ni una sola estrella me acompañaba…
Porque mis palabras suelen inventarse mundos que no existen. Porque no hay muro más triste y solitario que el silencio. Porque la ausencia es un peso que se carga todos los días, casi ni se siente, pero doblega las espaldas. Porque termino siempre jugando a las escondidas con los recuerdos. Porque el tiempo pasa y regreso al punto de partida…
Bajar el telón de la obra inconclusa no es tarea fácil. Es como acudir al famoso borrón y cuenta nueva de números inexpresivos. Nunca me gustaron las matemáticas. A los catorce años me declaré en franca rebeldía contra Baldor y demás torturadores de la consciencia. Me fui bordeando el abismo de los sueños. Sólo llevé de equipaje una hoja en blanco, un lápiz y veinticinco signos pequeñitos; con ellos intento dibujar oasis donde no hay nada.
Dos buses- más hora y media de recorrido- separan a Bogotá de Soacha. Es atravesar la ciudad de norte a sur en medio de ese laberinto de calles y avenidas. Cada mañana la imagen del Ché me saluda. Finalmente lo escogí. Ahora una de las cuatro paredes de mi habitación tiene en su fachada a Latinoamérica; y yo tremendas ganas de reinventarme… Ojalá haya todavía un poco de magia en mi sonrisa y cuerda suficiente para afinar el hilo narrativo de mi existencia.





