martes, diciembre 02, 2008

Una rosa para amada





Amada camina descalza sobre la arena, le encanta la leche con vainilla en su tazón favorito, conduce a grandes velocidades por las carreteras y es una fiesta cuando esboza su sonrisa. Cuenta historias al calor de la fogata, mira las estrellas y se desplaza, de constelación en constelación, dando rienda suelta a su alegría. Después cierra los ojos y deja que la brisa bañe su rostro hasta convertirlo en un rumor lejano.

Sueño se desliza, sutil y silencioso, entre las sábanas. Sabe que es evocado continuamente, le complace sentirse deseado. Aunque no le molesta su nombre, tampoco se conforma con ser sólo una fantasía, por eso las madrugadas lo sorprenden dando interminables vueltas en la cama. En las noches de Luna llena enciende una vela blanca, se acomoda, escribe sin parar. Enseguida quema el papel y arroja las cenizas por la ventana, para que el viento sea mensajero de sus ilusiones.


Amada adivinó su presencia gracias a la enigmática intuición, propia de las mujeres. El rubor se extendió por sus mejillas al tiempo que de su pecho brotaba un suspiro prolongado. Sueño se acercó, acarició sus cabellos y le dijo: “Es para ti”. Amada recibió la rosa más hermosa del jardín, la llevó a la nariz y se dejó atrapar por el aroma de los anhelos. Sueño, conmovido, susurró: “Por favor, límpiame”. La mujer descubrió la marca de una espina en el dedo del hombre, entonces respondió: “No debo” y se alejó lentamente. Antes de perderse en la sabana se volteó y lanzó un beso cálido que sueño atrapó con su mano teñida de sangre.




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El almanaque desprendía sus hojas con la rapidez que producen los movimientos de rotación y traslación de la tierra. Los días pasaban cual destellos fugaces, el tiempo no daba tregua. En algún lugar del planeta una rosa permanece intacta en un jarrón de cristal. Cada mañana Amada la riega con gotitas de esperanza obsequiadas por Sueño. Tararea melodías que le llegan atropelladas, no tiene buena memoria, confunde las letras; no obstante compone inconscientemente con retazos de cientos de canciones y se recrea endulzando el ambiente con su voz de campanita.

Sueño discutió acaloradamente en la víspera con Onírico, rey de todos los sueños. El gobernante de lo etéreo e intangible le reprochó su atrevimiento y osadía al pretender materializarse. Ofuscado, fuera de sí, trató a la oveja descarriada de irresponsable. Sueño, terco y seguro a la vez, argumentaba cuanto se le ocurría; inclusive mostró pruebas: lágrimas derramadas en un frasquito; metáforas construidas a partir de las cuatro estaciones; canas en su pelo; impertinentes arrugas alrededor de sus ojos; ampollas en sus dedos de tanto rasgar su guitarra; múltiples asomos de triunfos y derrotas inevitables. Nada de eso le valió a Onírico quien realmente expresaba su molestia. Finalmente sentenció: “Ahora serás más sueño todavía”. Dicho esto salió disgustado, dispuesto a llamar al orden a miles de sueños inconformes, subversivos, revolucionarios.


“Tierra, viento, agua, fuego”, pronunciaba Amada en la pasividad de su descanso. Era noche estrellada, cielo abierto, bóveda iluminada por trazos de figuras dispersas; noche de noviembre, preludio de esperanzas arraigadas en el alma.

Sueño dibuja el rostro de Amada en cada una de sus palabras y, más tranquilo, duerme en brazos de sí mismo; pero invariablemente lo atormenta aquella visión: una ventana que, al parecer, no lleva a ninguna parte. Esa noche Sueño se sorprendió al encontrar, en vez de la ventana, una puerta entre abierta. Un poco inseguro la empujó y traspasó el umbral que lo separaba del vacío. Bordeó un río de aguas transparentes; escucho sus pasos gracias al crujir de las ramas secas; palpó la intensidad del verde esparcido en todas las direcciones. En el horizonte, aclarándose a medida que avanzaba, se encontraba Amada sentada bajo el amparo de un viejo roble. Ninguno de los dos pronunció palabra; simplemente se estrecharon en un abrazo cómplice, de hermandad, sincero y emocionado.

Calma pasajera, porque de repente Amada sonrió y dijo: “Límpiame Tú, por favor”. Sueño lucía su camisa amarilla; repasó la silueta de Amada y sus dedos se deslizaron debajo de la blusa blanca. La desnudó poco a poco, hasta que el algodón de la prenda fue a parar al lado de una rama indiferente. Sueño acarició dos jazmines que sobresalían de sus pechos; resbaló al meridiano de la mujer y desalojó de su ombligo un lirio pálido, justo en el orificio donde bien podría depositarse un diamante. Por fin, más abajo, en el cruce de caminos, serena y encendida, se hallaba la rosa roja. Cayó de bruces sosteniéndose de las caderas de Amada; bajó a su vía Láctea, plantó su boca en el terreno fértil y se empapó de la catarata contenida, en medio de la espesura. Mordió las paredes suaves y agrestes; absorbió la humedad, nadó en los abismos del torrente desatado. Amada gravitaba al experimentar la insolente voracidad de sueño. A estas alturas el viejo roble guardó silencio, volteó sus ojos y se tornó invisible; de pie, apoyada en el tronco milenario, la mujer movía sus piernas aferradas a un suelo incierto. No aguantó la soledad de su afluente, visitado por la sed desaforada de Sueño. Inclinó su cuerpo, se puso de rodillas y se contorsionó al igual que una bailarina. Libres en el espacio, dueños de la creación del universo, se apretaron con rabia y entrega, detenidos en la explosión de sus cinco sentidos. Las partículas de polvo estelar se compactaron, moldeando en el barro la materia fusionada. Sueño, tras dejar su huella, se acostó boca arriba jadeante, victorioso. Amada parecía naufragar aún en la tempestad de sus pasiones. Sueño clamó: “Te regalo los minutos que vienen; redímeme de las profundidades”. Plantear el desafío de esa manera no era necesario, puesto que Amada conocía ese letargo que antecede al reinicio de la batalla. Aplacó el evidente nerviosismo del hombre abalanzándose sobre él y le pidió: “Cierra los ojos”. De pronto un pinchazo profanó a Sueño. La mujer clavó una diminuta espina en el pecho del hombre y un hilito fino de sangre se precipitó más allá de su cintura. Los labios de la mujer se desplazaron por su figura abandonada; limpió la sangre gota a gota y después se arrastró hacia el polo que lo unía con el suelo. Allí, en ese instante, retornó la Torre de Babel y se levantó erguida, imponente, fortalecida, edificada en su confusión de lenguas y dialectos antiguos. Sueño volvió a la vida; pasó de largo cuesta arriba, cuesta abajo y se introdujo una y otra vez en las entrañas de Amada, violentando amorosamente la exhuberancia de su vorágine.

Escondido detrás de los arbustos, Onírico apenas podía dar crédito a lo que veía; no cabía en su mente, volátil e irreal, que Sueño y Amada consiguieran capotear la ausencia pese a la distancia. Colorado de ira se marchó dejando atrás la evidencia de un amor libre, intenso, tormentoso, mágico, sublime y lleno de colores.




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Amada sigue caminando descalza sobre la arena. Atraviesa el sendero acompañada por la brisa marina: todas las mañanas riega con gotitas de esperanza el jarrón, ahora ocupado por dos jazmines, un lirio y la rosa roja e iluminada. Se entretiene ensayando nuevas melodías y poco le importa si altera el orden de las letras. Precisamente hoy su voz de campanita entonó las delicias de un bolero:

“Bésame, bésame mucho
como si fuera esta noche la última vez.
Bésame, bésame mucho
Que tengo miedo perderte, perderte después…”

Luego soltó una sonora carcajada y observando las flores más hermosas del jardín murmuró: “Te adoro, Tú sabes que te adoro”.

Sueño aprendió a sanar sus heridas y a admirar su cuerpo en el espejo. La prisa se manifiesta algunas veces en sus fantasmas, pero entiende que si se quiere, la realidad es amiga de la fantasía. No volvió a permitir que Onírico matara sus deseos; por eso cuando llega la noche, se sumerge en el plácido temblor de su Universo, levantado al lado de la mujer en su isla misteriosa.

Los dos recorren los caminos de forma paralela, aunque, en ocasiones, por razones que escapan a cualquier tipo de lógica, logran coincidir en sus relojes. En ese instante simplemente basta con que aparezca la señal, apenas perceptible; Amada pronuncia sin siquiera advertirlo “Agua, tierra, viento, fuego”. Entre tanto, sueño es golpeado por las ondas que viajan en el aire y ante sus ojos aparece la puerta entre abierta que lo obligará a levantar el vuelo. Más tarde, poseídos por los recuerdos y las nostalgias, Amada y sueño sueltan sus amarras al compás de un interminable bolero.


Bogotá, abril de 2006

13 comentarios:

josé dijo...

Haz regresado de tu viaje de nubes con todo el poderío de tu talento hermano Caselo, este relato me ha dejado bien lleno, como para no leer nada más por esta semana. Un abrazo y que sigamos juntos este viaje.

Sill Scaroni dijo...

Y las lágrimas que estaban en el frasquito ahora formaran todos los mares del planeta.

Que hermoso tu texto, me quede sin palabras.

Un beso.
Sill

Pedro dijo...

Genial, Caselo, poco más se puede comentar de este grandioso relato.
Vuelves a ser mi mago de las palabras.
Un fuerte abrazo.

Reina dijo...

Qué bonita historia de amor; qué lindo cuento. Me encantaría ser Amada y encontrar mi sueño. Al menos aquí encuentro la magia, la magia de tu música y de tus cuentos.

Un besito Caselo

Anónimo dijo...

" Agua, Tierra, Viento, Fuego" petalos de rosas del jardin, una vela blanca, el aroma del mar acariciando la piel desnuda justo a la hora señalada....y onirico el malvado alejandose rabioso, porque la señal del chaman vuela y nunca se extingue...nunca.

las imagenes mas hermosas solo las logra el que sabe de magia, el inasible, el que lejos habita aunque cerca y dentro del alma siempre...siempre estará.

Maria Rosa dijo...

Que hermosas metáforas en tu mundo mágico, para describirnos la historia de dos amantes!!!!
Me encantó
María Rosa

mercedes sáenz dijo...

Que manera profnda y bella de contar esta historia, vivo entre entre los cuatro elementos, Es una historia profunda, con mucho diálogo cómplice para el lector. La poesía pinta todo y la fecha de abril del 2006, me dejó pensando. Me gustó mucho. Felicitaciones y abrazo, mago de las palabras. Un abrazo. Merci

CalidaSirena dijo...

Que hermoso lo que has escrito, he paseado por un sueño al leerte..
Besos muy dulces

M. Jose dijo...

Amigo mío, que hermosa historia de amor. Estás lleno de vida y rebosa en tus textos.
Gracias siempre
Un beso te dejo
mj

Alicia María Abatilli dijo...

Amada, protagonista de tu bellísimo relato.
Genial, Carlos.
Gracias.
Alicia

Eli dijo...

La magia de tus palabras me ha transportado hasta este amor intenso, pasional y tan lleno de colores.
Precioso!!!

Roxanne dijo...

Hermoso, maravilloso... Sin palabras (que contradicción)...
Que locura esto de sentir que hay alguien que siente como vos, que se expresa como vos, que es capaz de ver tu alma encerrada en la escencia de una rosa, y que está demasiado lejos...
Te dejo unas líneas antiguas en mi blog que espero sean de tu agrado.
Roxanne

La Marandua dijo...

cuatro elementos y la magia del mago que crea el amor, amada existe gracias a ti!
es tan placentero leerte, es como escuchar tu voz cantando e iluminando el corazón.
un abrazo de esos grandes!