lunes, febrero 23, 2009

Entre besos, abrazos y balazos


En Bogotá es muy factible que al voltear una esquina te den besos, abrazos o balazos, decíamos en aquella época de finales de los ochenta y principios de los noventa. ¿La razón?: los estragos del terrorismo del narcotráfico que ponía bombas a cualquier hora y sin importar en qué lugar.

Recordé aquella frase el jueves pasado cuando me vi en medio de las protestas de los vendedores de repuestos de autos y de los mecánicos del sector llamado Siete de agosto. Aseguran que en dicha zona de la ciudad se encuentra el depósito de partes para carros más grande de Latinoamérica. Estaba allí visitando a un amigo que tiene un taller de frenos y de pronto empezamos a escuchar gritos. Enseguida una lluvia de piedras lanzadas por los manifestantes ordenaba el cierre de los negocios y, al mismo tiempo, una “cordial” invitación a sumarse a la marcha. Después llegó la policía, hubo enfrentamientos, gases lacrimógenos, barricadas que impedían el paso de vehículos, trompadas, golpes de garrotes, etc. Y a las dos de la tarde una “calma chicha” y algunas refriegas entre policías y manifestantes que contrastaban con la embriaguez de muchos que, a esa hora, pasaban de los ánimos exaltados a compartir botellas de aguardiente y cerveza.


Mi labor de trovador urbano me permite ser testigo de primera mano del día a día de Bogotá, además de transformarme en un privilegiado. Todos respetan al artista callejero, ni siquiera los ladrones nos molestan. Tampoco somos excluidos de ciertos territorios demarcados en los cuales solamente pueden trabajar quienes se han posesionado ahí. Si, por ejemplo, fuera vendedor de maní y llegara a una cuadra en la que otras personas se dedican tiempo atrás al mismo negocio, no tendrían inconveniente en sacarme a patadas sin siquiera tomarse la molestia de advertirme que estoy en el sitio equivocado; pero al verme guitarra en mano más bien se acercan a conversar.

Acababa de interpretar uno de los bambucos: “Soñando con los abuelos”. Era mi primer bus y los pasajeros se comportaron bastante generosos conmigo en aplausos, monedas y billetes. Un hombre se bajó detrás de mí:

-“Señor espere por favor” Me detuve y continuó:
-“¿Usted daría en media hora una serenata?”
-“Si claro. Cuántas canciones, dónde, a quién”, contesté.

-“Vea. Es que terminé con mi novia y nos vamos a ver para despedirnos. Sólo cante “Agua caliente”. ¿La sabe?”
Le dije que sí, acordamos un precio y nos citamos en el “Paradero de las flores”.

Llegué a las doce del medio día. Pasaron diez minutos y aparecieron Octavio(mi cliente) y su amada. Me acerqué, los saludé y antes de comenzar a cantar la mujer me interrumpió:


-“Ay señor, ahora no. Estamos arreglando un problema”.
Inmediatamente Octavio, visiblemente triste, le dijo:
-“Escúchalo, quiero dedicarte mi última canción”.
Sin pensarlo más comencé:

“No puedo negar aunque quiera que un día fui tuyo…Instantes felices no dejo que el tiempo destruya…No puedo alejarme de ti ni tampoco lo intento…Haré de este día en mi vida un eterno momento…Ahora eres parte de mi y de mi corta historia…Tu tierna manera de amar ya la sé de memoria…Estás bien guardada en mi mente y en mi cuerpo entero… Y sabes que aún no te digo lo que puedo y quiero… Quiero al beber tu veneno embriagarme de suerte…Quiero al momento de amarte acercarme a la muerte…Quiero entre sábanas blancas hacerte volar y suavemente…Quiero correr por tu cuerpo como agua caliente.”

La mujer ni me miraba. Mantenía la cabeza pegada al piso mientras Octavio suspiraba a punto de llorar. Terminé. Ella me dio las gracias y siguió reclamándole algo. Él estiró la mano y, sin que se diera cuenta, me entregó el dinero pactado. Di media vuelta y desaparecí.

Caminé varias calles y bajé a la esquina que considero me trae buena suerte. Estaban Juan Carlos- el calibrador de buses – y un vendedor de dulces sentado en la saliente del ventanal de Foto Japón. Les conté lo que acababa de suceder y el joven de los dulces se paró y me dijo:

-“Usted es el que necesito. Estoy disgustado con mi novia. Cántele por teléfono y quedo como un Rey. Le pago lo que me pida”.

Sonreí y acepté. Fuimos a una cabina telefónica, marcó el número, la mujer contestó, se saludaron, el joven le pidió que esperara que le tenía una sorpresa, me puso rápido el celular en la boca y entonces, de nuevo, “Agua caliente” salió igual que una flecha de la voz de quien les escribe, convertido ahora en una especie de Cupido moderno. Y al finalizar el rostro de mi amigo se iluminó porque, gracias a la dedicatoria de la canción, recuperó el amor que amenazaba con emprender la retirada. Quizás la última estrofa y el coro lo lograron:

“Ahora ya sé tus deseos, tus miedos, tus sueños…Ahora conozco también tus defectos pequeños… Estás bien guardada en mi mente y en mi cuerpo entero… Y sabes que aún no te he dicho que yo a ti te quiero… Quiero al beber tu veneno embriagarme de suerte…Quiero al momento de amarte acercarme a la muerte…Quiero entre sábanas blancas hacerte volar y suavemente…Quiero correr por tu cuerpo como agua caliente





martes, febrero 17, 2009

Días de lluvia


-Ojalá no llueva. Voy a hacer una diligencia en el centro y ayer me mojé.

-Tienes que cuidarte, pero no te preocupes: no lloverá. Y si no tendrá que vérselas conmigo el responsable.

-Jajajaja. Entonces deberás enfrentarte con Dios. Él es quien decide finalmente.

-En ese caso sonreirá ante mi atrevimiento. Al fin y al cabo lo hago por una mujer, el ser más hermoso del Universo.

-¿Te das cuenta de que acabamos de crear una historia?

- Sí tenemos que escribirla…


Me quedaba todavía media hora antes de salir. Había que hacer algo para evitar que lloviera. Recordé un dicho popular: “San Isidro Labrador quita la lluvia y pon el sol”. Y le encomendé al santo todo el tiempo seco posible. También acudí a una tradición de mi abuela materna. Cada vez que se desgajaba un aguacero, acompañado de rayos y truenos, quemaba uno de esos ramos que simbolizan la entrada triunfal de Jesús en el primer día de la semana santa. Bueno. Si eso alejaba la tormenta suponía que podía servir de prevención. Sin pensarlo más cogí un ramo que encontré, fui al patio, le prendí fuego y clamé con fe al altísimo. Finalmente decidí rezar una novena al Divino niño Jesús y un rosario a la Santísima Virgen. Y como nunca me aprendí los misterios del rosario me inventé uno: “El misterio de la mano divina e invisible que aplaque la furia de la naturaleza”. Dios te salve María llena eres de gracia…

Satisfecho tomé mi guitarra y me dispuse a comenzar mi jornada de Trovador urbano. Al poner los pies fuera de mi casa, sin embargo, noté que el cielo estaba cargado de negros nubarrones. Un viento impertinente y helado dejaba ver a las claras que el chaparrón sería inevitable; es más: ya caían algunas gotas pesadas y gruesas.

Ante el desalentador panorama me senté a reflexionar en una banca del parque. No entendía el por qué mis súplicas no era escuchada. “¿Y ahora qué?” Dije desesperado y, justo en ese momento, sonó mi celular. Revisé el identificador de llamadas: número desconocido. Resultaba un tanto misterioso; pese a ello contesté.

-¿Aló?

-Carlos buenos días

El tono de voz familiar me dio la sensación de que me “autoescuchaba”.

-Buenos días ¿con quién hablo?

-Me extraña Carlos ¿Se te olvida que acabas de invocarme? ¿A caso tu voz interior, la que es capaz de alertar tus alegrías y tristezas, hoy no te dice nada? Solamente oye los latidos de tu corazón y entenderás.

-¿Dios?

Pronuncié no muy convencido. Leí en la biblia que se aparecía en la forma de zarza ardiendo, nube, terremoto, cataclismo, diluvio, etcétera.

-¿por celular? agregué aturdido.

-Jejejeje (Dios sonrió, buena señal) Sé lo que estás pensando. Verás. Ya no volví a utilizar la zarza ardiente porque el humo daña la capa de ozono. Mucho menos los terremotos, diluvios o cataclismos. No soy un viejito cascarrabias como me pintan en el Antiguo testamento. Esas son calumnias de la oposición. Por último no me iba a aparecer delante de ti en una nube ahora que tratas de evitar la lluvia. Y en cuanto al celular pues nos estamos modernizando . ¿Te imaginas todo lo que hubiera podido evitar con una llamada hace siglos o un mail en su momento? Bendita sea la tecnología. Y dime ¿qué te motiva a solicitarme semejante cosa?

- Mira Yavé, Jehová, Alá, Dios…

- Detente. Nómbrame de la forma en que te sientas más confiado. No me etiquetes por favor.

-¿Amigo?

-Así está muchísimo mejor. Continúa si eres tan amable.

- Bien amigo, mira. Sé que andas muy ocupado y quizás mi petición no sea trascendental. Simplemente te pido, ya que eres todopoderoso, que pares un ratico la lluvia. No me gustaría que a alguien que quiero mucho le de un resfriado si se moja.

- Ay Carlos. No soy tan “Todopoderoso”. Yo no mandé a Gonzalo Jiménez de Quezada a que fundara a Bogotá a 2.600 metros de altura (un poquito más abajo de un páramo), tampoco tengo la culpa de que ustedes ocasionaran por su descuido ese caos del clima. Lo siento muchísimo. Entiende que si vives en una ciudad lluviosa hay que mantener el paragüitas a mano y un buen impermeable. De lo contrario de la empapada no se salva ni Mandrake Jejejejejeeje.

-¿No me vas a ayudar amigo? Entonces ¿a quién recurro?

-Podrías dejarlo todo en manos de Dios jajajajajaja. Ten fe amigo. Y ahora, si me disculpas, debo hacer un par de llamadas más .Que no se diga después que no atiendo los clamores de los seres humanos. Además se me va a acabar la tarjeta. Aunque no lo creas por este lado tuvimos que apretarnos también el cinturón. Varios ángeles y querubines optaron por usar el celular en exceso y casi me llevan a la bancarrota. Por otra parte hay problemitas con los monopolios de las comunicaciones. Aquí entre nos te comento que su “cuartel general” es en el mismísimo Pandemónium o palacio del Bajísimo. Tendré que apretar algunas clavijas jejejeje.

Entre risas, sentido del humor e ironía mi amigo se despidió. Antes de colgar le pregunté:

-Oye amigo ¿y tu hijo?

-Hace un rato estaba a mi derecha, ya volverá. Le daré tus saludos Carlos.

…………………………………………………………………………………………………………………………………


-Hola corazón ¿cómo te fue?

-Bien, pero me pasó algo curioso. Fíjate que cuando me subí al bus empezó a llover y tan pronto llegué al sitio donde tenía que hacer mi vuelta escampó. Luego, en el trayecto de regreso a casa, sucedió lo mismo. ¿Qué raro verdad? Seguramente sirvieron tus oraciones.

-Sí, seguramente. Jejejejeje.

-Y cuéntame ¿Tú qué hiciste hoy?

(Autores de este relato: El Hada y Caselo)


jueves, febrero 12, 2009

Inquisiciones


“Tú reinarás este es el grito, que ardiente exhala nuestra fe”

Caminaron en medio de los cánticos

-“Fuera el demonio” “Saquen a Satanás” “Blasfemo”

Y entre las voces de protesta de los feligreses

La puerta se veía lejana. Desde los cuatro costados del templo el olor a incienso, una lluvia de agua bendita lanzada por alguna mano y el rechazo generalizado terminaron por formar una improvisada calle de honor.

“Reine Jesús por siempre, reine su corazón. Que en nuestra patria, en nuestro cielo, es de María la Nación…”

Y al tiempo que el coro de creyentes esparcía la letra sanadora, el cura vociferaba desde el púlpito:

-“Hermanos, es necesario hacer una ceremonia purificadora. Hay que sacar al maligno. Si se requiere mañana mismo convocaré a las autoridades eclesiásticas y realizaremos un exorcismo.”

Salieron. Ya en el atrio de la iglesia el aire parecía darles su cordial bienvenida. Atrás quedaron las imágenes de repudio de aquellos rostros más cercanos a la salvación que los atacaron.

Uno se sentó en la escalera, prendió un cigarrillo. Quizás se debió al color de su ropa: negro de pies a cabeza; o tal vez por sus cabellos largos, la barba de tres días, esa mirada perdida y la palidez acusadora de su rostro. También pensó que pudo ser por la camiseta estampada con un la imagen aterradora de un grupo de rock. No podía asegurarlo.

Recordó entonces que justo en el momento de la comunión se pararon, caminaron hasta la fila y cuando estuvieron en frente del sacerdote, la mano de uno de ellos recogió la hostia. Enseguida la partió, comió una de las partes y la otra la compartió con su fiel amigo: su perro. De inmediato se desató la ira de los presentes.
Mientras reflexionaba se dio cuenta de que su mascota lo miraba. Se agachó, le acarició el lomo y le dijo:

“¿no eres también hijo de Dios?”.

domingo, febrero 08, 2009

La mariposa y el colibrí


En las tardes el bosque se llena de cantos, danza y mucha alegría. No importa si el sol es muy picante, tampoco que el frío o la lluvia dobleguen de alguna manera la claridad del firmamento. Entre árboles, hierba, hojas, ramas todos los seres de la naturaleza festejan el final del día y el anuncio de la noche.

Mariposa estaba en una hojita alejada de la celebración. Con sus ojos bañados en lágrimas contemplaba la alegría general. De vez en cuando se esforzaba por sonreír, pero el llanto poco a poco le ganaba la partida. Colibrí, en cambio, no dejaba de saltar de aquí para allá. Gozaba de lo lindo escarbando entre las flores con su pico delgado. También aprovechaba para contar chistes, hacer bromas y echar uno que otro piropo a las cigarras quienes, avergonzadas y pícaras, se escondían en los árboles. Se diría que era el alma de la fiesta y este se lo creía; tanto es así que se resistía a aceptar la tristeza. De ahí que lo conmoviera el rostro melancólico y la mirada ausente de Mariposa.

-¿Qué te sucede?

- Ay amigo perdí mis colores y mi brillo. Parezco una sombra.

Colibrí la miró de arriba abajo. No entendía, la veía hermosa.

-Pero si estás divina, eres una princesa.

- No amiguito. De un tiempo acá se me fue la alegría. Hasta dejé de ser cómplice del viento. Ni siquiera mi batir de alas se escucha ya.

Y dicho este se puso a llorar. El pájaro se quedó pensando. No podía permitir que semejante dama del Universo- tan admirada y querida de generación en generación- terminara convertida en un pálido recuerdo… quizás en olvido. Entonces, dispuesto a tomar cartas en el asunto, le dijo:

- Te ayudaré a encontrar tus colores y tu brillo.

Mariposa se emocionó. Hasta ese momento nadie se había preocupado por su situación. Reconocía, sin embargo, que resultaba muy difícil- casi un milagro- reconciliarla con su efímera existencia.

-No Colibrí. Somos tan diferentes. ¿De qué manera podrías ayudarme? No amiguito, ya estoy muy cerca del final. Tú más bien inunda la vida de tu ternura.

Colibrí no se dio por vencido. Ni más faltaba que una nube pasajera de nostalgia apagara espíritu iluminado y sensible como el de mariposa. Por eso le propuso:

-Dicen que al otro lado, o al final del mundo, se encuentra un tesoro. Sólo basta seguir el camino que entra en la montaña. Es un viaje largo. Si tú me enseñas a volar por los atajos del viento y yo te explico la manera de quedar suspendida en el aire, podremos acompañarnos mejor en el recorrido.

Ante tamaña muestra se seguridad Mariposa no tuvo más remedio que aceptar. Desde ese instante la complicidad estrechó sus corazones.

Mañana y tarde la inusual pareja ensayaba sus acrobacias. Mariposa hacía grandes esfuerzos por mantenerse en el vacío agarrada a un lazo incierto. De vez en cuando perdía el equilibrio y era rescatada por la figura pequeñita y ágil de su amigo. Colibrí, mientras tanto, se dejaba llevar por el viento. Tenía que identificar las corrientes a través de las cuales volar. Y en muchas ocasiones terminaba estrellándose contra los árboles. Los demás animales los miraban asombrados. Inclusive algunos se atrevieron a apostar. Decían que la mariposa y el colibrí nunca lograrían culminar su tarea. Además los separaba ese abismo de la diferencia que, supuestamente, es determinante a la hora de emprender un objetivo común. Por fortuna no hicieron caso. Que pensaran lo que les diera la gana; al fin de cuentas ellos sabían que las barreras no formaban parte de su vocabulario.

Luego de múltiples caídas, golpes, dolores e impotencia lo consiguieron. Ahora ejecutaban una danza sostenida por hilos invisibles. Flotaban suspendidos en una ráfaga de ilusiones, cuya frescura les llegaba envuelta en los ecos de la solidaridad. Y claro, los que perdieron las apuestas se alejaron con el rabo entre las patas (así literalmente no lo tuvieran) lamentándose de su suerte. Convencidos de que su encuentro valía la pena, se fueron una tarde a emprender ese viaje por el camino que entra en la montaña. Se marcharon sin despedirse, tampoco llevaron equipaje.

¿Por dónde arrancar? Ninguno de los dos lo sabía. Simplemente se dejaron guiar por sus instintos y acudirían a aquellos que se cruzaran en su aventura

En el río, nadando contracorriente, divisaron la figura de un viejo salmón. Se acercaron y le preguntaron si conocía algo del camino que buscaban. El pez se detuvo y con voz ahogada producto de la fatiga les dijo:

-Pues les toca seguir hacia el sur. Es lo único que sé. Y ahora si me disculpan debo desplazarme río arriba. Tengo que llegar al lugar exacto donde nací para morir.

Más adelante le hablaron a una tortuga que, penosamente, trataba de enderezarse después de caer de espaldas encima de su caparazón. Una vez incorporada respondió:

-Ay, ¿qué les puedo decir? Vean amigos, váyanse derechito por el sur; empiezan a subir hasta que toquen techo. Y creo que allí hay una escalera de piedras que los lleva directo a ese camino. Y me despido ya, estos huevos me tienen aburrida. Están que se me salen los tortuguitos

Sin más pistas continuaron el trayecto. Era un recorrido casi a ciegas en el que tampoco colaboraba el tiempo. Precisamente, a estas alturas, Mariposa perdía las esperanzas. Después de un mes prácticamente estaban en el punto de partida. Aunque a travesaron gran parte del bosque y ya se enfrentaban a la montaña, las certezas eran más bien escasas. Consciente del bajón anímico de su amiga, Colibrí se dedicó a contarle historias, a hacerla reír sin ningún motivo, a impulsarla usando para ello sus palabras.

La bandada de aves migratorias saludó a la pareja mientras se dirigían en sentido contrario. Venían del sur y les anunciaron que una fuerte tormenta amenazaba. Mariposa y Colibrí se miraron en silencio. Resultaba lamentable que aquel cambio climático diera al traste con su empresa. La paciencia no era la característica de Mariposa. Y en cuanto a Colibrí, muy a pesar de su valentía, empezaba a tener miedo.

-Si no confían en ustedes mismos no llegarán a ningún lado.

La voz provenía de un Búho encaramado en una rama que, inmediatamente, desapareció.

Tal y como lo pronosticaron las aves, las primeras gotas presagiaban horas de angustia. Por fortuna un manto de luciérnagas iluminó una cueva. Los dos amigos se apresuraron antes de que la lluvia, el frío, los relámpagos y los truenos desataran la furia de los cuatro elementos. La tormenta, nunca antes vista, sacudió el alma de los amigos. No hubo poder, humano o divino, que la aplacara. Por eso, refugiados y cómplices de sus sueños, se aferraron el uno al otro. No obstante sintieron un frío muy parecido al de la muerte. De pronto un rayo iluminó el entorno, seguido de un gran estruendo. Mariposa temblaba ante la aparente calma de Colibrí. No acababan de recuperarse del susto cuando sintieron el impacto del viento que penetró a la cueva. Fue tal la fuerza con la que los golpeó que ambos perdieron el sentido. La última imagen que vio Colibrí fue la de su mariposa arrastrada, sin oponer resistencia, hacia el ojo de un inmenso agujero negro…

Una gota de rocío acarició el rostro de Colibrí. A su lado Mariposa aún dormía. Se encontraban en una inmensa pradera y al fondo la montaña. Sin despertarla se puso a admirar la belleza de su amiga. En realidad transmitía paz y dulzura. No le cabía en su cabecita de ave que su cómplice estuviera opacada por la tristeza. Y justo en ese momento Mariposa sonrió.

-¿Te encuentras bien?

-Si amiguito. Pero corre un poco tu pico que me vas a sacar un ojo.

No pararon de reír. Por lo menos si no lograban hallar el tesoro, se dieron cuenta de que- más allá de cualquier intento fallido- pudieron compartir sus ilusiones y esperanzas.

-Buenos días tengan ustedes

Miraron a lado y lado. No veían a nadie

-Buenos días otra vez.

Al elevar los ojos al cielo Mariposa y Colibrí se percataron de que estaban debajo de un arco iris. La voz cálida habló de nuevo:

-Soy testigo de la bondad de sus corazones, por eso están aquí. Mariposa ven

Tímida e insegura Mariposa se elevó despacio y se dirigió al sitio que le señaló la voz.

-Tendrás nuevamente tu brillo y tus colores

Una lluvia de algodón de azúcar cayó de una nube muy blanca y la iluminó. Poco a poco diferentes tonalidades adornaron el cuerpo y las alas de Mariposa. Entre tanto Colibrí hacía lo posible por observar el maravilloso espectáculo. Su amiga resplandecía. Las sombras se alejaron y dieron paso a un brillo inexplicable, sublime, hermoso.

-Ay amigo, recuperé mi esencia.

Y voló dichosa a lo largo y ancho de esa pradera que se confundía con el horizonte.

-Y tú Colibrí, no te quedes ahí. Ven

Su ligero cuerpo avanzó. Se posó debajo del arco iris y esperó.

De repente una ráfaga de flores entró en su pico. Enseguida empezó a reír. Le habían regalado la alegría eterna.

Muchos aseguran que al principio o al final del arco iris hay un tesoro escondido. Mariposa y Colibrí regresaron con una fortuna incalculable. Desde aquel día el bosque se vistió para siempre de colores y alegría. Y en épocas de tormentas o vientos encontrados todos saben que detrás de las nubes negras cargadas de nostalgia hay un arco iris dibujado por un fino y mágico pincel.



jueves, febrero 05, 2009

La ciudad de las sorpresas


Cinco minutos de descanso. Comienza la semana, son las doce del medio día de un lunes lleno de esperanza. Hoy no está el malabarista acompañado por aquella mujer que lo mira con amor, respeto, admiración. El semáforo parece huérfano y el aire es un vacío que tal vez espera esos cuatro bolos lanzados por los brazos del artista.

Puse mi guitarra apoyada en el pequeño muro y prendí un cigarrillo. Sé que me hace daño: “tengo que dejarlo” pensé, mientras el humo se burlaba de mi. “Señor ¿puedo hacerle una pregunta?”. La mujer se encontraba parada a mi derecha. Acababa de tapar con plásticos los dulces, las gaseosas, los paquetes de papas fritas, los cigarrillos que vende diariamente en su sencillo carrito de varillas. Asentí y me dijo: “¿Usted da clases de guitarra?” Contesté afirmativamente y agregó: “Es que lo veo pasar mucho por acá. Hasta me ha comprado dulces. Y me gustaría saber si me puede dictar clases de guitarra. Es que quiero aprender. ¿Cuánto me cobraría?”

A esa hora la gente pasa rápido en busca de restaurantes para almorzar. La mujer de aproximadamente sesenta años sonrío. Me sorprendió gratamente su solicitud, pero sinceramente no se me ocurría ponerle un precio a un espacio que, además de acercarme a una persona maravillosa, significaba también una oportunidad de compartir nuestros sueños. Por otro lado, sin embargo, era necesario cobrar. Siempre he considerado que el valor que se le da a algo garantiza responsabilidad de parte y parte: tanto del interesado como de quien, de alguna manera, transmite un conocimiento. “Señora, proponga usted” le respondí. “Pues la verdad le puedo pagar tres mil pesos la hora”, señaló y de inmediato se sonrojó y bajó la mirada. Entonces me paré, puse mi mano en su hombro y le dije: “¿Cuándo comenzamos?”. La mujer volvió a sonreír. También yo. La emoción fue mutua.

-“Vea, me llamo Dora. Es más, me alcanza para pagarle dos horas semanales”.
-“Y yo Carlos Eduardo. Me parece perfecto”
-“¿Hay algún problema que las tome aquí, en las mañanas?”
-“Ningún inconveniente Dora. Aquí vengo los dos días que usted elija”

Acordamos que el martes de la próxima semana iniciamos las clases. Nos despedimos con un apretón de manos. Dora arrancó empujando su carrito. La vi alejarse en sentido contrario a los vehículos que subían. Se me humedecieron los ojos de ternura y agradecimiento. Después caminé hacia ese semáforo al que, definitivamente, no llegaron el malabarista y su mujer y esperé a que un bus me recogiera. Era ya el momento de continuar mi trabajo de trovador urbano.