domingo, mayo 27, 2012

Un recorrido por “La ciudad de los umbrales”




Las calles y avenidas que cruzan a Bogotá se esparcen como redes sin punto de llegada o de partida. Son rompecabezas a los que siempre les faltarán fichas; cielos estrellados al revés, cuyas luces forman constelaciones que cambian de posición. Allí vivimos y morimos día a día, atravesamos puertas que nos llevan del presente al futuro y hacemos escala en ciertos callejones que nos recuerdan el principio de los tiempos.  

Reconocer, ser reconocido y reconocerse en medio de millones de seres anónimos, convierten a las grandes ciudades en espacios para la soledad colectiva. Los adelantos tecnológicos- con internet a la cabeza- crean una ilusión de ruptura de distancias y fronteras. Miles de sonidos e imágenes cruzan el espacio, pasan por nuestros sentidos y quedan anclados en la memoria. De ahí que no sea extraño encontrar significados de símbolos compartidos a lo largo y a lo ancho de nuestro planeta; hecho que ya no es exclusivo de la juventud. Inclusive los adultos formamos parte del nuevo territorio en el que hasta el tiempo pareciera transcurrir de forma distinta. Bogotá no es la excepción. La multiplicidad de formas y expresiones le dan un aire cosmopolita. La vida cotidiana esconde las historias de los individuos que la habitan: cada adoquín, cada ladrillo, cada árbol, cada parque se convierte en testigo silencioso de ese viaje sin rumbo aparente.

“La ciudad de los umbrales” de Mario Mendoza, es el primer libro del escritor bogotano que narra la ciudad desde sus profundidades. En medio del cemento, amparados por la complicidad de la noche y sumergidos en esa neblina espesa de la madrugada, los personajes del libro recorren la ciudad para desafiarla, poseerla y escapar de ella. Bogotá es puta entre las putas, pero también última morada de cualquier NN. Huele a incienso, algodón de azúcar, flores y, al mismo tiempo, a bazuco, licor o marihuana. En tabernas de mala muerte, tiendas de barrio o cafés tradicionales, se habla de lo divino o de lo humano sabiendo que, en el fondo, Bogotá se encargará, tarde o temprano, de sentenciar el destino de quienes se atreven a profanarla. No es una visión fatalista. Se trata, más bien, de un juego de ilusiones, un laberinto de espejos, el maquillaje que se escurre por culpa de la lluvia y que deja al descubierto rostros, miradas y frustraciones. 

El relato viene y va como una de esas cometas que adornan los cielos bogotanos en el mes de agosto. En la cola de ese cometa hay un mensaje que todos escribimos. A veces el grito ahogado por la impotencia; otras la risa estrambótica de un payaso de circo. Finalmente el llanto que brota al sentirnos  parte de los casi diez millones que vagan solitarias sobre el asfalto. 

A nadie le gusta que le digan la verdad de frente, mucho menos si Mario Mendoza no usa anestesia para calmar el dolor de la herida que abre al mostrarnos las sombras que nos rodean. Al fin y al cabo todos caminamos los mismos lugares; solo que jamás nos detenemos a mirar o, en el peor de los casos, hacemos lo posible por desconocer esa cara oculta.

Comencé la obra de Mario Mendoza por “La ciudad de los umbrales”, aunque leí sus columnas en El Tiempo y su ensayo sobre “Aura” de Carlos Fuentes. Presentí que con Mario teníamos una cita pendiente porque, entre otras cosas, un hecho nos marcó a los dos: la masacre de Pozzeto en 1986. Y digo nos marcó, puesto que pertenecemos a la misma generación. Más adelante lo corroboré, el día que escuché que su libro “Satanás” había ganado el premio novela breve de la Editorial Seix Barral de España. En esa época, 1992, estaba lejos de imaginar que algún día mi pasión sería escribir.  La vida se encargó, sin embargo, de llevarme a ese puerto misterioso de las letras.  Y conocí a Mario en el 2007, gracias a que fui seleccionado por El Tiempo para su proyecto “La ciudad jamás contada”. Nos hicimos amigos, empezamos a intercambiar ideas y tuve así la oportunidad de descubrir su obra a partir del autor.

La “Ciudad de los umbrales” escribe y, a su vez, lee la ciudad. Son cinco amigos con diferentes visiones del mundo, unidos por la pasión que despierta lo desconocido. En ese contexto, Bogotá es la única protagonista, la que se encarga de tejer las puntas de ese mapa de fronteras invisibles. La apuesta de Mario es sangrienta, sin contemplaciones, tan arriesgada que no le será posible redondearla en una sola entrega. Es por eso que, después de “La ciudad de los umbrales”, el autor sigue escudriñando ese cielo plomizo de aire contaminado en “Escorpio City”, “Cobro de sangre”, “Buda Blues” y “Apocalipsis”.

Sí Mario. Usted atravesó, con “La ciudad de los umbrales”, esas puertas que, hasta ahora, nadie se atrevía a abrir. Los pasadizos convergen, finalmente, en un agujero negro que bien podría llevarnos de vuelta al pasado o al futuro. Bogotá es la misma ciudad que nos acoge y a la que, en ocasiones, rechazamos. Es la misma capital envuelta en el caos del siglo XXI, así aparente ser todavía la “Atenas” suramericana. La que puede sorprendernos con un beso o un balazo en las esquinas. O Aquella cómplice que me acompaña cuando voy con mi guitarra en tardes grises o de sol, y de pronto me hace detener  valiéndose de una mujer, un hombre o un niño, que me suplica con la mirada perdida y derrotada: “Señor, cánteme algo… por favor”. Luego Bogotá me guiña el ojo, sonríe y me da la espalda, antes de soltar el inevitable aguacero desesperanzador.

lunes, abril 30, 2012

El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé, del escritor colombiano Alberto Salcedo Ramos



El día que Pelé o Maradona abandonaron sus guayos y las canchas, muchos dijeron con profundo pesar: “Se acabó el fútbol”.  Lo mismo pudo suceder cuando el francés Bernard Hinaut se bajó para siempre de su bicicleta y no volvió a competir. Cada ídolo, especialmente del deporte,  tiene su cuarto de hora y, de paso, escribe una página que queda grabada en el imaginario de toda una nación.

En Colombia, por supuesto, sucede lo mismo. Lucho Herrera nos puso a sudar las veces que trepó los Alpes con tal facilidad, que parecía como si los demás ciclistas europeos cargaran -en la parte de atrás de sus bicicletas- varias cantinas de leche recién ordeñada.  Cómo olvidar los goles de Asprilla en El Parma de Italia o los pases inverosímiles  de “El Pibe” Valderrama en El Valladolid de España y El Montpellier de Francia. No hace mucho nos volvimos expertos en automovilismo, gracias al atrevimiento de Juan Pablo Montoya en las pistas mundiales; también fanáticos del beisbol que seguíamos emocionados,  por allá en 1997, las hazañas de Édgar Rentería en Los Marlins de La Florida. Triunfos, en su mayoría individuales, producto del hambre, la falta de oportunidades y las ansias de reconocimiento.


 Antonio Cervantes Kid Pambelé, pertenece a ese pequeño grupo de celebridades que un día nos llevaron a la cumbre de los sueños alcanzados. Y lo hizo en los cuadriláteros, con sus puños, a trompada viva, noqueando rivales que terminaban despatarrados, uno tras otro, igual que las  fichas de un dominó caídas en serie.  Más adelante los escándalos  acabaron de perfilar su leyenda, aquella suerte de maldición que pareciera perseguir a los que desafían a la diosa fortuna. Entonces el héroe fue desplazado de su pedestal, hasta convertirse en una sombra, un fantasma y, por qué no, en el  incómodo  espejo que refleja  nuestra propia manera de ser.

“El oro y la oscuridad” es el título del libro que recoge la vida de “Kid” Pambelé. Nada más acertado que un costeño sea, precisamente, el encargado de contarnos esa historia, frenética y llena de matices, de los vaivenes de un hombre al que el país nunca logrró entender.  Alberto Salcedo Ramos, escritor y periodista barranquillero, posee la herencia de los narradores que se pasaban de boca en boca la palabra y luego la esparcían por la región Caribe. Fiel a ese legado, se tomó el trabajo de perseguir la leyenda del escurridizo boxeador por espacio de dos años. Estuvo inclusive en Venezuela, patria vecina donde el púgil comenzó en serio su exitosa carrera boxística. Y poco a poco fue tomando anécdotas de aquí y allá; observó rostros, imágenes de calles polvorientas, olvidadas para, finalmente, encontrarse de frente con Pambelé. De esta manera, la polifonía de voces le dio las herramientas necesarias a la hora de cotejar las vivencias al lado del protagonista.


-“Siempre que escribo este tipo de crónicas entrevisto primero a la gente que rodea al personaje, y luego llego  a él directamente”, dijo Alberto Salcedo el día del lanzamiento de “El oro y la oscuridad” el 22 de abril en la Feria Internacional del libro de Bogotá. Ese domingo nos encontramos minutos antes de la presentación. El maestro Alberto Salcedo lucía impecable, pero, curiosamente, estaba nervioso. Creía que no asistiría mucha gente al evento, pues a esa hora no había casi nadie. Más adelante pudo comprobar que no solo se llenó el auditorio, sino que el cariño, la fidelidad y la admiración de sus lectores son proporcionales a la calidez humana del escritor.

Las páginas de “El oro y la oscuridad” estremecen y son una lección de buen periodismo. Se siente la intensidad de los momentos dorados del deporte colombiano- en este caso del boxeo- aunque, al mismo tiempo,  la tristeza que produce alcanzar el cielo con las manos y descender de él en una caída vertiginosa.  Alberto Salcedo nos habla a través de los que viven en carne propia el presente de Pambelé. Y la voz del boxeador -que si bien se escucha en cada capítulo- es más un eco nostálgico, un murmullo apagado, arisco, de lo que ya no podrá volver a ser. De ahí que el mismo autor confiese, sin ningún problema,  la imprudencia que cometió un día al abordar a Pambelé en uno de sus momentos de crisis. Se salvó de una golpiza, lo admite; sin embargo mantuvo en su libro el respeto por ese personaje, querido y odiado,  que todavía no ha logrado escapar del peso de su lejano pasado victorioso.

lunes, marzo 26, 2012

Don Guillermo

La banda de guerra integrada por jóvenes, casi niños. El medio día soleado que se coló en una de las semanas más frías de Bogotá en lo que va corrido del mes. La presencia de algunos políticos (con ex presidente y ex fiscal abordo), de gente de la cultura, de familiares, amigos y, por supuesto,de los alumnos del Gimnasio Moderno, confirmaron una vez más que para ser héroe no es necesario tener súper poderes. Llevar en cuerpo y alma una vocación, ponerla al servicio de los demás y ser coherente con ella, basta para otorgar semejante título. De ahí la romería que se acercó al Gimnasio Moderno a rendirle un sentido homenaje a Don Guillermo Quiroga, profesor y vice rector del tradicional colegio bogotano.

Cuarenta años dedicados a la docencia no son cualquier lagaña de mico, justamente el tiempo que duró Don Guillermo vinculado al plantel. No soy de sus ex alumnos.  Me gradué también de un Moderno, pero de nombre Claustro. Tuve la fortuna, sin embargo, de compartir con él y su familia la cotidianidad, aquel ámbito de la llamada vida privada que, en el caso de Don Guillermo, era una extensión de su labor de maestro.

A su casa de puertas abiertas comencé a entrar en 1985. Ese año conocí primero a Guillermo Alberto, su hijo mayor. Luego a María Elvira, la hija menor; finalmente a Don Guillermo y a su esposa Berenice. Allá llegábamos en navidades, años nuevos, cumpleaños -o porque sí- los zánganos que vivíamos en el barrio Los Alcázares. Un grupo de adolescentes  que nos  poníamos  la casa de ruana y la convertíamos en una guachafita: música, baile, chistes, sonidos estridentes de guitarras eléctricas (cuando nos dio por armar grupo de rock).  Todo tiene un límite y el de  Don Guillermo no debía ser la excepción. De pronto, en medio del desorden, se escuchaba un inconfundible grito: “¡Guillermo Alberto!”  “¡María Elvira!” (según fuera el anfitrión de la velada), que provenía de la parte de arriba de la casa. La potente voz lograba que hasta la música se quedara en silencio. Mientras tanto nosotros, expectantes, tratábamos de adivinar cuál sería el reclamo de Don Guillermo. Al rato volvía María Elvira o Guillermo Alberto a decirnos que le bajáramos un poquito a la bulla, que pilas con las groserías, que ¿quién carajos se ríe tan feo? o, sencillamente, que dejáramos de joder.  Eso sí, lo que más les molestaba a Don Guillermo y a Berenice era la “entradera y salidera” de una noche de rumba o tertulia. Varias veces nos llamó la atención al respecto, no quería que nos pasara algo en las horas peligrosas de la madrugada. Sinceramente no le hacíamos mucho caso, a esa edad no se tienen en cuenta los consejos de los adultos. Entonces optó, como recurso desesperado, por quitarle las llaves de la casa a sus hijos y decirnos: “Si van a tomar de aquí no salen hasta las seis de la mañana”.

También disfrutábamos los partidos importantes de fútbol que jugaba la selección Colombia, los del campeonato colombiano y los mundiales. Don Guillermo era hincha del Deportivo Cali, aunque confesaba – bien pasito y por debajo de cuerda- que le gustaba Millonarios. Lo anterior supondría doble militancia, lo cual no era cierto. Simplemente reconocía en el azul un color capaz de hacerlo estremecer si no jugaba contra su verde del alma. En el año 2001 o 2002 la tragedia visitó al Deportivo Cali: un rayo mató a dos jugadores (entre ellos al “Carepa” Gaviria) durante un entrenamiento. En ese campeonato el Cali fue eliminado de las finales por el Once Caldas de Manizales. Aquella tarde, una vez consumada la derrota de su equipo, Don Guillermo concluyó con aire sabio y reflexivo: “Carajo ¿cómo no iban a perder? ¿No vieron la cara de Giovanni Hernández cuando empezó a llover y cayó el primer rayo? Estaba muerto del susto”.

 Las casas de Los Alcázares son de tres niveles: sala- comedor, cocina y patio interior; más arriba un cuarto (el de descanso) y en el último nivel un baño y las tres habitaciones restantes. La biblioteca de Don Guillermo queda en el cuarto de descanso, un espacio atiborrado de libros, recortes de prensa, fotos y un escritorio al lado de la ventana en el que alimentaba diariamente su pasión por la lectura. Muchas veces me invitó a conocer sus nuevas adquisiciones en materia literaria. Yo, boquiabierto,  miraba cada uno de los rincones repletos de sabiduría. Allí descubrí a Carlos Fuentes, por ejemplo. Tal es la magnitud del tesoro guardado en ese cuarto que hace unos años María Elvira me contó: “Carlitos, no hemos podido conseguir a  dónde mudarnos. Lo que mi papá necesita es una biblioteca con casa. Él no abandona sus libros por nada del mundo”. Menos mal- digo yo ahora- de lo contrario hace rato se habrían ido del barrio y, la verdad, no imagino la vida sin tener a Don Guillermo y a su familia de vecinos.

Quizás uno de sus momentos de mayor orgullo fue el día en el que Ernesto Samper ganó las elecciones de 1996. Don Guillermo estaba pendiente de sus ex alumnos, muchos de ellos reconocidos escritores y políticos; por eso el triunfo de Samper lo hizo sentir el hombre más feliz del mundo. No perdía oportunidad de sacar pecho porque a él y a Berenice los invitaron a la posesión. Mostraba dichoso una foto en la haciendo Hato Grande en la que aparecían los ex alumnos del Gimnasio que se graduaron con Samper, al lado de Don Guillermo, Berenice y el Presidente de la República. Las cosas marchaban a pedir de boca hasta que se presentó el famoso escándalo del “Proceso ocho mil”. Aquel hecho consiguió opacar la alegría del Maestro quien, no obstante, confiaba, admiraba y respetaba a su alumno. Los medios masivos de comunicación tomaron partido, la presión internacional (encabezada por Estados Unidos) no  se hizo esperar e, inclusive, el rumor de un complot para tumbar a Samper se esparció rápidamente. El tema lo abordaba Don Guillermo con tranquilidad, siempre dejando en claro que apoyaba a Samper. Aquí debo admitir que iba en contravía de su pensamiento y me puse en las filas de los críticos. Él siempre intentaba convencerme de que a Samper no lo dejaron gobernar porque era un Presidente incómodo para Estados Unidos principalmente. La discusión duraba horas y yo no cambiaba mi posición. Samper terminó sus cuatro años de gobierno, cuestionado por la supuesta influencia de dineros del narcotráfico en su campaña. Las elecciones siguientes (1998) las ganó el opositor Pastrana, quien además destapó lo que se conoció como el “Proceso ocho mil". Ese domingo en la tarde fui a la casa de puertas abiertas (algo de lo que me arrepiento) con una sonrisa estúpida a burlarme de la derrota liberal. Don Guillermo, muy tranquilo y también esbozando una sonrisa, me dijo: “Mijo, se acordará de mí. A este país se lo tiraron y tarde o temprano me dará la razón: a Samper no lo dejaron gobernar”.


Mucha agua corrió debajo del puente de este país: caguanes, seguridades democráticas, trenes destartalados de progreso, carruseles de la contratación, parapolítica, etc. El espejo retrovisor me trae las voces e imágenes de esos años y con el paso del tiempo, efectivamente, terminé por aceptar que Don Guillermo jamás estuvo equivocado. Tuve la oportunidad de decírselo hace cinco o seis años. Si me preguntan cuál es la razón para alejarse de los amigos, de las personas queridas, no tendría una respuesta. Tal vez cada quien elige su camino y cree- resignado e ingenuo- que debe hacerlo solo, apartándose de ese pasado que, bueno o malo, incluye a quienes nos han acompañado. El hecho es que llevaba años sin saber de Don Guillermo y me lo encontré un sábado caminando con Berenice por la calle 72, a unas cuadras de su casa. Nos saludamos los tres con un abrazo. Hablamos de nuestras respectivas familias, nos alegramos de vernos después de tanto tiempo y prometimos reencontrarnos en una reunión de alcazaristas. Nos despedimos y, de repente, Don Guillermo me llamó: “Espere, mijo ¿Ya se convenció de que a Samper no lo dejaron gobernar?”. Entonces lo miré fijamente, puse mi mano en su hombro y contesté: “Sí. A Samper no lo dejaron gobernar”. Juro que no había sido testigo de brillo igual en ese rostro sereno, bondadoso y dado a los demás. Y antes de irse, mientras le ofrecía el brazo a su Berenice para regresar a casa, dijo: “¿Si ve que yo tenía razón?”…

Sí Don Guillermo, siempre tuvo la razón. Se lo digo hoy al recordar ese aplauso que le dimos y el coro espontáneo que armaron alumnos, ex alumnos y profesores del Gimnasio Moderno cantando el himno del colegio, al tiempo que usted salía- como debe ser- por la puerta grande.

Gracias, viejo querido.

jueves, diciembre 29, 2011



Hace poco me preguntaron cuáles serían los siete sueños que me gustaría cumplir. Respondí sin pensarlo dos veces; en realidad algunos de ellos son utopías, pero finalmente son las cosas con las que me identifico.


En primer lugar dije que quería cantar a dúo con Silvio Rodríguez en un concierto, aunque fuera una cancioncita nada más. También que me encantaría formar parte de Les Luthiers en una de sus presentaciones. Elegiría la del Adelantado Rodrigo Díaz de Carreras, aquel anticonquistador español que terminó vendiendo baratijas y bailando salsa en una isla del Caribe. El siguiente sueño tiene algo de sicodélico, quizás delirante y hasta irresponsable: probar la marihuana- por primera y única vez- en un bosque de niebla.  Y digo irresponsable porque ¿cómo diablos saldría de un bosque de niebla en medio de los efectos del cannabis? Luego, con los pies en la tierra, me encerraría a escribir un guión literario que llevaría al cine una versión de “Cien años de soledad”.  Lo anuncio desde ahora, para que los directores estén preparados y no los coja por sorpresa cuando termine mi guión. Y los tres últimos sueños tienen que ver con mi presente. Recorrer por tierra Latinoamérica (el mismo viaje del Che, sin moto y al revés)  y en Buenos Aires asistir a un Boca- River en La Bombonera. Sí, ya sé, tendría que esperar a que River vuelva a la A; no hay ningún problema, lo tengo decidido:  llegar mucho antes  a Pergamino, abrazar a mi Patoloca, agarrarla  de la mano e irme al  Perú a jugar a las escondidas con ella, el amor de mi vida,  en Machu Pichu. Por supuesto nos encontraremos en la mágica puesta de sol y regresaremos juntos a continuar nuestra historia.

jueves, octubre 27, 2011

A dúo con Vicente Feliú


(En la foto, de izquierda a derecha, de pie: Paula Ferré, PModa, Chely Oller, Adriana Amado. Sentados: Adrian Odriazola, Adriana Cantale, Vicente Feliú, Alejandra Rabinovich y la tía Carmen)


Hay tanta felicidad en cada uno de los rostros: sonrisas plenas, miradas luminosas, colores y más colores. No me canso de repasar una y otra vez las fotos. Las miro con el deleite de un niño, la complicidad de un amigo entrañable y la emoción de haber estado allí, aunque no físicamente. Sé que al decir estuve de corazón, corro el peligro de caer en un lugar común; pero sucede que, en ocasiones, el Universo confabula de tal manera que tiempo y espacio terminan siendo relativos, como la terquedad que pareciera sumergir al mundo en un agujero negro. De ahí que mi presencia, en aquel instante único e irrepetible, haya sido uno de los milagros que acostumbra a hacer la música, cuando se convierte en mensajera del amor. Basta echar un vistazo al pasado, para comprender hasta qué punto el arte y la sensibilidad son capaces de dejar una luz donde solamente reinaban las tinieblas.

Por los años setenta la utopía Latinoamericana fue reemplazada por el terror. Una pesadilla que estranguló la libertad se instaló en fronteras de alambres de púas, lápices rotos en las noches frías o estadios- supuestamente de fútbol- en cuyas graderías y muros no se oía el eco de los aficionados, sino el silencio de las tumbas sin nombre. El llamado verde oliva sirvió para maquillar la muerte, disfrazando a cientos de autómatas de cascos, armas, botas y grados militares. Argentina y Chile, principalmente, quedaron aislados del resto del continente, en una suerte de cortina de hierro o muralla infranqueable; sólo que en el caso de los países suramericanos se trató de la estrategia de un poder unipolar que, décadas más adelante y en la actualidad, pretendía acabar las diferencias a punta de guerras, asesinatos, desapariciones, torturas. Y en medio de aquel laberinto de fantasmas y espejismos, la música abrió una ventanita a la esperanza. En casetes que se pasaban de mano en mano, los jóvenes chilenos y argentinos escuchaban (a escondidas, debajo de las cobijas, en reuniones clandestinas) las canciones que representaron un renacer de la lucha por la liberación. Y luego las paseaban de viva voz, tarareándolas por la calle. Así cada estrofa se transformó en escudo contra el ruido tenebroso del totalitarismo. Por estas tierras la canción social -o música protesta como la bautizaron algunos-en el alma y en las voces de Mercedes Sosa, Alberto Cortez, Atahualpa Yupanqui, Horacio Guaraní, León Giecco, Inti Illimani, Cuarteto Zupay, Quinteto tiempo, Alí Primera, Víctor Jara, Violeta Parra. Y junto a ellos la Nueva trova cubana, un movimiento que acabó de sembrar la semilla de una revolución que sí pudo ser; una amalgama de tradiciones, compromiso y sensibilidad que se propagó contagiando a todo un pueblo. Porque al lado de sones de tambores o de boleros melancólicos y nostálgicos, la poesía se convirtió en el eco de la consciencia y se encargó de anclar la dignidad y el amor propio en el imaginario de los habitantes de una isla que decidió asumir, de una vez y para siempre, las riendas de su destino. Acompañados de sus inseparables guitarras Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Vicente Feliú, entre otros, contribuyeron a que la música obrara igual que un milagro y se volvieron los aliados de un sueño compartido por aquella juventud latinoamericana. Y con ellos un puñado de poetas, pintores, cineastas que supieron hallar en el arte el vehículo que uniera voluntades y buscar así otra emancipación, de las tantas que hemos tenido- y tendremos- que alcanzar.

Y vuelvo a mirar las fotos. Está la gente con la que he compartido en el último año. Gente que me ha abierto su corazón (inclusive las puertas del amor) haciéndome entender que la distancia no significa que estemos aislados; por el contrario, ahora más que nunca somos protagonistas de un mundo que se niega todavía a escucharnos. Gracias al bichito de le tecnología tenemos la posibilidad de organizar “trincheras de resistencia” (en palabras de Mario Mendoza, escritor Colombiano), expresarnos libremente (mientras no censuren en internet, por supuesto), intercambiar puntos de vista o, simplemente, echar a volar la imaginación. Por ejemplo, visito frecuentemente el blog de Silvio Rodríguez, comento sus entradas y de vez en cuando él me saluda y responde alguna de mis intervenciones. También el de Vicente Feliú con quien, además, tenemos contacto en una de las tantas redes sociales. Y en esos espacios se han formado lazos de fraternidad, he conocido más acerca de la historia de Cuba y me he solidarizado en causas como el cese del bloqueo de Estados Unidos, la libertad de los cinco héroes cubanos (presos injustamente en Norteamérica), las protestas estudiantiles en Chile y en mi país Colombia, el movimiento de los indignados en España, etc.

Nosotros escuchamos su música, ellos nos leen y armamos una red de sentimientos e ideas que se extiende sin límites. Entonces contamos todos, nos apropiamos del lenguaje, le damos vida, hasta materializar un encuentro que antes no dejaba de ser una ilusión. Eso pasó el 13 de octubre en Pergamino, una de las estaciones de Vicente Feliú en su gira por Argentina.


Fui testigo de los preparativos, puesto que la mujer que amo y una amiga muy querida viven allá. Ninguno lo podíamos creer, pero la fecha se acercaba y con ella la consolidación de una amistad que se forjó en medio de cables, teléfonos, afinidades y muchísima confianza. Fuera de eso la primavera ya había llegado, presagio colorido, luminoso y refrescante de mejores días por venir.

La noche anterior al concierto, recibí un mensaje:

“Caselo querido, tengo mucha ilusión en mi viaje a Pergamino mañana jueves, especialmente por Adrimar y Chely. ¿Quieres que le de a tu amada algún saludo especial, de sorpresa, alguna canción que pueda cantarle? Salgo mañana a las 9 de la mañana y abriré esto antes de salir. Un abrazo fuerte.

V”.

Duré varios minutos con los ojos clavados en la pantalla. Las teclas se escondieron - o se hicieron invisibles las condenadas- como si me estuvieran jugando una broma. Pero las teclas seguían en el mismo sitio: eran mis dedos que, en vez de escribir, caían sobre ellas, similares a las primeras gotas de una llovizna reparadora en la inmensidad de un desierto. Salí de mi sorpresa, me calmé, sonreí agradecido y contesté:

“Hermanoooooooooo, qué lindo detalle de tu parte. Hay una de tus canciones que me encanta y que le dedicaría a mi Chely: "Mira como te quiero mujer". Querido Vicente, en Colombia todavía acostumbramos a dar serenatas y te juro que me siento como si a través de ti le estuviera dedicando una serenata a la mujer que amo. Gracias desde el fondo de mi corazón, un abrazo enorrrrrrrrrrme.

Caselo”.

Me paré, fui a la cocina y preparé un café. Regresé, prendí un cigarrillo y me pareció que el humo formaba una mano dispuesta a estrecharse con la mía. Abrí Youtube, puse la canción y la repetí muchísimas veces. Al rato apareció otro mensaje:

“Caselo, veré en el camino si puedo con la que me pides (me queda sumamente alta a estas alturas). Si no puedo, le dedico alguna que funcione en tu nombre y le hablo de las serenatas. Abrazos.

V”.

Y ahí, en su sinceridad, quedó retratado Vicente Feliú. El hombre que confiesa sentirse afortunado de no ser famoso. El compañero al que todos llaman cariñosamente “Tinto”. El compositor que empieza a hacer una canción a partir del nombre con el que la bautizó. El guía que preservó los compromisos de la Nueva Trova y se dedicó a fundar, consolidar y reunir artistas iberoamericanos en “Canto de todos” a finales de los 90. El tipo que respeta, admira y es amigo de los gatos. El eterno enamorado de su Aurora Hernández; el que habla de ella y de su sentimiento en cualquier lugar. El padre cómplice de sus hijos que vive pendiente de ellos y los protege, aún estando lejos. El comprometido que no tiene pelos en la lengua para defender la revolución cubana o para decir que lo peor que le puede pasar al Che es que lo conviertan en Dios. El latinoamericano que se siente orgulloso de serlo y quisiera seguir el camino de aquellos visionarios, aventureros, locos y valientes que lucharon por construir una sola patria de México a la Patagonia. El incondicional que cree en Fidel Castro y lo considera el referente político de la actualidad.

Imaginé a Vicente ensayando la canción que le pedí, bajándole el tono o esforzando su garganta a ver si lograba acomodarla. Me dio vergüenza, lo admito, no iba a ponerlo en esas. De inmediato le respondí:

“Hermano querido, cualquier canción tuya será muy especial. Gracias Vicente, un abrazo enorme y disfruta Pergamino”.

Quedé con esa sensación de cosquilleo en el estómago de pura felicidad. Me dormí pensando en los tesoros que me regala día a día la vida y, sobre todo, en la capacidad del ser humano de dar y recibir amor. Definitivamente “No es fácil” (recordé una de las canciones de Vicente en los años de inicio de La Nueva Trova) que nos maten el alma.

Me enteré de que la tarde que antecedió al recital fue maravillosa. Un almuerzo en casa de Adriana Cantale (Adrimar), entre anécdotas, risas, uno que otro vino, siesta incluida del trovador y la simpatía y sencillez de las cantantes argentinas Paula Ferré (con su esposo y músico Adrian Odriazola) y Alejandra Rabinovich (¿Tendrá alguna relación familiar con el Rabinovich de Les Luthiers?), encargadas de acompañar a Vicente en el concierto. Dos amigas-también argentinas-se unieron al acontecimiento, convocadas por esos lazos fraternales que se generaron en los blogs de Silvio y Vicente (PModa Y Adriana Amado). Carmen, la tía de Adrimar, que estoy seguro disfrutó al máximo la reunión. Y mi Chely, siempre sonriente, con el alma y el corazón de par en par, gozando lo inimaginable. Una mujer convencida de que la magia se esconde en las cosas más sencillas.

Ella me contó que, ya de noche en El Florentino (teatro bar en el que se hizo el espectáculo), las mesas estaban llenas. Los asistentes departían animadamente, se saludaban, daban rienda suelta a su alegría. El bullicio se apagó poco a poco, al escucharse una voz que venía de la parte del bar del establecimiento. Vicente cantó a capela, a medida que atravesaba el pasillo que lo separaba del escenario. Subió las escaleras, tomó la guitarra y terminó su interpretación. En seguida miró a su público, suspiró, agarró el micrófono y, palabras más palabras menos, dijo:


“Vengo a Pergamino porque gracias a internet, a los blog, a facebook, he conocido personas como Adriana Cantale, a quien le agradezco su amistad y su hospitalidad. Pero también traigo el mensaje de un amigo que vive en Colombia, Carlos Eduardo Rojas Arciniegas- Caselo, que ama a una mujer de Pergamino. Y ayer le escribí preguntándole si quería que de su parte le dedicara una canción a su amada. Él me respondió que claro, que en Colombia todavía se acostumbra a dar serenatas. Por eso Chely, esta canción es para ti…”


Cuando comenzó a cantar, mi Chely gritó: “Vamos Colombia”; y a la mañana siguiente me escribió: “Una noche maravillosa amor, la serenata soñada y tu nombre sonando en las paredes de pergamino”.

Al final no supe qué tema le dedicó “Tinto". Pregunté, me dieron unos nombres; no obstante resultó imposible dar con la canción. Tal vez el entusiasmo por el sueño alcanzado y, por qué no, la incredulidad, debieron aliarse para que tampoco quedara registrada en video. Es lo de menos. La serenata sí quedó grabada en el aire primaveral de Pergamino y en dos corazones enamorados.