lunes, marzo 26, 2012

Don Guillermo

La banda de guerra integrada por jóvenes, casi niños. El medio día soleado que se coló en una de las semanas más frías de Bogotá en lo que va corrido del mes. La presencia de algunos políticos (con ex presidente y ex fiscal abordo), de gente de la cultura, de familiares, amigos y, por supuesto,de los alumnos del Gimnasio Moderno, confirmaron una vez más que para ser héroe no es necesario tener súper poderes. Llevar en cuerpo y alma una vocación, ponerla al servicio de los demás y ser coherente con ella, basta para otorgar semejante título. De ahí la romería que se acercó al Gimnasio Moderno a rendirle un sentido homenaje a Don Guillermo Quiroga, profesor y vice rector del tradicional colegio bogotano.

Cuarenta años dedicados a la docencia no son cualquier lagaña de mico, justamente el tiempo que duró Don Guillermo vinculado al plantel. No soy de sus ex alumnos.  Me gradué también de un Moderno, pero de nombre Claustro. Tuve la fortuna, sin embargo, de compartir con él y su familia la cotidianidad, aquel ámbito de la llamada vida privada que, en el caso de Don Guillermo, era una extensión de su labor de maestro.

A su casa de puertas abiertas comencé a entrar en 1985. Ese año conocí primero a Guillermo Alberto, su hijo mayor. Luego a María Elvira, la hija menor; finalmente a Don Guillermo y a su esposa Berenice. Allá llegábamos en navidades, años nuevos, cumpleaños -o porque sí- los zánganos que vivíamos en el barrio Los Alcázares. Un grupo de adolescentes  que nos  poníamos  la casa de ruana y la convertíamos en una guachafita: música, baile, chistes, sonidos estridentes de guitarras eléctricas (cuando nos dio por armar grupo de rock).  Todo tiene un límite y el de  Don Guillermo no debía ser la excepción. De pronto, en medio del desorden, se escuchaba un inconfundible grito: “¡Guillermo Alberto!”  “¡María Elvira!” (según fuera el anfitrión de la velada), que provenía de la parte de arriba de la casa. La potente voz lograba que hasta la música se quedara en silencio. Mientras tanto nosotros, expectantes, tratábamos de adivinar cuál sería el reclamo de Don Guillermo. Al rato volvía María Elvira o Guillermo Alberto a decirnos que le bajáramos un poquito a la bulla, que pilas con las groserías, que ¿quién carajos se ríe tan feo? o, sencillamente, que dejáramos de joder.  Eso sí, lo que más les molestaba a Don Guillermo y a Berenice era la “entradera y salidera” de una noche de rumba o tertulia. Varias veces nos llamó la atención al respecto, no quería que nos pasara algo en las horas peligrosas de la madrugada. Sinceramente no le hacíamos mucho caso, a esa edad no se tienen en cuenta los consejos de los adultos. Entonces optó, como recurso desesperado, por quitarle las llaves de la casa a sus hijos y decirnos: “Si van a tomar de aquí no salen hasta las seis de la mañana”.

También disfrutábamos los partidos importantes de fútbol que jugaba la selección Colombia, los del campeonato colombiano y los mundiales. Don Guillermo era hincha del Deportivo Cali, aunque confesaba – bien pasito y por debajo de cuerda- que le gustaba Millonarios. Lo anterior supondría doble militancia, lo cual no era cierto. Simplemente reconocía en el azul un color capaz de hacerlo estremecer si no jugaba contra su verde del alma. En el año 2001 o 2002 la tragedia visitó al Deportivo Cali: un rayo mató a dos jugadores (entre ellos al “Carepa” Gaviria) durante un entrenamiento. En ese campeonato el Cali fue eliminado de las finales por el Once Caldas de Manizales. Aquella tarde, una vez consumada la derrota de su equipo, Don Guillermo concluyó con aire sabio y reflexivo: “Carajo ¿cómo no iban a perder? ¿No vieron la cara de Giovanni Hernández cuando empezó a llover y cayó el primer rayo? Estaba muerto del susto”.

 Las casas de Los Alcázares son de tres niveles: sala- comedor, cocina y patio interior; más arriba un cuarto (el de descanso) y en el último nivel un baño y las tres habitaciones restantes. La biblioteca de Don Guillermo queda en el cuarto de descanso, un espacio atiborrado de libros, recortes de prensa, fotos y un escritorio al lado de la ventana en el que alimentaba diariamente su pasión por la lectura. Muchas veces me invitó a conocer sus nuevas adquisiciones en materia literaria. Yo, boquiabierto,  miraba cada uno de los rincones repletos de sabiduría. Allí descubrí a Carlos Fuentes, por ejemplo. Tal es la magnitud del tesoro guardado en ese cuarto que hace unos años María Elvira me contó: “Carlitos, no hemos podido conseguir a  dónde mudarnos. Lo que mi papá necesita es una biblioteca con casa. Él no abandona sus libros por nada del mundo”. Menos mal- digo yo ahora- de lo contrario hace rato se habrían ido del barrio y, la verdad, no imagino la vida sin tener a Don Guillermo y a su familia de vecinos.

Quizás uno de sus momentos de mayor orgullo fue el día en el que Ernesto Samper ganó las elecciones de 1996. Don Guillermo estaba pendiente de sus ex alumnos, muchos de ellos reconocidos escritores y políticos; por eso el triunfo de Samper lo hizo sentir el hombre más feliz del mundo. No perdía oportunidad de sacar pecho porque a él y a Berenice los invitaron a la posesión. Mostraba dichoso una foto en la haciendo Hato Grande en la que aparecían los ex alumnos del Gimnasio que se graduaron con Samper, al lado de Don Guillermo, Berenice y el Presidente de la República. Las cosas marchaban a pedir de boca hasta que se presentó el famoso escándalo del “Proceso ocho mil”. Aquel hecho consiguió opacar la alegría del Maestro quien, no obstante, confiaba, admiraba y respetaba a su alumno. Los medios masivos de comunicación tomaron partido, la presión internacional (encabezada por Estados Unidos) no  se hizo esperar e, inclusive, el rumor de un complot para tumbar a Samper se esparció rápidamente. El tema lo abordaba Don Guillermo con tranquilidad, siempre dejando en claro que apoyaba a Samper. Aquí debo admitir que iba en contravía de su pensamiento y me puse en las filas de los críticos. Él siempre intentaba convencerme de que a Samper no lo dejaron gobernar porque era un Presidente incómodo para Estados Unidos principalmente. La discusión duraba horas y yo no cambiaba mi posición. Samper terminó sus cuatro años de gobierno, cuestionado por la supuesta influencia de dineros del narcotráfico en su campaña. Las elecciones siguientes (1998) las ganó el opositor Pastrana, quien además destapó lo que se conoció como el “Proceso ocho mil". Ese domingo en la tarde fui a la casa de puertas abiertas (algo de lo que me arrepiento) con una sonrisa estúpida a burlarme de la derrota liberal. Don Guillermo, muy tranquilo y también esbozando una sonrisa, me dijo: “Mijo, se acordará de mí. A este país se lo tiraron y tarde o temprano me dará la razón: a Samper no lo dejaron gobernar”.


Mucha agua corrió debajo del puente de este país: caguanes, seguridades democráticas, trenes destartalados de progreso, carruseles de la contratación, parapolítica, etc. El espejo retrovisor me trae las voces e imágenes de esos años y con el paso del tiempo, efectivamente, terminé por aceptar que Don Guillermo jamás estuvo equivocado. Tuve la oportunidad de decírselo hace cinco o seis años. Si me preguntan cuál es la razón para alejarse de los amigos, de las personas queridas, no tendría una respuesta. Tal vez cada quien elige su camino y cree- resignado e ingenuo- que debe hacerlo solo, apartándose de ese pasado que, bueno o malo, incluye a quienes nos han acompañado. El hecho es que llevaba años sin saber de Don Guillermo y me lo encontré un sábado caminando con Berenice por la calle 72, a unas cuadras de su casa. Nos saludamos los tres con un abrazo. Hablamos de nuestras respectivas familias, nos alegramos de vernos después de tanto tiempo y prometimos reencontrarnos en una reunión de alcazaristas. Nos despedimos y, de repente, Don Guillermo me llamó: “Espere, mijo ¿Ya se convenció de que a Samper no lo dejaron gobernar?”. Entonces lo miré fijamente, puse mi mano en su hombro y contesté: “Sí. A Samper no lo dejaron gobernar”. Juro que no había sido testigo de brillo igual en ese rostro sereno, bondadoso y dado a los demás. Y antes de irse, mientras le ofrecía el brazo a su Berenice para regresar a casa, dijo: “¿Si ve que yo tenía razón?”…

Sí Don Guillermo, siempre tuvo la razón. Se lo digo hoy al recordar ese aplauso que le dimos y el coro espontáneo que armaron alumnos, ex alumnos y profesores del Gimnasio Moderno cantando el himno del colegio, al tiempo que usted salía- como debe ser- por la puerta grande.

Gracias, viejo querido.