domingo, marzo 22, 2009

El auténtico Caselo (Crónicas de Une III)

(De derecha a izquierda Carlos Eduardo "Caselo" y Rosendo)


Fotos Cristian Andrés Shuster


-Mija ¿dónde está el perro?

-Ay tía no le diga a mi papá así por favor

- ¿Sabe por qué le digo perro a su papá? Es fiel, mi hermano, amigo y compañero; igual de noble que un perro. Ahora si es tan amable chivata condenada ¿me puede decir dónde lo encuentro?

- Ya viene está en la tienda…


María Delia, además de llamarlo perro, también le puso el sobrenombre de Caselo. Como se le dificultaba decirle Carlos Eduardo, entonces resolvió bautizarlo con el sonoro apodo. Mi abuelo paterno fue el consentido de las cuatro hermanas, tal vez por ser el que permaneció más tiempo a su lado. A parte de eso se dedicó a la educación, labor que podría considerarse una herencia que se transmitía en la sangre de la familia Rojas Cruz.


Dictaba clases de español, literatura, cívica, urbanidad en los colegios departamentales y su gran sueño: fundar un plantel educativo. Claro que antes de materializarlo tuvo que enfrentar un desafío ocasionado por el amor. Entre todas las mujeres de Une solamente lo cautivó Emma. Hasta ahí las cosas parecerían normales. El que un hombre se fijara en una hermosa dama no tendría por qué generar ningún tipo de dificultad. El problema, sin embargo, es que la elegida era su prima. No estaba bien que se diera una unión de familiares cercanos. Los grados de consanguinidad suelen convertirse en muros que impiden cualquier intento de consolidar una relación afectiva. Y por supuesto en un pueblo- por los años cuarenta- la prohibición adquiría características de pecado mortal.


Las calles de Une, el frío del páramo, los sauces, los ritmos musicales de la región (especialmente pasillos y bambucos) sirvieron de marco al breve noviazgo. Emmita y el abuelo no se dejaron amilanar por las consecuencias de su amor imposible. No existía poder humano o divino que les impidiera compartir su sentimiento. Y una tarde Caselo la tomó de la mano, la trajo a Bogotá y se casaron por lo católico ante la complicidad de los padrinos, Dios y, naturalmente, las leyes colombianas. De regreso a Une las respectivas familias (Rojas Cruz y Rojas Carrillo) todavía avergonzadas por su dignidad pisoteada y las habladurías de la gente les quitaron el apoyo. Pero ahora el apellido se multiplicaría por dos en una descendencia que, en adelante, llevaría con orgullo el Rojas Rojas.


Continuaron cada uno por su lado enseñando porque la docencia formaba parte de sus ilusiones. Y después de pensarlo mucho decidieron radicarse en Bogotá y concretar el sueño de Caselo. En 1951 fundaron el Liceo de Cundinamarca para hombres con internado incluido. Gracias a los ahorros de años y a un préstamo consiguieron el dinero necesario y adquirieron un amplio caserón en la Calle 68 con carrera 20. Allí comenzó a funcionar el colegio.


En principio la Secretaría de Educación les autorizó sólo primaria. La pareja daba las clases y hacía las labores administrativas. El abuelo ayudó a varios alumnos que venían de Une y de las poblaciones vecinas con medias becas y hasta becas completas; a su vez, inquieto por la falta de cobertura educativa, decidió impulsar horas de alfabetización gratuitas en la noche a los que desearan aprender a leer y a escribir. Y en medio de aquella responsabilidad de dirigir y mantener un colegio con escasos recursos jamás dejó de lado el afecto y preocupación por sus hijos. Una tarde llegó a la casa. Llamó a Lucrecia- la hija menor- y le pidió que metiera la mano en su abrigo. La niña le hizo caso y asombrada sacó una perrita recién nacida. Caselo le dijo:

- Chusca la perrita. ¿Qué nombre le vas a poner?

Y mirándolo emocionada Lucrecia lo abrazó y contestó:

- Ay papito me gusta Chusca.

Y Chusca se quedó la mascota que acompañó por años a la familia Rojas Rojas.


Disfrutaba de las carreras de caballos. Iba al desaparecido Hipódromo de Techo en el sur de Bogotá acompañado siempre por uno de sus hijos: Carlos o Héctor. Y si el caballo al que le apostaba ganaba, un suculento almuerzo, regalos para la familia y celebración en grande cerraban la tarde de aquel domingo triunfal. Finalmente en la temporada de vacaciones que coincidía con el verano, agarraba esposa, hijos, maletas y se marchaba a Cachipay, municipio cercano a la capital, lugar en el que una de sus hermanas- Carmelita- tenía su casa de descanso.


Dado que el diccionario particular del abuelo desconocía la palabra no- o simplemente no la usaba- sacar adelante la institución educativa se transformó en una pesadilla. Había que cubrir préstamos, arriendos, profesores, en fin, todo las obligaciones que se derivaban de esa empresa. Y, al realizar el correspondiente balance, las cuentas no daban por ningún lado. Generalmente el saldo negativo se apoderaba de la despiadada contabilidad. Es que llegado el día del pago de pensiones los padres de los alumnos le decían:

- Don Carlos Eduardo, se me cae la cara de la vergüenza. La situación está muy complicada y no alcancé a conseguir el dinero. Le propongo algo: recíbame un mercadito que traje y saldamos la deuda del mes.


Lo anterior sucedía en la mayoría de los casos; por eso mientras las cocinas de casa y colegio permanecían rebosantes de alimentos, las cuentas bancarias estaban vacías. Ni siquiera la plata que se guardaba debajo del colchón alcanzaba. Conclusión: empleados, profesores y hasta la abuela, cansados de no ver un peso por largas temporadas, decidieron convencer a Caselo para que vendiera el Liceo de Cundinamarca. Quizás se trató del único desacuerdo que hubo durante el matrimonio Rojas Rojas. Emmita no aguantó la estrechez económica, renunció a sus labores administrativas y docentes y consiguió cupo en una vacante del Ministerio de Educación. Entre tanto Caselo, abandonado a su suerte y consciente de la bancarrota, hizo caso a las recomendaciones de su amada esposa y puso en venta el colegio.


Como al principio de su matrimonio se dedicaron a ejercer su profesión de maestros. Caselo logró más adelante puesto en el Magisterio de Cundinamarca. La vida siguió su curso normal:visitas a Une, a Cachipay, los domingos de hípica, la música de cuerdas, la educación de los hijos, en fin, la rutina de una pareja ya sin las angustias de tener que poner más de lo recomendable en el sostenimiento del colegio. Y una tarde de 1964 el corazón del abuelo se detuvo. La amplitud dio paso a una ventana de cortinas a medio cerrar. Chusca murió muchísimo antes, el mismo año en el que la pareja se desprendió del Liceo de Cundinamarca. La abuela quedó a cargo de Lucrecia, Elsa, Clara, Clemencia, Carlos y Héctor quienes, en la actualidad, son los que me enseñaron a reconocerme en la historia del abuelo. Y hoy escucho en la casa de Une la voz de Caselo que pronuncia suavemente mi nombre.

19 comentarios:

Ruth L. Acosta dijo...

Querido Caselo...

Que hermosa historia... la has contado de una manera que hiciste que viajara hasta Une en los años 40's y 50's... que lindo que al final triunfara el amor...

Entiendo lo que dices en que te reconoces en esa casa... a mi me pasó algo parecido, yo también llevo el apellido de la abuela y es con quien viví mi infancia y parte de mi adolescencia, que es cuando ella murió, pero bueno, no he querido traer la historia porque es un poco dolorosa para mi recordarla, bueno, no precisamente recordarla, pero si es algo muy especial, he prometido que lo haré, pero no he encontrado el momento perfecto... así que te imaginarás que te entiendo perfectamente...

Te mando un beso,

Ruth L. Acosta dijo...

perdón, quise decir el nombre de la abuela, mi abuela también se llamaba Ruth.

Besos,

IndeLeble dijo...

Por fin mi Caselo pude , desde la madrugada insomne tratando de comentarte ...Que bella historia , es como la de todos y la de alguien en particular, me trajo recuerdos de mi niñez y de tantas busquedas de identidad dentro de una familia despistadas a la hora de guardar algún documento...Un abrazo amigo ...Compañero , Indeleblemente

Pedro dijo...

Una historia maravillosa, por lo que tiene de real, y por la parte que te toca. Con semejante pasado, no podías escribir de otra forma, amigo Caselo. Siempre sospeché que estabas tocado por los hados, y ahora tú me lo confirmas.

Un abrazo.

Runas dijo...

Como me gusta leer tus historias, tu forma de contar las cosas es única y especial. Un beso

salvadorpliego dijo...

Genial!!!! Genial!!!! Genial!!!! Genial!!!! Genial!!!! Genial!!!!

Además, con su chispa de comicidad. Bravo!!!!

Poetiza dijo...

Muy bonita la historia, como ya sabras, me trajo recuerdos añejos. Un beso, cuidate.

SANDRA dijo...

HOLA MI QUERIDO AMIGO : COMO ME HA GUSTADO LA HISTORIA QUE BELLO ES.
ES QUE VOS CON TU FORMA DE SER TRANSMITIS UNA LUZ TAN ESPECIAL ES POR ESO QUE ERESA MI PRIMER AMIGO Y NO CREA QUE ME OLVIDO DE VOS


UN BSO AMIGO CUIDATE




TKMMMMMMMMM

Caminodelsur dijo...

Estimado Caselo: Hermosas crònicas de Une, hacìa dìas que no pasaba por aca y me encuentro con esta serie la he leìdo de una vez, hermosa ciudad, y tu historia familiar realmente linda llena de valores de fuerza y coraje, todo relatado de una manera que atrapa.

Abrazosss cariñosos desde mi sur.

Roxanne dijo...

Las historias de familia siempre me gustaron mucho... Tuve en algún momento un novio, que después paso a ser sólo un amigo, que la historia de su familia estaba bastante enraizada con la historia neuquina (la historia de mi ciudad); la escuché montones de veces, e inclusive como me apasionaba tanto, cuando él se olvidaba o se equivocaba en alguna parte yo le llamaba la atención sobre ella.

Que lindo tener una familia con tantas historias...

Un besito muy grande mi querido amito

Roxanne

Armida Leticia dijo...

Te dejo un abrazo y un beso desde México. Bella historia Caselo, del auténtico Caselo...en verdad te haces querer.

mj dijo...

Hola Mago de mi corazón, magnifica esta historia, llena de todo lo que tiene que tener y con tu voz de fondo, una maravilla. Seguro que llegará a la mirada de un hada muy especial. Te deseo lo mejor, te lo mereces.
Un beso
mj

María Marta Bruno dijo...

Mi Mago, qué bella historia... y qué honor -y responsabilidad- llevar el nombre y el apodo de tu abuelo.

Por cierto, son bastante parecidos ambos.

Es costumbre de las familias repetir los nombres... yo soy María como mi abuela y Marta como mi madre, aunque según las reglas de la familia, a mí me tocaba llamarme Alfonsina. Mi hermano es Mariano, como mi papá.

Y estoy segura de que de haber tenido un hijo, yo lo habría llamado Mariano. O Mariana si era niña.

Es bueno poder estar orgullosos de nuestros antepasados, de quienes nos fundaron como personas.

Un abrazo, Caselo nieto de Caselo!!!

Nora Jara dijo...

Mi niño… Es una historia muy emotiva, bella… y muy, muy dulce. Dulce porque en parte de ella, me reconozco también. Se lo que es amar un sueño, y poner fuerzas hasta del propio cuerpo para sostenerlo… lo se… y lo he visto, desde tiempos inmemoriales, también en mi familia.

Claro que mereces llevar con orgullo, tú también su seudónimo. Eres un hombre bello, dulce y soñador como tu abuelo.

Felicidades mi querido amigo, me ha emocionado mucho tu texto.

Te dejo el más dulce de los abrazos.

Te quiero mucho, mucho.

…Nori.

Nerina Thomas dijo...

Sabes, siento que el trayecto lo he hecho contigo. Un placer amigo. Maravilloso. Gracias por compartirlo.
mi cariño

salvadorpliego dijo...

Tienes muy buena música en este blog. Te felicito.

Khumeia dijo...

caselo -igual que tu abuelo-: ¡Qué historia! Magistralmente contada, es una película en palabras. Me hiciste emocionar tanto que se me caen las lágrimas.

Mercedes Sáenz dijo...

Que conmovedor y bello mago. Muy bien escrito, nudo en la garganta y toda mi admiración. Muy buenas las imágenes también. Un fuerte abrazo, Merci

Clarisa dijo...

Hola, soy nieta de Rosendo Rojas Cruz, en pocas palabras somos familiares, que linda foto, mi mamá no la tiene, es posible que me la enviaras, saludos y abrazos

Clara Cecilia