jueves, octubre 02, 2008

Cuando la muerte andaba en moto



*La foto la tomé de una publicación del Instituto Popular de Capacitación titulada"Comunas de Medellín: de nuevo bajo controles restrictivos ilegales"(Clik aquí para ir al artículo mencionado)

*Este texto forma parte de un ejercicio para el taller de crónica al que asisto. Había que elaborar un escrito a partir de una narración en audio hecha por habitantes de las comunas de Medellín. De ahí nace la siguiente historia.


“¿Sabe qué parcero? Desde aquí la ciudad parece de mentiras”. Los ojos del mono se clavan en los escalones que conducen a una de las decenas de comunas que hay en Medellín, mientras el Metro Cable sube hasta llegar a los cerros. Aquel medio de transporte del siglo XXI pretende dar nuevas posibilidades de movilización a los habitantes de esos sectores populares. Una vez el metro terrestre empezó a funcionar, había que ofrecer otra alternativa que uniera a la ciudad y sus barrios marginales. Ahora el novedoso sistema tipo teleférico desafía las alturas e intenta reemplazar aquellos escalones cuyas historias de violencia y muerte parecen cosa del pasado.


En Latinoamérica, generalmente, los suburbios se encuentran en las montañas. Bogotá, Cali y Medellín no son la excepción. Los años ochenta marcaron una época de violencia urbana originada, especialmente, por el fenómeno del narcotráfico. Muchos mitos se mezclan con las realidades de un tiempo de sangre y muerte, que inclusive el cine se ha encargado de representar: “La vendedora de rosas”, “La virgen de los sicarios”, “Rosario tijeras”, entre otras, son algunos ejemplos de las películas que se inspiraron en la literatura de la barbarie.


El mono se divierte recordando, aunque en ocasiones las imágenes que pasan por la cabeza lo perturban. Habla con el tono y ritmo de cantante de rap de barrio, enfatiza de vez en cuando alguna palabra en particular y remata su monólogo fragmentado con una sonora carcajada. Al referirse a los amigos pronuncia emocionado el término “Parcero” y muestra especial devoción por la figura de la madre, a la que llama insistentemente “ mi cucha”. Es el lenguaje de la calle: rico, directo, agresivo y, a la vez, escudo protector contra la exclusión y el desarraigo. La cultura del macho tiene su punto de equilibrio en el amor desmedido hacia la madre. “Parce, cucha solamente una. Papá puede ser cualquiera” dice el mono y suelta su risa estrambótica.


La espiral de violencia es similar al cruce de escaleras que se confunden en cada una de las comunas. Durante años la sangre recorrió las calles de Medellín en moto y su conductora, la muerte, iba disfrazada de juventud desorientada. El sicariato era la puerta de entrada al poder económico, la admiración, el respeto y la fama. Temido por todos, el sicario no tenía límites; y aunque su frialdad podría considerarse diabólica- en contraste- se encomendaba a la virgen antes de cometer un asesinato. Un sincretismo religioso bastante extraño que se apropió del significado de muchos símbolos de la fe católica. Las balas se rezaban para que dieran en el blanco; se utilizaban escapularios en brazos y piernas y se conoce el caso de siniestros personajes que llegaron a incrustarse cruces en la piel.


“Parce, es que al sapo se le vomitaba todo el fierro”, anota el mono al pasar en frente de un billar. Los códigos de la doble moral generaban un manual de comportamiento que, de ser incumplido, se castigaba con la muerte. La ley del silencio imperaba: nadie vio nada, era la conclusión después de un hecho delictuoso. Por eso, quien hablara, se consideraba sapo y terminaba con el cuerpo agujereado por los proyectiles que salían de un fierro adquirido en el mercado negro.


La historia se repite una y otra vez, a pesar de que los grandes capos del narcotráfico han desaparecido. Aniquilado el Cartel de Medellín y dado de baja su principal cabeza Pablo Escobar, en los grupos de sicarios se dio una verdadera desbandada. Sin nadie que pudiera controlar a esos muchachos, pronto empezaron a ser reclutados por los nuevos actores de la violencia: guerrilla y paramilitares; entonces las comunas fueron nuevamente el epicentro del crimen, estigmatizando a sus habitantes. Regresaron las motos que jamás se habían ido; volvieron a resonar las ráfagas de ametralladoras, los disparos de fusil y el sonido apagado de los revólveres en las noches; se impuso un toque de queda abusivo y cruel que impedía asomar la cabeza después de las seis de la tarde. Finalmente los muertos señalaron el inicio de otro tiempo de guerra y desolación. Así lo dice el grafitti solitario de una pared todavía más solitaria y que el mono lee con su tono de trovador de la selva de cemento: “Los niños buenos se acuestan temprano; a los malos los acostamos nosotros”.


Fue a principios del año 2002 cuando la autoridad del Estado quiso hacer acto de presencia en las comunas; y lo hizo, precisamente, repitiendo los vicios de la violencia del narcotráfico, de los paramilitares o de la guerrilla. Muchos recordarán la transmisión de los noticieros de televisión que mostraban a cientos de habitantes de dichos barrios bajar a sus muertos y a sus heridos en improvisadas camillas. Esa mañana ejército y policía se tomaron las comunas sin previo aviso. Se trató de un barrido al estilo Palacio de Justicia; no importaba cuántos inocentes caían en la acción legítima del estado. Nada ni nadie podría impedir el operativo de la ley tendiente proteger a las "personas de bien".


Los sicarios, lejos de ser personajes en vías de extinción, forman parte del imaginario de la juventud en todo el país. Más allá de su condición de asesinos a sueldo, generaron una forma de ser. Miles de jóvenes aún se identifican con aquel prototipo del hombre de éxito que reflejaba el sicario rodeado de bellas mujeres, vestido con prendas costosas y despilfarrando gruesas sumas de dinero en vicio. Como tampoco olvidan la solidaridad con sus compañeros de infortunio y el amor que sentían hacia su familia. El mono lo reafirma al decir: “La vida es una chimba, qué hijueputas”.

5 comentarios:

sky-walkyria dijo...

todo un universo ebullente,
medellin, calor humano, vida

M. Jose dijo...

Admiro tu forma de describir esas situaciones tan impresionantes que se dan en un lugar determinado...no? por decirlo de alguna forma...
Como todo lo tuyo, querido mago, genial.
Un abrazo grande
MJ

Armida Leticia dijo...

En México se hubiese escrito un corrido, que narraría los hechos y lo cantarían Los Tigres del Norte, famoso grupo musical mexicano, que a menudo interpretan los famosos "narcocorridos".

Saludos Mago.

José Ignacio dijo...

Buena mirada la del mono.
Lamentable imagen la que contempla a veces perturbado.
Yo cuando te leo me sube la indignación.
En todas las ciudades las redadas se efectúan en los barrios periféricos, no en la periferia de los acomodados en esa no, ni mentarla.
Siempre son las comunas vecinales las que deben soportar en silencio el horror y la violencia.
Deseo que en tus ciudades el clima vaya cambiando.
Eso si te puedo decir que ahora bastantes de aquellos sicarios están paseando por España.
Hasta pronto.

Alicia María Abatilli dijo...

Qué relato, Carlos!!!
En distintos lugares, con parecidas circunstancias tu relato es tan real...
Un abrazo.
Alicia