lunes, julio 23, 2012

Lágrimas para ganar una guerra



La iluminación no vino del cielo o de alguna de las tantas profecías que anuncian el final de una era; tampoco de un análisis concienzudo sobre las causas del conflicto que, necesariamente, ligan pasado, presente y futuro; muchísimo menos del reconocimiento a la diversidad étnica y cultural que entreteje la trama de nuestra razón de ser como colombianos. No. La iluminación apareció, de repente, en las  imágenes que inundaron aquella mañana millones de pantallas de televisión y de  computador.  

Se conocía el ultimátum que le dieron los indígenas del Cauca al ejército en la víspera al decir, palabras más palabas menos, “tienen plazo hasta las doce de la noche para desalojar nuestro territorio. Si no se van  los sacamos”. Además, durante la semana, ya se habían enfrentado con los soldados. Lejos de ser un rumor, el anuncio de los jefes del resguardo del Cauca era para tomarlo al pie de la letra. La respuesta del Gobierno quiso mostrarse contundente. La fuerza pública no cedería un milímetro del territorio colombiano. Ni más faltaba  que tuvieran que pedir permiso para actuar. aseguró. Sin embargo, extrañamente, no reforzó la seguridad del área de operaciones y dejó el mismo número de soldados protegiéndola. Entonces, el día y hora señalados,  la advertencia no se quedó en el aire, se materializó y sucedió lo inevitable. Cerca de mil indígenas (hombres, ancianos, mujeres, niños, muchos de ellos armados con sus bastones de mando y otros con machetes) llegaron al cerro Berlín del municipio de Toribío en el departamento del Cauca- donde se encontraba la base militar- dispuestos a cumplir su palabra. Pudo ser peor. Los soldados dispararon al aire en medio de los ánimos exaltados. Algunos militares fueron arrastrados por la comunidad  ante su negativa de salir del cerro. Otros empujados por los indígenas  quienes, ayudados por sus bastones de mando, hicieron una especie de cerco que redujo la movilidad de la tropa. Luego de semejante forcejeo, los militares se replegaron y empezaron a bajar lentamente de aquel terreno controlado ahora por la autoridad ancestral. Y mientras ellos caminaban llevando a cuestas morrales, armamento y equipos de comunicaciones, sucedió algo inesperado. De pronto, la única cámara que registraba los acontecimientos,  se enfocó en la expresión de impotencia, rabia y desolación de uno de los vencidos. Mezcladas con las  gotas de sudor que bañaban su rostro y reforzando el dramatismo de la suciedad producto del combate,  gruesas lágrimas escurrían de sus ojos. Finalmente el soldado no aguantó más y sentenció- llorando aunque sin que se le quebrar la voz-: “Esto es muy humillante. Así no se trata a un colombiano”.

Nuestra sociedad, machista, excluyente y clasista, educa a los niños para que no lloren. "Las que lloran son las niñas", nos dicen padres y madres si tenemos que afrontar circunstancias difíciles. Pero si aquella muestra de sensibilidad, reservada como ya anotamos sólo a las mujeres, aflora en alguien que representa la fuerza, el pundonor y la valentía, es altamente probable que el público se conmueva. De ahí que las lágrimas del soldado hayan sido usufructuadas por los medios masivos de comunicación que generaron en la audiencia un sentimiento de indignación, cuyo único propósito fue el de rodear a las fuerzas militares. Y lograron su objetivo. Hollywood se les quedó en pañales. Resultó más eficaz que las espantosas cifras de todos los muertos y desplazados de la guerra. En un abrir y cerrar de ojos los indígenas se convirtieron en terroristas y empezaron a circular en las redes sociales fotos en las que aparecen nativos portando bombas, fusiles e, inclusive, corriendo al lado de guerrilleros. De la nada, la voz disidente del OPIC (Organización de Pueblos Indígenas del Cauca, impulsada por el gobierno de Álvaro Uribe) declaró, a los cuatro vientos, que ellos son los verdaderos y perseguidos líderes indígenas. La prensa, hablada y escrita,  tomó partido sin pudor alguno y varios directores de noticieros  le hicieron la encerrona a los nuevos enemigos en entrevistas que parecían más interrogatorios. Comentarios en los muros de facebook, twitter o blogs, formaron una peligrosa bola de nieve que llevaba consigo desde arengas que pedían la renuncia de Santos, pasando por  la conformación de una Asamblea Nacional Constituyente que salvara al país del desmadre, hasta la “amable” exhortación a los soldados para que cogieran a bala a los revoltosos.No faltó el que, en el colmo de la exitación, reclamara que subiera al poder un militar con los pantalones bien puestos que ordenara la casa. En fin, manisfestaciones destempladas consecuencia de la manipulación ejercida por el poder mediático que no posibilita reflexiones.

Desde ese instante no dejan de perseguirme ciertas inquietudes. Si en la mañana de los hechos del cerro Berlín hubo una cámara que lo filmó todo, ¿por qué al otro día, cuando el ESMAD recuperó el dominio de la zona (con saldo de 23 indígenas heridos), no hay registro en imágenes del operativo? ¿Será que los altos mandos militares- y el mismo Presidente Santos- sabiendo de ante mano lo que sucedería, permitieron que pasara lo que pasó? Imagino que los dueños de los medios masivos de comunicación, y muchos periodistas, se frotaron las manos con las imágenes que tenían en su poder y que, posteriormente, emitieron en sus respectivos canales de televisión. De esta manera, antes de la fiesta patria del 20 de julio (vaya coincidencia), consiguieron que los colombianos, en buen número y llenos de fervor patrio, cerraran filas en contra de los ¿violentos? y en favor del ejército. De paso redujeron la problemática de los indígenas y campesinos que viven en el Cauca, a una simple operación matemática en la que no hay sumas sino restas:  son buenos si están con el Gobierno o malos si se atreven a desafiar a un poder que, por más legítimo que sea, hace  presencia, de vez en cuando, solamente con las armas del Estado.

2 comentarios:

Pacho Restrepo dijo...

Al igual que Quintín Lame, que para mi sorpresa en nuestra gloriosa biblioteca Luis Angel Arango, sólo existen 5 títulos y que su escrito más famoso "Historias de un Indio" no se encuentra por ninguna parte, hemos olvidado al Cauca y a las naciones indígenas.

manuhel dijo...

Saludos!