jueves, marzo 17, 2011

Secuencias de Victoria en negativo


Cerró de un portazo que sonó por todo el barrio y tiró la guitarra encima del sofá. Prácticamente se derrumbó en una silla, mientras hacía maromas para quitarse los zapatos. No podía agacharse, también se le dificultaba levantar las piernas. Al fin y al cabo ya eran casi siete meses de embarazo y Victoria, a parte de la prominente barriga, mostraba una hinchazón que se le concentraba en los pies. Los zapatos quedaron desparramados en el piso, uno bien lejos del otro. Luego se desajustó el pantalón. Pasó repetidamente sus mano derecha sobre la barriga, al tiempo que decía con dulzura: -“Ya amor, ya llegamos. Por hoy se acabó”-. Nadie le respondió. Un movimiento brusco dentro de su vientre le daba la certeza de que, todavía, habitaba ese ser que la acompañaba todos los días en su recorrido de trovadora urbana en los buses de Bogotá.

Llegó más temprano que de costumbre. El pequeño apartamento estaba sumido en una oscuridad que contrastaba con el sol que, a esa hora de la tarde, convirtió a la fría capital en tierra caliente. Ni una ventana que diera a la calle, sólo podía ver el pasillo que se desviaba antes de llegar a la entrada del edificio, las puertas de los dos apartamentos del frente y una especie de cenicero, del que sobresalían varias colillas apagadas en la arena. En el espacio del apartamento de Victoria cocina, sala y comedor se apeñuscaban en una suerte de área multiusos que, en realidad, era el aprovechamiento de cada milímetro. Le bastaban simplemente dos pasos para abrir la nevera, otro tanto si necesitaba ir al lavaplatos o cocinar algo en la estufita eléctrica de dos puestos. Eso sin contar que, en la noche, las sillas, el sofá, la mesa iban a parar al lado de una de las paredes, cediendo su lugar a un colchón en el que Victoria y Mario, su esposo, dormían. El único cuarto disponible lo ocupaba Luisa, la hija de la pareja.

Un arrume de facturas sin pagar,sobre la mesa del comedor, hizo que Victoria sacara el canguro de cuero en el que guardaba el dinero que recogía. Contó despacio:- “nueve mil pesos”-, murmuró con desgano. Se echó la bendición, dividió la cantidad en montones de tres mil pesos y, angustiada, remató:- “no alcanza para ni mierda, necesito cincuenta mil pesos diarios”-. Aún con las cuentas revoloteando por su cabeza se levantó y fue a la estufa. Encontró una olla con sopa de fideos; sirvió lo poco que había, apenas para llenar media taza, y la despachó en cinco minutos. Sin quedar satisfecha agradeció a Dios el bocado que acababa de devorar. En ese momento sintió voces y la llave que giraba la cerradura. Mario apareció primero, venía de recoger a Luisa del colegio. Detrás la niña, tan pronto vio a su mamá, salió corriendo a refugiarse en sus brazos. Victoria le besó las mejillas, le arregló el pelo, le preguntó por las clases y, enseguida, alcanzó uno de los montones de tres mil pesos y se lo dio: -“Mi vida, es para tus onces mañana”-. Mario se acercó. Quiso besar la frente de Victoria, pero ella apartó la cara, se paró de la silla, lo miró fijamente y le dijo: -“Estoy muy cansada”-. Al hombre no pareció incomodarle el desplante de su esposa, al contrario, la tomó por la cintura y pasó su mano por la barriga inflada. Susurró algo y se dirigió dulcemente a Victoria: -“Mi amor, todo se va a arreglar, no te preocupes”-. Ella le respondió: -“¿Me puedes explicar cómo? Aquí la única que trabaja soy yo”-. Mario se sentó, adoptó una postura de pensador, puso la mano en la barbilla y replicó:- “Mi cielo, soy fotógrafo, pero ahora no tengo cámara ¿Cómo quieres que trabaje así?”-. Hizo una pausa y añadió: -“Además ¿quién es el que cocina- si traes dinero por supuesto- mientras tú cantas?- Victoria conocía cada palabra. Todas las discusiones terminaban así. Lo que le producía más rabia, era el momento en el que Mario le recordaba lo felices que fueron cuando tenían el laboratorio fotográfico. Se trataba de un negocio muy próspero que les daba lo necesario para vivir. Inclusive le reprochaba, en tono cariñoso, las cosas que ella aprendió. En efecto, Victoria se volvió tan experta en el revelado que ponía sin ningún esfuerzo los rollos en el carrete, paso fundamental antes de empezar el proceso. Entre tanto Mario se encargaba de tomar fotografías a diestra y siniestra, conseguía nuevos clientes, asistía a matrimonios, bautizos, fiestas de quince años y sacaba fotos para diferentes documentos. Lamentablemente también lo administraba, porque si algo caracterizaba a Mario era el despilfarro y su búsqueda de los mejores resultados sin el menor esfuerzo. El laboratorio formaba parte de una herencia que, literalmente, le cayó del cielo. Y ese patrimonio, lejos de ser un motivo, se convirtió en una especie de caja menor que Mario aprovechaba para darse lujos innecesarios, tener una que otra amante y sacar pecho, al considerarse uno de los grandes artistas- si no el único- del barrio. Más temprano que tarde el negocio quebró y el laboratorio quedó marcado en el corazón de Victoria, como la imagen borrosa y color sepia de un pasado que nunca iba a regresar.

-“Estás insoportable Victoria, voy a caminar un rato”-. Después salió, no sin antes mandarle un beso con la mano que Victoria rechazó volteándose bruscamente. Dos horas después regresó, pero su esposa mantenía la frialdad. Entonces, consciente de que no había posibilidades de reconciliación, se alejó y prendió el radio, dispuesto a escuchar ese programa deportivo que lo hacía olvidarse de aquella realidad en la que él ni siquiera se reconocía.

Hacía frío, mucho frío. Acomodaron el colchón sin hablar. Victoria trajo una silla en la que puso el reloj despertador y una lamparita que conectó al enchufe más cercano. Luego cada uno ocupó su pedazo. Sin darse las buenas noches se fueron sumergiendo en un letargo que, en esas condiciones, distaba mucho del merecido descanso.

Siempre le gustó el circo. De niña no se perdía el espectáculo que, generalmente, visitaba cada seis meses a la ciudad. Le imploraba a su papá que la llevara cada vez que anunciaban en la televisión su llegada. En aquel sueño, sin embargo, Victoria era la atracción principal. En las graderías la multitud la aclamaba. Luego de la presentación de los malabaristas, los payasos, el mago, la mujer barbuda, el hombre bala, le tocaba el turno a ella. Escuchaba la voz de Mario que le insistía emocionado: -“Tranquila mi amor, lo vas a lograr, y te voy a tomar la foto que va a salir en el mundo entero”-. Victoria sonreía acostada en el colchón que ubicaron en el centro de la pista. De pronto sonaron redobles de tambor por los altoparlantes. El presentador, un hombre alto, fornido, vestido de etiqueta y con un enorme sombrero de copa, cogió el micrófono y se dirigió al público: -“Damas y caballeros, niñas y niños, estamos a punto de presenciar el desafío más impresionante. Ya está todo preparado. En la mesa se encuentran los representantes de Record Guinness, quienes serán los encargados de dar fe del cumplimento de esta prueba de resistencia, que sólo tiene un antecedente en el mundo. El año pasado una mujer Hindú logró aguantar, por cinco segundos, el fenomenal peso de la pata de un elefante en su estómago. Ahora tengo el orgullo de anunciarles que una compatriota nuestra, Victoria, se le midió a batir el récord”-. Vivas, aplausos y chiflidos inundaron la carpa del circo. Durante diez minutos la gente no dejaba de ovacionar a Victoria. En medio de la algarabía, el presentador repetía insistentemente: -“Por favor, necesitamos absoluto silencio. Allá, los de la platea, les ruego que se callen. Que no se escuche ni el sonido de una mosca”-. Lentamente el silencio cubrió el escenario. Los redobles de tambor se apagaron. Justo en ese momento el presentador señaló con el dedo una jaula y, moviendo su cabeza de arriba hacia abajo, le indicó a un hombre que ya podía abrirla. Acto seguido el domador entró y salió halando un lazo en el que venía amarrado el elefante. Se acercaron lentamente. Victoria, al presentir que llegó la hora, se concentró y empezó a regular su respiración. Su corazón latía muy rápido, por eso decidió tomar bocanadas de aire que expulsaba suavemente por la nariz. En las tribunas los espectadores se persignaban, cerraban los ojos, se agarraban de las manos de sus vecinos. El domador se paró al lado del colchón y espero que el elefante se quedara quieto. Mientras tanto Mario se hizo al frente, se arrodilló y llevó su cámara al rostro. El domador golpeó el piso con una vara que tenía en la mano y el elefante, dócil y obediente, dio otro pasito. Ya en el lugar indicado, el domador dejó que el elefante acercara su largo moco y tocara a Victoria; luego, golpeando el piso otra vez con la vara, obligó al animal a que se quedara inmóvil. Y como si estuviera en la cuerda floja, o fuera una bailarina gorda, el elefante levantó muy despacio la pata. De manera increíble la equilibró, repartiendo su fuerza en las otras extremidades. Y tras un nuevo golpe de la vara en el piso, el elefante empezó a bajar poco a poco la pata, hasta que la descargó en el estómago de la mujer. Uno, dos, segundos… el público expectante no se atrevía ni a respirar… tres segundos… Mario, nervioso, estaba a punto de accionar el flash de la cámara… cuatro segundos…

Su quejido sonó igual al aullido de un lobo. Victoria se despertó empapada en sudor, le dolía intensamente el vientre. Un dolor cortante, similar al de la aguja que cose sin anestesia una herida. Y gritó desesperada: -“Ya no aguanto más Mario, hijueputa, no aguanto más”-. Trató de calmarla, de consentirla, de abrazarla, pero Victoria la emprendió a golpes contra él. Mario Saltó del colchón, prendió la lamparita y le dijo: -“Amor no podemos seguir así”-. Victoria lo miró furiosa y contestó gritando: -“Entonces ayúdame en algo malparido”-. Asustado Mario retrocedió y, aunque tropezó, se mantuvo en pie. Tras un instante de silencio respondió: -“Victoria, el que no aguanta más soy yo. ¿Así me pagas el cariño que te tengo? Te vas a quedar sola”-. Fuera de sí la mujer volvió a gritarle: -“¿Más sola Mario, más sola?”- y, sin pensarlo dos veces, agarró la lámpara e, impulsada por la ira, la decepción y el resentimiento, se la tiró en la cara a Mario. Éste recibió el golpe pleno en la frente. Un hilo de sangre, cada vez más abundante, bajó por su rostro. -“¿No entiendes que soy fotógrafo y sin cámara no puedo trabajar? No sé tocar guitarra. No sé hacer nada más”-, gritó Mario en medio de lágrimas, en una actitud parecida a la pataleta de un niño.

-“A ver si eres capaz de revelar el puto negativo que tienes en el alma”- gritó por última vez Victoria. Se levantó con muchísimo esfuerzo. Temblaba. Caminó ya sin alientos y, finalmente, se desvaneció antes de abrir la puerta del baño.

La oscuridad atrapó los gritos, los reproches y ese amor que se desgastó desde el primer momento. Solamente el titilar de los números del radio reloj- que servía nada más para oír música, noticias o programas deportivos- y los pedazos del bombillo roto salpicados de sangre, brillaban ocasionalmente en el apartamento en penumbras. Luisa, desesperada, lloraba en el cuarto, sin alcanzar a comprender lo que sucedía.

10 comentarios:

chely dijo...

Una cruel realidad.
Has logrado plasmar el valor de las mujeres .Valentía que poseemos (muchas)al decir basta!
Millones de mujeres, le es cotidiano hasta que ponen punto final, con o sin ayuda de profesional.
Caselo , tu relato enaltece a la mujer como tal.
La violencia física y psíquica, el abuso al género femenino, es moneda corriente.Por tal razón existen, al menos en Argentina leyes que nos ampara.
Que se cumplan o no...es otro tema.
EXCELENTE !!-como nos tienes acostubrados.

chely dijo...

Gracias- me siento identificada+

Alicia María Abatilli dijo...

Feliz de poder escribirte otra vez, Carlos.
Leerte a pesar del relato y de lo duro siempre es reconfortante, porque dejas el valor de la persona por sobre todo.
De la Mujer en este caso.
Abrazos, amigo mío.
¿Y Trueque? A levantarlo, a levantarlo otra vez.
Alicia

caselo dijo...

Mi Chely, un relato que hicimos entre los dos, compartiendo experiencia, sensibilidades, sueños. y, además, el título de esta historia lo pusiste tú. Besistos, abrazos y mi corazón.

caselo dijo...

Alicia, amiga querida, muchas gracias por tus palabras. Por supuesto le daremos vida de nuevo a Trueque Muisca. Un abrazo.

María (Tábata) dijo...

Me dejas sin palabras una vez más, Caselo. ¿Cómo se puede narrar algo tan terrible, que te deja con el alma encogida, con tanta maestría? ¿Cuándo se edita tu cuento premiado en España, sabes algo de eso? Un beso!!

caselo dijo...

María, hermana españolísima. Muchísimas gracias por tus palabras. Ese relato me estuvo dando vueltas por la cabeza unas semanas, hasta que me senté juicioso y la escribí. En cuanto a la publicación del cuento, el 4 de febrero me enviaron una comunicación de la Asociación VIVIR en la que me decían que pronto lo iban a publicar. Tan pronto sepa algo te lo comento. Un abrazo

natty dijo...

Estoy impresionada, fantástico, directo, claro, sobrecogedor.....impresionante cómo escribes.
Te envié un mensaje, pero viendo tu facilidad con la expresión escrita no se si me entenderás...jajaja
Un abrazo.
PD. te quedó bonito el blog.

Anónimo dijo...

Una narración que impacta profundamente por su dolorosa realidad. Me fue imposible evitar expresar tanta emoción que semejante relato me causó. Saludos, Caselo. De una amigo doblemente anónimo.

Ana dijo...

Sobrecogedor relato. Triste. Triste que Victoria soporte un compañero poco fiel cuando los tiempos son buenos. Triste que Mario no encare la vida de manera más valiente, pero lo más triste es el llanto de la pequeña Luisa.
Gracias por compartir tu buen hacer.
Me gusta mucho tu manera de escribir, lo cuentas muy bien.