domingo, enero 02, 2011

El gallo atravesado

A Belén del Rocío la bautizaron así cuando, en la madrugada, el sol dibujó su rostro con una tenue pincelada amarilla. Y si no caminó de una fue, simplemente, porque la distancia de la cuna al suelo era tan grande como un abismo de enigmas y secretos. Desde aquella vez, sin embargo, todos advirtieron que la recién nacida movía su boca sin parar. No hablaba todavía, por supuesto, pero en lugar del llanto- característico en los bebés- dejaba salir una amplia sonrisa que, rato después, daba paso a cientos de carcajadas.

En la ventana del cuarto en el que descansaba la niña, un coro de pajaritos la despertaba en las mañanas. La naturaleza y Belén del Rocío hicieron amistad desde el primer momento. No sólo los pajaritos la visitaban: mariposas multicolores, patos, conejos, grillos, gatos, salta montes, en fin, decenas de seres grandes y pequeñitos acudían a esa cita que les puso el Universo.

Papá se encargaba de consentir a Belén del Rocío y a sus tres hermanas. Preparaba dulces para ellas, un banquete interminable cuyo ingrediente fundamental era el amor. Mamá, por su parte, les contaba historias recreando personajes que daba vida con diferentes voces y gestos. Sus relatos transformaban la realidad en fantasía y se convertían, en aquella época donde no había televisión por cable ni internet, en una puerta abierta de par en par a la imaginación. Así creció Belén del Rocío, rodeada de cariño por doquier y, además, envuelta en el aire de una libertad tan ilimitada como la pampa, la sabana o la llanura. Y ni siquiera las esporádicas sombras que llegaban en el invierno o en el otoño, podían apaciguar el ímpetu de la niña y de su familia.

Habló más temprano que tarde. De inmediato todos advirtieron que, en adelante, no habría poder humano o divino que la callara. En efecto, la niña soltó rápidamente la lengua. Y, aunque parezca extraño o paradójico, no fue solamente gracias a los mimos de papá, a la algarabía de sus hermanas o a los cuentos actuados de mamá. Un lenguaje invisible- y no por ello menos efectivo- salía de la boca de la abuela quien, fuera de adorar sin medida a las nietas, era sordo muda. Jamás aprendió a comunicarse como las personas condenadas, aparentemente, al silencio eterno. Una vecina le enseñó a identificar las letras, más adelante a interpretarlas. Hasta que consiguió emitir sonidos provenientes de su garganta y terminó inventándose la manera de pronunciar las palabras. Pero no contenta con esos avances logró, finalmente, leer el movimiento de los labios. Al igual que la aguja y los hilos con los que tejía sacos, mantas, gorros, medias, confeccionó su abecedario particular y terminó por crear en vestido para el alma y el corazón de su familia.

Belén imaginaba que el mundo era un inmenso jardín lleno de colores y alegría. Por eso se sentaba durante horas a mecerse en una llanta que colgaba de un árbol. En ella hamacaba sus deseos al compás de los vientos suaves y frescos de la primavera. Después se bajaba, iba a su cuarto y se ponía a conversar con sus muñecas. Y en el caso de que alguna se pusiera enferma, la alerta anaranjada se encendía y, necesariamente, había que buscar la ambulancia.

Uno de los sueños de Belén del Rocío era el de ser maestra. Asistía juiciosa a sus clases y en la tarde, al llegar a casa, reunía a sus hermanas, a su abuela y a su mamá en el patio. Enseguida llamaba a alguna de sus familiares (no necesariamente la elegida debía ser la mejor alumna. Cualquiera tenía el derecho de honrar la Nación) e izaban la bandera. Se trataba de un mástil que improvisaba con un palo por el que el símbolo patrio subía al jalar un hilo de algodón. Luego del acto simbólico- y de despedir y agradecer a sus familiares su asistencia- Belén entraba al corral, ponía un pizarrón metálico que le acondicionó papá, explicaba brevemente cuál sería el tema de la clase y después escribía con una tiza sobre aquel tablero. El curioso auditorio al que se dirigía la niña estaba conformado por las gallinas. Sus alumnas cacareaban, saltaban, a veces se quedaban quietas; eso sí, le ayudaban a repasar las tareas. En muchas oportunidades tenía que regañarlas, puesto que las aves de corto vuelo no le hacían mucho caso. Desde los salones de la escuela se veía el patio de la casa. La maestra de Belén sonreía cada vez que la niña les repasaba la lección a las gallinas. A la mañana siguiente decía en voz alta señalándola: -“Tenemos a una gran profesora entre nosotros”. Los compañeros la aplaudían y Belén, avergonzada, bajaba la cabeza y se tapaba el rostro con sus manos.

El año lectivo estaba a punto de culminar. Se acercaban los exámenes finales. La angustia y el nerviosismo por lograr los mejores resultados invadían a los estudiantes. Belén, ante la responsabilidad que se avecinaba, decidió intensificar su preparación, lógicamente, acudiendo a las gallinas. Las cosas salían de maravilla. Las veces que dictaba en el tablero las materias, le daba la impresión de que, en verdad, sus plumíferas alumnas le entendían. Definitivamente la naturaleza es muy sabia.

Faltaba el examen más difícil: matemáticas. En dos días debería presentarlo, entonces se dedicó, mañana y tarde, a repasar. Realmente se creía preparada. Las cuatro operaciones no representaban ninguna dificultad, sólo era cuestión de contestar tranquilamente la prueba y nada más.

En el corral las gallinas se encontraban calmadas. La clase de la tarde transcurría en absoluta normalidad. Belén del Rocío dio la espalda, escribió unas divisiones en la pizarra, las analizó una por una y, justo en el instante de empezar a solucionarlas, un inusual alboroto la sacó de la concentración. No alcanzó a darse vuelta y sintió un picotazo en su pierna, al tiempo que las gallinas se apartaban despavoridas. Pálida y asustada quedó en frente del enorme gallo que, ahora, intentaba atacarle los brazos. El animal, salido de casillas, quizás no comprendía matemáticas, o se disgustó porque no pudo memorizar las capitales la semana pasada. A lo mejor se negaba a ser reprobado en geografía o, sencillamente, le caía mal la profesora. El hecho es que el macho del corral no dejaba mover a la pobre Belén del Rocío. Lo único que se le ocurrió a la niña fue gritar. La abuela tejía junto a la ventana. A parte de expresarse através de sonidos y de leer los labios, poseía un sexto sentido muy desarrollado. Pese a que no escuchaba, un presentimiento le estremeció el corazón. Levantó la mirada y notó que las cosas no estaban bien. Vio correr a sus nietas detrás de la mamá y el papá de Belén Rocío hacia el patio; por el otro lado se dio cuenta de que las profesoras y los alumnos de la escuela avanzaban resueltos, en veloz carrera, directo a la casa. Decidió salir también. Al llegar, en el centro del gentío, Belén intentaba protegerse los brazos y el gallo insistía en atacar sin importarle en los más mínimo estar, desde ya, candidatizado al sacrificio. Entre todos: padres, hermanas, abuela, estudiantes, profesoras (inclusive casi llegan los bomberos y la policía) lograron someter al animal, no sin antes arrancarle unas cuentas plumas y dejarlo al borde del colapso.

Uno que otro gallo se encontraría Belén a lo largo de su existencia. No renunció al sueño de enseñarle a los demás; por el contrario, la vida la graduó de maestra. Nunca olvidaría aquella tarde en la que, por culpa de un picotazo, tuvo que reconsiderar seriamente su manera de explicar matemáticas, historia o geografía. Lo pensó en esa ocasión, mientras observaba la olla en la que se preparaba el suculento sancocho de gallo atravesado.


(Imagen tomada de http://www.manueldominguez.org/Expo-20.htm)

11 comentarios:

tucuviajera dijo...

Me encantó el gallo atravesado, mantiene la atención, y un cierre a lo grande, con las palabras justas.

natty dijo...

¡qué bueno! es una historia preciosa, completa y fenomenalmente escrita. No paro de sonreir pensando en los gallos atravesados que me he encontrado yo, un montón, pero no me los comí, solo aprendí un poco más.
Un abrazo

chely dijo...

Historia cuasi fantástica.
Muy real ,por cierto.
Bien narrada,excelentemente captado.
La imaginación crea fantasías inusitadas en la en infancia .
GRACIAS MI MAGO.

josé dijo...

Adhiero a los comentarios precedentes, que hermoso y emocionante relato, nada grata la experiencia de la niña pero que tuvo final feliz. Un abrazo hermano

Alicia María Abatilli dijo...

Faltaban tus relatos, necesitaba saber que estás allí.
Te dejo un abrazo.
Alicia

Iraida dijo...

Preciosamente escrita, Caselo.
No puede evitar trasladarme a las fantasias de mi nietecita, que me toma de maestra y ella de auxiliar, los alumnos son animales de peluche de casi todos los géneros. También me tomo un mensaje a ver si puedo asimilarlo y aplicarlo. Tratar de enseñar de otra manera, para que no me caigan a picotazo algun gallo extraviado.

Me encantaria leer otras historias tuyas con los dos personajes fantastiocs, Belén del Rocio y la abuela...

Iraida dijo...

Vuelvo porque me hiciste recordar a un pintor cubano, famoso por los gallos que pintaba. Una muestra que espero no sea un gallo atravesado:

http://images.artnet.com/WebServices/picture.aspx?date=20091118&catalog=177267&gallery=111558&lot=00057&filetype=2

Si quieres ver mas gallos:

http://www.artnet.com/artist/657203/mariano-rodriguez.html

Iraida dijo...

aclao que me encanto tambien la ilustracion que hiciste y que amplie. La pintura es otra de mis pasiones, entiendase como espectadora.

Ana dijo...

Felicidades, fantásticamente contado,didáctico y ameno.

MAURICIO FRANCO dijo...

Caselo:genial,hermano!Un abrazo y mi admiración de siempre.

Anónimo dijo...

Sí, es fantástico el escrito, se vuelve realidad mientras uno lo lee, parece que el gallo está cerca para ser picoteado por tan celoso o inconforme macho....

Un abrazo,

Alejandra.