miércoles, diciembre 24, 2008

A la altura de nuestras miradas




_"Ven, acércate, el aires es frío. No temas, la pijama de cuadritos verdes, la bufanda café, las medias gruesas de lana y ese simpático gorrito que llevas puesto te protegerán. Acomódate en aquel cráter es muy confortable. Ahora que estás aquí dime: ¿Qué sientes al verla?"


_ "La imaginaba imponente, plena, orgullosa de albergar en su interior la vida que se extingue y se renueva constantemente; sin embargo es un astro igualito a los demás. ¿Sabes?, Hoy que me das la oportunidad de observarla desde tu perspectiva, recordé mi adolescencia. Por esa época solía maravillarme al divisar el dibujo de Latinoamérica desplegado a lo largo de tu territo. Nunca pensé que, de este lado, mi continente brillaría por su ausencia. Es extraño descubrir que la tierra también tiene su cara oculta".


_ "Latitudes, meridianos, paralelos, límites, fronteras, almanaques, relojes; todos son simplemente muros edificados con diferentes nombres. Fíjate en la esfera que, de tanto navegar al rededor del sol y de girar sobre su propio eje, aveces te pone de cabeza. Es tu espacio, tu hogar, tu realidad...Oye ¿Qué haces?, me pones nerviosa."


_"Disculpa, voy a cavar con mis manos. Quiero ampliar el cráter y permanecer por siempre en este sitio."


_"Ay mi niño.."


_"Un momentico, vamos despacio ¿Cuál mi niño? !Casi cumplo 38 años!"



_"¿Y qué? Yo tengo millones; no obstante, en ciertas oportunidades, me sonrojo. Basta con que el Sol se interponga entre tu planeta y yo; en ese instante el rubor se me sube al rostro, tiñéndolo de un colorado intenso; lo mismo que un tomate. Si eso me sucede ¿Por qué te enojas si te digo niño? En cuanto a tu idea de quedarte para siempre ¿No te parece descabellada? Ejemplo: ¿Crees que un Elfo renunciaría a la eternidad por amar a un humano? Aunque tu caso es contrario, no olvides que el tiempo agoniza con el minuto que se apaga. La existencia es efímera, se escapa en un abrir y cerrar de ojos. Es hora de que regreses a tu casa."


_"Perdona la insitencia, partiré, necesito viajar, conocer el mundo. No ha sido fácil; junto a tí supe cuan válidas, mágicas, verdaderas, podrían llegar a ser la caja de Pandora, La cueva de Alí Babá y sus cuarenta ladrones, la fuente de la eterna juventud, la Atlántida, el Ave Fénix, el fuego que Prometeo robó a los dioses..."


_"Ay, mi niño. Y en ese intervalo de la oscilación del péndulo, no reparaste en que, al mismo tiempo, existe la calle aparentemente solitaria, pese a mantenerse colmada de transeúntes hundidos en el anonimato; el ascensor que se desplaza al último piso; el bus por cuya ventanilla la ciudad retrocede y se adelanta; el parque invadido de hombres, mujeres, niños, ancianos; las amplias praderas; los bosques frescos; las empinadas cumbres; los océanos infinitos; los desiertos... Y a lado y lado de la carretera, un sinnúmero de historias que setejen a diario en cada rincón del universo y fuera de él. Te aseguro que, mientras Tú y yo conversamos, una nueva estrella se ilumina al encontrarse, frente a frente, con su Isla Desconocida."


_"¿Habrá algún puente, un sendero, por lo menos una llave oculta?"


_"Más que eso, hay una escalera apoyada en la materia; interminable, elevada en dirección al Cosmos.. En adelante debes aprender a subir y bajar...subir y bajar...subir y bajar...subir y..."

jueves, diciembre 18, 2008

Estrella solitaria, del amor y la esperanza




Pescador, lucero y río - Garzon y Collazos


El río pasa silencioso al amparo de la noche. La creciente suele ser un preludio, el anuncio casi imperceptible de profecías o, tal vez, la señal de un camino alumbrado por luciérnagas. Samuel lo sabe, por eso se desplaza en su canoa guardando la ilusión de una buena pesca. Hace frío. Quizás sea la tristeza que produce ver la red vacía. “Piquen, por amor de dios, piquen” pronuncia una y otra vez, mientras su clamor se desvanece en un eco melancólico. De nada sirve la caña endeble provista de la carnada justa; tampoco la maraña de hilos entrelazados dispuestos cual laberinto de añoranzas. La corriente se detiene al igual que el viento, que las ondas, que la respiración, que el tiempo. “¿Caudal sin rumbo?”Murmura Samuel ante la sorprendente y enigmática circunstancia. Más, como si se tratara de una broma del destino, un sinnúmero de peces comienzan a saltar a su alrededor. Desesperado se levanta, cuidándose de no perder el equilibrio. Una vez en pie balancea los brazos e intenta atrapar, si quiera, uno de aquellos escurridizos. Parece un ciego que tantea con sus manos el muro invisible que lo separa de la orilla. De repente todo queda quieto, hasta el rumor del río calla.Temeroso el pescador advierte un singular brillo subir entre burbujas, flores, hojas, espuma. En un acto reflejo retrocede; pese a ello se detiene, justo en el límite que le impide irse de espaldas. Tras breves segundos de agonía una figura emerge, coloreando con su fulgor agua, caña, red, canoa y la aterrorizada silueta del hombre. Samuel no musita palabra; un sudor frío recorre su cuerpo transformado en gelatina por el miedo. “¿Quien eres?”. Voltea a lado y lado la cabeza. Escudriña el precario horizonte. No divisa nada. “¿Quién eres?” Repite la voz melodiosa. El pescador se llena de valor y responde: “Un humilde pescador…muy asustado” y se desploma en su canoa. “Ahhh, gracias. Pensaba que eras mudo”, replica la voz angelical y, enseguida, suelta una risita burlona. “¿Cómo te llamas?”. El hombre no se atreve a contestarle a la voz de caramelo, pero la insistencia de su interlocutora logra vencerlo. “Me llamo Samuel”, exclama el pescador. “¿Samuel a secas?” Pregunta la voz de terciopelo. “Sí, Samuel a secas”, manifiesta el hombre más muerto que vivo. “Disculpa. Es que no es fácil para una estrella de mar encontrarse, así no más, en un río. Muchísimo menos con un pescador tan tímido”, explica la voz que acaricia. “¿Tímido yo?” Replica Samuel herido en su orgullo. “Y a ti ¿Te parece muy normal toparme una noche de mala pesca con una estrella de mar?” Agrega. “Además ¿Qué diablos hace un ser del océano en estas latitudes?” Inquiere el pescador vivamente interesado. “Yo qué voy a saber”, contesta la voz de Jazmines. “Solamente recuerdo que me dormí. Soñé que caminaba mares, navegaba desiertos. Desperté; una enorme ola me arrastró y, aunque parezca ilógico, vine a parar aquí”. Meditó un instante y anotó: “¿sabes? A pesar de todo me encanta este río". Al cabo de un rato expresó: “Oye ¿No ve vas a ayudar a subir?”. Samuel vaciló. No se arriesgaba a satisfacer los deseos de la voz de campanita, sin embargo, un cosquilleo de alas de mariposa se alojó en su estómago. Ahí decidió tomar entre sus manos a la bella aparición. Ya dentro de la canoa el pescador preguntó: “Y Tú ¿cómo te llamas?”. La voz de algodón de azúcar susurró: “Estrella Solitaria”.

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Samuel vivía en un rústico y sencillo bohío. Desde esa noche la morada adquirió un aroma especial en el que el olor de la madera, se mezclaba con la deliciosa esencia de estrella; a su vez su voz de selva viajaba libre, misteriosa y milenaria por todo el territorio ribereño.

Estrella tiene cinco puntas; era maravilloso verla atrapar en su aliento los destellos del fuego. Escribe sin pausa; sus ojos serenos se posan delicadamente en la hoja en blanco y elabora frases que, posteriormente, son depositadas en el viento. A Samuel le gusta la música. A menudo se acomoda en su silla, coge la guitarra, desliza los dedos por las cuerdas y ejecuta acordes entrañables. Una madrugada el pescador le dedicó a su Estrella Solitaria la canción que sería testimonio de la mágica historia:


“CUENTAN QUE HUBO UN PESCADOR BARQUERO
QUE PESCABA DE NOCHE EN EL RIO
QUE UNA VEZ CON SU RED, PESCÒ UN LUCERO
Y FELIZ LO LLEVÒ, Y FELIZ LO LLEVÒ A SU BOHÌO…”


Estrella se acercó conmovida. Con una de sus puntas apartó la guitarra de Samuel; con la otra le tapó suavemente su boca y, con las restantes, se abrazó contra su pecho. Luego dijo: “No sigas. Deja que la canción se cante a sí misma. Más adelante me enseñarás las demás estrofas. Quiero descansar al compás de los latidos de tu corazón”. Samuel la abrazó fuertemente y permanecieron muy juntos, como si fueran uno.

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El tiempo transcurría lento y a veces veloz igual que el galope de un caballo alado. Estrella y Samuel acostumbraban a caminar por senderos de follajes suaves, apacibles. Descansaban bajo el árbol más frondoso. Allí, resguardados por su sombra, Samuel aprovechaba para continuar su sentida serenata:

“Y DESDE ENTONCES, SE ILUMINÒ EL BOHÌO
PORQUE TENÌA ALLÌ A SU LUCERO
.
QUE NO QUISO VOLVER, MÀS POR EL RÌO
DESDE ESA NOCHE, EL PESCADOR BARQUERO…”

Estrella sintió que los colores del arco iris se adherían a su piel. Recostó sus cinco puntas en el hombro de Samuel y le rogó: “Por favor, calla. Escuchemos el concierto que nos ofrece este sublime paraje. Es la armonía de la naturaleza, te la regalo”.

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Frecuentemente se divertían jugando a las escondidas, lo que representaba un verdadero reto. En efecto. Dado que ninguno de los dos se aguantaba las ganas de encontrarse, a quien le correspondía el turno de contar- prácticamente- olvidaba los números con tal de disfrutar de la calidez de su alma gemela. Precisamente, en uno de esos juegos, Samuel extravió el rastro de estrella. No supo dónde hallarla, ni la manera de encontrarla. Corrió, trepó arboles, inclusive se arrojó en el río. Esa tarde el hombre experimentó una soledad inmensa. Regreso aturdido, desolado, pero no reparó en un detalle: puesto que la conocía le hubiese bastado descubrirla, simplemente, confiando en su intuición y en sus sentidos. Estrella se resguardaba en los árboles, lo esperaba camuflada en las hojas, saltaba- de aquí para allá- alegremente, sin separarse ni un sólo minuto de Samuel; no obstante el confundido pescador creyó perderla.

El bohío parecía una estructura fantasmal, envuelto en la bruma propia de la soledad y del abandono. El hombre entró con la cabeza gacha. De un momento a otro, la voz que lo reivindicaba con la existencia pronunció levemente: “Samuel termina la canción”. En esta oportunidad Estrella lloraba desconsolada. El hombre no alcanzó a comprender. Reflexionó, alzó la guitarra y, en tonos menores, interpretó:

“Y DICEN QUE DE PRONTO SE OSCURECIÒ EL BOHÌO
Y SIN VIDA ENCONTRARON AL BARQUERO.
PORQUE DE CELOS SE DESBORDÒ AQUEL RÌO
ENTRÒ AL BOHÌO Y SE ROBÒ EL LUCERO ENTRÒ AL BOHÌO…Y…SE…ROBÒ…EL…LUCERO”

Estrella se abalanzó sobre el pescador. Sus cinco puntas se aferraron a su cuerpo, sus labios se unieron a los del hombre y se besaron apasionadamente. Las lágrimas se confundieron, los alientos se fusionaron, fueron uno solo más que nunca. Estrella sonrió tenuemente. Selló la boca de Samuel con un nuevo beso y confesó. “Tengo que volver al mar”. El pescador no dejaba de sollozar. No admitía razones ni motivos. En su egoísmo, resolvió increpar al río, al mar, al viento, al destino, a la vida misma. Estrella lo contemplaba respetuosa y melancólica hasta que, finalmente, el hombre se calmó. En su interior se afianzó una certeza: había sido suficiente disfrutar de la mágica presencia que marcaría, definitivamente, pasado, presente, futuro. Samuel estrechó a estrella, la sentó en sus piernas y la admiró detenidamente. Poco a poco entendió que el agua debe fluir, que su Estrella Solitaria formaba parte del Universo, que jamás se separaría de su lado. Del llanto ahogado pasaron a rememorar los momentos gratos, también las tristezas. Estrella reía, Samuel ensayó melodías renovadas, el bohío adquirió la claridad que se refleja en el rostro de un niño recién nacido. Salieron, caminaron por los senderos de follajes suaves, apacibles. Llegaron a la orilla del río, subieron a la canoa y se marcharon, guiados por la sabiduría del firmamento. Cuando se detuvieron en el punto exacto, el pescador depositó a Estrella en el agua haciendo gala del amor puro e ilimitado que lo caracterizaba. Ella se fue no sin antes regalarle millones de besos, suspiros y caracoles.

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Cuenta la leyenda que el bohío de Samuel se convirtió en estación de paso obligada de los habitantes de la región. Aún en noches de mala pesca, un hombre es capaz de culminar exitosamente la dispendiosa faena. Con la red colmada el pescador recibe a sus huéspedes: hombres curtidos por el trabajo, acompañados de sus mujeres y sus hijos. Reunida la concurrencia Samuel evoca emocionado los pormenores de la historia. Después entona la canción, símbolo del amor inquebrantable; y, con voz entre cortada, finaliza elevando los ojos al cielo. Dentro del grupo de niños asistentes hay uno muy especial llamado Benjamín. Una noche, luego de que Samuel concluyera su narración, levantó la manita y preguntó: “¿Cuál es el nombre de tu amada?”. El pescador lo miró con ternura, se aproximó, pasó los dedos por las mejillas del chiquillo y contestó: “Hijo, su nombre es Estrella Solitaria…Estrella del Amor…Estrella de le Esperanza”. De inmediato, y ante el asombro generalizado, la inconfundible voz se manifestó con su acento de canela. Desde algún lugar del cosmos interrumpió la calma de la velada y, cariñosamente, pronunció: “Y tu serás siempre el mago de mi corazón”. Dicho esto un aire tibio se apoderó de la estancia, miles de destellos de luciérnagas se precipitaron y un sin fin de fueguitos juguetones danzaron, formando pareja con millares de mariposas multicolores.

lunes, diciembre 15, 2008

Estaciones


A Destino le costó trabajo acostumbrarse a la claridad de la mañana. El viaje transcurríó en un vaivén incesante en el que atravesaron terrenos áridos, bosques espesos, mares de nostalgia, llanuras infinitas, selvas milenarias, cordilleras empinadas que se resguardaban detrás del arco iris. Corrió la cortina y echó un vistazo: quizás arribaban a una nueva estación. Sacó de su bolsillo el itinerario, mas no encontró- por ningún lado- la ubicación del lugar. “¿Acaso no soy Destino?”, murmuró. Entonces resolvió salir, era necesario indagar de primera mano. Se levantó despacio. Caminó con la torpeza del que tiene, en vez de piernas, resortes oxidados. Alcanzó la puerta, bajó las escaleras; ya en tierra observó detenidamente el entorno. Se acercó a la locomotora dispuesto a indagar al maquinista. Justo en ese instante advirtió la presencia de alguien. Intrigado Destino se volteó y descubrió la figura de Tiempo. Asombrado constató cuanto había envejecido. Lo saludó y preguntó: “¿Sabes en qué sitio estamos?” Tiempo lo miró de arriba abajo; posteriormente empezó a reir. Enseguida entró en un llanto amargo. Tras breves segundos se calmó y contestó: “No tengo la menor idea, iba a preguntarte exactamente lo mismo”. Dicho esto concluyó: “Creo que nos perdimos”. Destino dudó, se llevó la mano derecha a la barbilla, meditó y dijo: “En esa caso nos tocará recurrir a la memoria”. A Tiempo ya se le desvanecían las horas, los minutos, los segundos. Las fuerzas lo abandonaban, no se atrevía ni siquiera a recordar. Visiblemente afectado contestó: “Voy en una sola dirección, no puedo regresar sobre mis pasos. Es difícil de entender”. Terco, obstinado, Destino insistió: “¿Y si yo te ayudo?”. Tiempo lo miró conmovido. En el fondo sabía que pasado, presente, futuro- más que etapas- son huellas, realidades, anhelos; por lo tanto no era posible. Pese a que algunos sostienen que las épocas se viven simultáneamente, Tiempo aprendió a comprobar que su relatividad, no es simplemente una teoría. Ante la contundencia de sus convicciones interiores sentenció: "Amigo, por mucho que queramos, no podremos permanecer juntos indefinidamente. Tarde o temprano nos separaremos”. Abrumados se sentaron encima de una enorme roca, espalda contra espalda, hasta que los venció el cansancio producto de sus cavilaciones.

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La tarde moría envuelta en un sutil manto de bruma y silencio. El tren se asemejaba al león dormido, encaramado en la inconsistencia de la cuerda floja. La estación se esfumaba en la soledad de su estructura etérea, misteriosa, fantasmal. Un viento helado profanó la pasividad de aquellos seres, sumergidos en la espuma de sus deseos postergados. De pronto del aire llegó un rumor: “A despertar que el mundo se va a acabar”. Destino y Tiempo abrieron los ojos, se incorporaron en el acto y se encontraron, frente a frente, con dos bellas mujeres: se trataban, nada más y nada menos, que de Ilusión y Esperanza. Las damas los contemplaban complacidas. Ilusión no dejaba de brincar de aquí para allá. Llevaba una canastilla de la que extraía manotadas de margaritas; después las arrojaba y reía a carcajadas. Por su parte Esperanza, un poco más recatada, tan sólo aguardaba esbozando su sonrisa limpia. El vestido verde le daba apariencia de tranquilidad. Sus brazos, firmes y extendidos, invitaban a albergar en su pecho al planeta entero. “Las vueltas que da la vida”, manifestó Esperanza. “Sí. Jugando a las escondidas con este par de insensatos e, invariablemente, terminamos atrapándolos”, anotó la pícara de Ilusión a la vez que esparcía decenas de margaritas. “¡Alto! La mayoría de las veces ustedes desaparecen como por arte de magia", replicó Destino. “Además ¿No son amigas del viento? Vienen y van a su antojo”, recalcó Tiempo. “Ya. Basta de recriminaciones. Mejor aprovechemos y disfrutemos”, propuso Esperanza, consecuente con el significado de su nombre. “Estoy de acuerdo. Hay que cantar, bailar, reír, saltar, GRITARRRRR” apoyó Ilusión, cubierta de pies a cabeza de miles de margaritas. Sin esforzarse demasiado los convencieron. No podía ser de otra manera; al fin y al cabo el Universo no solía confabular a favor de Destino y Tiempo. De ahí que resultara penoso tirar por la borda ese pedazo de existencia en el que todo vale la pena. Sin más excusas los cuatro se entregaron al festejo, dieron rienda suelta a sus emociones y se apartaron del acoso de un invierno prolongado, doloroso, muy frío.

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Hubo música, danza, historias, amor, amistad. También fuego. Una hoguera conformada por llamitas divertidas se elevó, acompañada del humo cómplice. Este, a su vez, sobrepasó a las nubes, saludó a las estrellas y se deslizó entre los cometas y uno que otro enigmático e impertinente agujero negro. Un aguacero de hermandad se desgajó en delicadas gotas; cada una de ellas liberaba delicioso besos de algodón de azúcar.
Al filo de la madrugada el cielo se cerró tornándose gris, color característico de la tormenta inevitable; cientos de destellos dibujaron el paisaje. De repente un relámpago apocalíptico cruzó de norte a sur, seguido de un estruendo ensordecedor: “! A SUS PUESTOS, SE ACABÓ LA FIESTA¡”. La orden provenía de un hombre de grandes proporciones, que se encontraba al lado de la locomotora. La voz inverosímil, potente, desafiante del coloso irrumpió, opacando el brillo de la maravillosa velada. El granizo de terciopelo se deshizo en una maraña de débiles flequitos; la hoguera de llamitas intensas apagó su encanto; el humo se escapó- perdido y camuflado- en la sequedad de un adió de arena. De inmediato todos comprendieron. “¿Volveremos a vernos?” Exclamó tiempo, reflejando en sus ojos inocultables signos de tristeza. “No olvides que siempre hay un mañana” Respondió Esperanza. “Y otras primaveras” Argumentó Ilusión, mientras lanzaba al vacío sus eternas margaritas. Destino prefirió callar. Sin otra alternativa ingresaron a sus vagones respectivos:

Tiempo subió al primero y se detuvo ante el espejo para admirarse. Notó que la juventud floreció gracias al sublime encuentro. En adelante intentaría mirar atrás ocasionalmente, sin que ello lo hiciera retroceder en su caminar sin rumbo fijo.

Ilusión entró en el segundo alegre, iluminada, expresiva. Día a día deshojaba flores durante el viaje y pronunciaba: “Me quiere, mucho, poquito, nada, me quiere, mucho, poquito, nada, me quiere...” y, sin darse cuenta, confeccionó un tapete de margaritas que cubrió el suelo.


Esperanza, en el tercer vagón, suspiraba, una y otra vez, al presenciar desde la ventanilla el imponente paso de la naturaleza. Consideraba que los espejismos, las apariencias, las dudas, los temores, son distracciones que alejan a los seres humanos de la felicidad; no obstante a ella le correspondía la noble tarea de suavizar la melancolía repartiendo, a diestra y siniestra, sus cálidos abrazos.


Por último, en el cuarto vagón, reposaba Destino. El hombre, adusto e impenetrable, se acostaba boca arriba por largas horas. Necesitaba hacerlo puesto que el peso de tantas utopías, provocó en su espalda una pronunciada curvatura. Aún así soportaba la carga con dignidad, valor, humildad, seguro de que, tarde o temprano, su maltrecha columna vertebral adquiriría la ligereza de los sueños. No volvió a preocuparse por las estaciones; ahora esperaba pacientemente a que los relojes coincidieran en cualquiera de los inexplicables cruces de caminos del cosmos.

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El gigante se asomó y comprobó que sus pasajeros se hallaban en los vagones asignados. Debía proseguir el curso de aquel viaje sin principio ni final. Desconocía la próxima parada; su inefable rostro mezclaba sonrisas tenues e inquietantes señales de seriedad. Antes de arrancar pensó en la responsabilidad que implicaba reunir y llevar- en un solo espacio- Tiempo, Ilusión, Esperanza, Destino. Finalmente activó la palanca. El tren silbó, rodó y emitió el sonido similar al rugido del león. La estación misteriosa, etérea, fantasmal se alejaba. Los esperaban majestuoso toboganes de pliegues de la memoria, sugestivos surcos de la imaginación, infinitos laberintos de la fantasía. Metal sobre metal las ruedas sacaron chispas de la carrilera; respetuosas las piedras se apartaron, formando una calle de honor que permitió el paso decidido de un tren que desapareció lentamente, guiado por un singular e impredecible maquinista de nombre AZAR.

viernes, diciembre 12, 2008

Tarde de sueños compartidos


Lo miré mientras tomaba mi café. A sus catorce años mi sobrino empezaba a manifestar sus deseos de autonomía. En ese momento escuchaba, en Las cuarenta principales, uno de esos programas juveniles que mezclaban la música de moda (en especial pop y rock) con los comentarios de locutores y oyentes. Le dije: “Juancho, conocí a alguien muy importante”. Su respuesta fue encogerse de hombros, seguido de un gesto entre “a mí qué me importa” y “¿de quién me estás hablando?”. Esta vez le pregunté: “Dime ¿a qué personaje te gustaría conocer?” Inmediatamente contestó: “A la que escribió Harry Póter”. “Me parece bien Juancho” y agregué: “tuve un encuentro con Jesús”. Mi sobrino abrió los ojos y me dijo: “Ay tío, ahora sí te enloqueciste, mejor me voy a dormir”… Me quedé solo. Puse la música que me gusta y me senté en medio de la oscuridad de la sala abrigado por la emoción que me produjo una de las tardes más maravillosas de mi vida…


Comencé a leerlo en 1997 durante mis estudios de Comunicación Social. A partir de ahí se convirtió en uno de mis autores preferidos. Siempre quise conocerlo, pero ni siquiera tuve la oportunidad de asistir a uno de sus conversatorios o algo por el estilo. Mi relación con él simplemente era la de un admirador que seguía su discurso acerca de la Educación, la cultura, lo popular y la comunicación. Pero hay momentos en que el destino confabula. El año pasado, cuando fui uno de los seleccionados de La ciudad jamás contada, supe que Jesús Martín Barbero sería el asesor conceptual del proyecto. Marina Valencia (quien lanzó la idea que finalmente fue recogida por el periódico EL TIEMPO) prometió presentármelo algún día; aunque él ya me conocía porque leyó la historia que escribí y publicó el periódico. Ese día llegó. El jueves 27 de noviembre se produjo el milagro: Conversé con Jesús Martín Barbero y, fuera de eso, me trajo en taxi a la casa. No podía creerlo. Estábamos los dos, en la parte trasera del vehículo, hablando como dos viejos amigos. Nunca tuve el privilegio de conocer a ninguno de mis abuelos. A uno de ellos-el paterno- lo llamaban Caselo, por eso elegí ese seudónimo. Pues bien, en realidad me sentí charlando con Caselo. El maestro Jesús Martín me impresionó por su sencillez. En el trayecto de veinte minutos desde EL TIEMPO hasta mi casa, comprobé que ama a mi país más que cualquier Colombiano: “Me quedé a vivir en Colombia por amor; además en Europa se cree que ya todo está descubierto. Aquí en Latinoamérica no. Esa es otra de las razones por las que decidí vivir en Colombia”. Lo escuchaba fascinado. Sólo lo interrumpí para decirle que siempre lo consideré un amigo y me respondió: “eso Carlos, me encanta que pienses eso”. “Yo tenía un sueño que cumplí. Quería que la gente escribiera en un periódico. Hay mucho que decir y todos deberían tener la oportunidad de expresarse en un medio de alcance Nacional”. Me conmovió saber que formé parte del sueño del maestro, pues yo fui uno de quienes tuvieron el honor de dejar una huella en las páginas del periódico. Y gracias a eso también cumplí uno de mis sueños: conocer personalmente a Jesús Martín Barbero.


El taxi me dejó en la esquina, pero la puerta por la que tenía que salir estaba del lado de la vía y, a esa hora, pasaban muchos carros.“Carlos, no te arriesgues. Déjame me bajo para que salgas por acá”. Y ya en la acera nos estrechamos fuertemente la mano. El maestro subió al carro y se perdió en la multitud de luces que van de un lado al otro de la ciudad. Lo vi alejarse y una sonrisa de complicidad salió de mi boca. Sí, se trató del hermoso final de una tarde de sueños compartidos.

lunes, diciembre 08, 2008

El Hada triste


No bastó la noche despejada. Allá, en el fondo de la habitación, una vela solitaria luchaba por mantenerse viva. De vez en cuando alguna ráfaga de viento sacudía las cortinas, movía los cuadros, se pegaba a las paredes. La ventana se balanceaba y quedaba suspendida en un entreabierto tan misterioso como los sueños. Encima de la mesa varias hojas en blanco. Al lado tinta, pluma y unos anteojos. Un hombre toma café y fuma mientras las horas avanzan. Camina de un lado al otro del cuarto. Ya conoce de memoria el número de pasos que hay de pared a pared. Y aunque detesta las cuatro fronteras de concreto no se atreve a salir. Sabe que en la calle ya no hay colores. Desde que los ojos de su Hada perdieron el brillo, los atardeceres se convirtieron en socavones de un gris opaco. El jardín, que antes reverdecía por todos los rincones, ahora muestra árboles raquíticos, flores marchitas, pájaros sin trino. Ni siquiera las luciérnagas regresaron, tampoco los grillos. Y en cuanto a las cigarras, prefirieron adherirse a las hojas que flotan indiferentes sobre el agua del pantano.


-“Me parece que estamos en un serio problema amigo mío”


Lo había olvidado por completo. A veces escuchaba esa voz que provenía del closet. Recordó que estaba allí. Tuvo que encerrarlo cuando al singular personaje se le ocurrió la brillante idea de preparar y servir el desayuno para la familia. ¿Qué dirían sus padres, sus hermanos y hasta el perro de la casa si llegaran a encontrarse con aquel hombrecillo? No tuvo más remedio que relegarlo a la oscuridad del sitio donde guardaba su ropa. Aunque el duende era tan sólo producto de su imaginación, existía la posibilidad de que se materializara. Por eso no podía correr ningún riesgo. Además fue el último regalo de su Hada antes de partir montada en su caballo alado.


-“Si no haces algo tu hada dejará de sonreír y- de paso- yo desapareceré”


Sonó a advertencia. Preocupado supuso que podía caer en el vacío. De nada serviría el título de Mago si no lograba sacar de su sombrero siquiera una paloma. Pero no conseguía poner en orden sus ideas. Disponía solamente de una varita que se hallaba en su corazón. Se trataba de su único truco que, no obstante, se manifestaba en ciertas ocasiones. Sucedía que- sin darse cuenta- quedaba de pronto como en trance. Luego parecía flotar libre, igual que una pompa de jabón. Atravesaba el techo, subía directo a las nubes, saltaba sobre ellas. Precisamente, en uno de esos viajes, la conoció. El hada se divertía al ver a ese hombre con alma de niño jugar en los toboganes de la vía láctea. Lo observaba complacida y no vaciló en adoptarlo.


-“Siempre estaré a tu lado. Si quieres verme levanta la mirada al cielo”


Le dijo una madrugada en un sueño y, fuera de eso, le entregó al simpático duende que lo acompañaría.


-“Y bien ¿qué estás esperando?”


-“Si fuera tan fácil” pensó al oír la voz que provenía del closet.


-“Oye ¿Qué te pasa? Mira que ya me estoy volviendo invisible”


No pasaba nada, ese era el problema. Llevaba días, quizás semanas, en un total abandono de sí mismo. Hasta podría asegurar que había perdido su capacidad de asombro. Agotado e impotente decidió derrumbarse en la cama.


El silencio se apoderó de la habitación. La noche transcurría sin mayores sobresaltos. Tan sólo la respiración rítmica del mago venido a menos- sumido en su letargo- era la única señal de vida. En medio de la oscuridad una sombra se deslizó. Llegó a la cama. Subió, botó las cobijas y, antes de que se despertara, le jaló muy duro las orejas. En seguida desapareció. El hombre se despertó asustado. Brincó, tropezó, cayó al suelo y empezó a llorar. De repente se sintió ligero. Otra vez tuvo esa sensación placentera de flotar en el espacio. Inclusive creyó ver en el horizonte la silueta de su hada cabalgando en el caballo alado. Entre tanto el duende se frotaba las manos lleno de satisfacción después de haber sacudido a su amigo y, de esa manera, rescatarlo de las profundidades.


Al otro día, en la misma mesa, un frasco de tinta casi vacío, un cenicero repleto de colillas, una taza de café desocupada, decenas de hojas escritas por los dos lados y una ventana abierta que dejaba ver en el cielo azul la sonrisa de un Hada que, al parecer, recuperó el brillo de sus ojos...

martes, diciembre 02, 2008

Una rosa para amada





Amada camina descalza sobre la arena, le encanta la leche con vainilla en su tazón favorito, conduce a grandes velocidades por las carreteras y es una fiesta cuando esboza su sonrisa. Cuenta historias al calor de la fogata, mira las estrellas y se desplaza, de constelación en constelación, dando rienda suelta a su alegría. Después cierra los ojos y deja que la brisa bañe su rostro hasta convertirlo en un rumor lejano.

Sueño se desliza, sutil y silencioso, entre las sábanas. Sabe que es evocado continuamente, le complace sentirse deseado. Aunque no le molesta su nombre, tampoco se conforma con ser sólo una fantasía, por eso las madrugadas lo sorprenden dando interminables vueltas en la cama. En las noches de Luna llena enciende una vela blanca, se acomoda, escribe sin parar. Enseguida quema el papel y arroja las cenizas por la ventana, para que el viento sea mensajero de sus ilusiones.


Amada adivinó su presencia gracias a la enigmática intuición, propia de las mujeres. El rubor se extendió por sus mejillas al tiempo que de su pecho brotaba un suspiro prolongado. Sueño se acercó, acarició sus cabellos y le dijo: “Es para ti”. Amada recibió la rosa más hermosa del jardín, la llevó a la nariz y se dejó atrapar por el aroma de los anhelos. Sueño, conmovido, susurró: “Por favor, límpiame”. La mujer descubrió la marca de una espina en el dedo del hombre, entonces respondió: “No debo” y se alejó lentamente. Antes de perderse en la sabana se volteó y lanzó un beso cálido que sueño atrapó con su mano teñida de sangre.




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El almanaque desprendía sus hojas con la rapidez que producen los movimientos de rotación y traslación de la tierra. Los días pasaban cual destellos fugaces, el tiempo no daba tregua. En algún lugar del planeta una rosa permanece intacta en un jarrón de cristal. Cada mañana Amada la riega con gotitas de esperanza obsequiadas por Sueño. Tararea melodías que le llegan atropelladas, no tiene buena memoria, confunde las letras; no obstante compone inconscientemente con retazos de cientos de canciones y se recrea endulzando el ambiente con su voz de campanita.

Sueño discutió acaloradamente en la víspera con Onírico, rey de todos los sueños. El gobernante de lo etéreo e intangible le reprochó su atrevimiento y osadía al pretender materializarse. Ofuscado, fuera de sí, trató a la oveja descarriada de irresponsable. Sueño, terco y seguro a la vez, argumentaba cuanto se le ocurría; inclusive mostró pruebas: lágrimas derramadas en un frasquito; metáforas construidas a partir de las cuatro estaciones; canas en su pelo; impertinentes arrugas alrededor de sus ojos; ampollas en sus dedos de tanto rasgar su guitarra; múltiples asomos de triunfos y derrotas inevitables. Nada de eso le valió a Onírico quien realmente expresaba su molestia. Finalmente sentenció: “Ahora serás más sueño todavía”. Dicho esto salió disgustado, dispuesto a llamar al orden a miles de sueños inconformes, subversivos, revolucionarios.


“Tierra, viento, agua, fuego”, pronunciaba Amada en la pasividad de su descanso. Era noche estrellada, cielo abierto, bóveda iluminada por trazos de figuras dispersas; noche de noviembre, preludio de esperanzas arraigadas en el alma.

Sueño dibuja el rostro de Amada en cada una de sus palabras y, más tranquilo, duerme en brazos de sí mismo; pero invariablemente lo atormenta aquella visión: una ventana que, al parecer, no lleva a ninguna parte. Esa noche Sueño se sorprendió al encontrar, en vez de la ventana, una puerta entre abierta. Un poco inseguro la empujó y traspasó el umbral que lo separaba del vacío. Bordeó un río de aguas transparentes; escucho sus pasos gracias al crujir de las ramas secas; palpó la intensidad del verde esparcido en todas las direcciones. En el horizonte, aclarándose a medida que avanzaba, se encontraba Amada sentada bajo el amparo de un viejo roble. Ninguno de los dos pronunció palabra; simplemente se estrecharon en un abrazo cómplice, de hermandad, sincero y emocionado.

Calma pasajera, porque de repente Amada sonrió y dijo: “Límpiame Tú, por favor”. Sueño lucía su camisa amarilla; repasó la silueta de Amada y sus dedos se deslizaron debajo de la blusa blanca. La desnudó poco a poco, hasta que el algodón de la prenda fue a parar al lado de una rama indiferente. Sueño acarició dos jazmines que sobresalían de sus pechos; resbaló al meridiano de la mujer y desalojó de su ombligo un lirio pálido, justo en el orificio donde bien podría depositarse un diamante. Por fin, más abajo, en el cruce de caminos, serena y encendida, se hallaba la rosa roja. Cayó de bruces sosteniéndose de las caderas de Amada; bajó a su vía Láctea, plantó su boca en el terreno fértil y se empapó de la catarata contenida, en medio de la espesura. Mordió las paredes suaves y agrestes; absorbió la humedad, nadó en los abismos del torrente desatado. Amada gravitaba al experimentar la insolente voracidad de sueño. A estas alturas el viejo roble guardó silencio, volteó sus ojos y se tornó invisible; de pie, apoyada en el tronco milenario, la mujer movía sus piernas aferradas a un suelo incierto. No aguantó la soledad de su afluente, visitado por la sed desaforada de Sueño. Inclinó su cuerpo, se puso de rodillas y se contorsionó al igual que una bailarina. Libres en el espacio, dueños de la creación del universo, se apretaron con rabia y entrega, detenidos en la explosión de sus cinco sentidos. Las partículas de polvo estelar se compactaron, moldeando en el barro la materia fusionada. Sueño, tras dejar su huella, se acostó boca arriba jadeante, victorioso. Amada parecía naufragar aún en la tempestad de sus pasiones. Sueño clamó: “Te regalo los minutos que vienen; redímeme de las profundidades”. Plantear el desafío de esa manera no era necesario, puesto que Amada conocía ese letargo que antecede al reinicio de la batalla. Aplacó el evidente nerviosismo del hombre abalanzándose sobre él y le pidió: “Cierra los ojos”. De pronto un pinchazo profanó a Sueño. La mujer clavó una diminuta espina en el pecho del hombre y un hilito fino de sangre se precipitó más allá de su cintura. Los labios de la mujer se desplazaron por su figura abandonada; limpió la sangre gota a gota y después se arrastró hacia el polo que lo unía con el suelo. Allí, en ese instante, retornó la Torre de Babel y se levantó erguida, imponente, fortalecida, edificada en su confusión de lenguas y dialectos antiguos. Sueño volvió a la vida; pasó de largo cuesta arriba, cuesta abajo y se introdujo una y otra vez en las entrañas de Amada, violentando amorosamente la exhuberancia de su vorágine.

Escondido detrás de los arbustos, Onírico apenas podía dar crédito a lo que veía; no cabía en su mente, volátil e irreal, que Sueño y Amada consiguieran capotear la ausencia pese a la distancia. Colorado de ira se marchó dejando atrás la evidencia de un amor libre, intenso, tormentoso, mágico, sublime y lleno de colores.




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Amada sigue caminando descalza sobre la arena. Atraviesa el sendero acompañada por la brisa marina: todas las mañanas riega con gotitas de esperanza el jarrón, ahora ocupado por dos jazmines, un lirio y la rosa roja e iluminada. Se entretiene ensayando nuevas melodías y poco le importa si altera el orden de las letras. Precisamente hoy su voz de campanita entonó las delicias de un bolero:

“Bésame, bésame mucho
como si fuera esta noche la última vez.
Bésame, bésame mucho
Que tengo miedo perderte, perderte después…”

Luego soltó una sonora carcajada y observando las flores más hermosas del jardín murmuró: “Te adoro, Tú sabes que te adoro”.

Sueño aprendió a sanar sus heridas y a admirar su cuerpo en el espejo. La prisa se manifiesta algunas veces en sus fantasmas, pero entiende que si se quiere, la realidad es amiga de la fantasía. No volvió a permitir que Onírico matara sus deseos; por eso cuando llega la noche, se sumerge en el plácido temblor de su Universo, levantado al lado de la mujer en su isla misteriosa.

Los dos recorren los caminos de forma paralela, aunque, en ocasiones, por razones que escapan a cualquier tipo de lógica, logran coincidir en sus relojes. En ese instante simplemente basta con que aparezca la señal, apenas perceptible; Amada pronuncia sin siquiera advertirlo “Agua, tierra, viento, fuego”. Entre tanto, sueño es golpeado por las ondas que viajan en el aire y ante sus ojos aparece la puerta entre abierta que lo obligará a levantar el vuelo. Más tarde, poseídos por los recuerdos y las nostalgias, Amada y sueño sueltan sus amarras al compás de un interminable bolero.


Bogotá, abril de 2006