domingo, septiembre 28, 2008

Variaciones para un monólogo de voces dispersas con participación del público




ACTO I

PRIMERA ESCENA: Urapán en alguna calle de la ciudad. Se escucha el “Allegro man troppo, un poco maestoso” del primer movimiento de la Sinfonía No 9 en re menor OP 125 de Ludwig Van Beethoven.


URAPÁN: “¿Qué podría decirles un humilde árbol de ciudad? Solitario, en medio del silencio, veo cómo poco a poco la tarde cae mecida por una ráfaga de viento helado. Ya casi es de noche. Con seguridad los bohemios se disponen a profanar la inocencia de la Luna. Algunos vagarán sin rumbo; otros cantarán con sus gargantas impregnadas de licor y cigarrillo. Los demás se sumergirán en el ambiente de lujuria que desata las más bajas pasiones. Pero ¿Qué veo? Precisamente allá viene Libardo. Ohhhhhhhh ya lo imagino: llegará dispuesto a cebarse sobre mi tronco inerme, bañándome en los desechos de la ebriedad de sus penas. Pobre de mí ¡Qué noche me espera!. Las estrellas titilan tristes a lo largo y ancho de la bóveda infinita… los perros ladran a lo lejos… se siente el desarraigo…”


(Entra director)

DIRECTOR: “¡PAREN, CORTEN, DETENGAN ESO! ¿Dónde está el libretista?”

(Entra libretista)

LIBRETISTA: “Aquí señor…”


DIRECTOR: “Pedazo de imbécil. Nunca había leído tantas estupideces juntas. Esto es lo más cursi y ridículo que he presenciado en toda mi vida. Además la música. ¿En qué época cree que estamos? Le recuerdo: SIGLO XXI, año 2008, planeta tierra. Y ¿Qué es esa pendejada del tal Libardo cebándose sobre el tronco con la ebriedad de sus penas? ¿Ha leído alguna vez a los poetas malditos? ¡No, qué va, supongo que no tiene ni la menor idea! Mejor escuche:

“Cuando agoto mis sueños de bebedor asiduo, de cuarenta cuartillos, sin ningún sobresalto me recojo y expulso el ácido residuo.

Tierno como el señor del cedro y los hisopos, meo hacia el cielo oscuro, muy lejos muy alto, con venia y beneplácito de los heliotropos…”

¿Comprende? En este poema de Rimbaud el tipo, cuando tiene ganas de mear, ¿Qué hace?: pues mea, simplemente mea. No evacúa, M-E-A.

LIBRETISTA: “Usted disculpará señor, pero es que esto es arte…”

DIRECTOR: “¿Y qué? ¿No se le ocurrió una cosita menos adornada? Arte por el arte, nunca se le olvide. No vuelva a disfrazar las palabras, no sea idiota.

Descanso general mientras nuestro “experto” en dramaturgia replantea esta novelita rosa”


(Entran aseadoras)

ASEADORA 1: “Otra vez nos va a dar la madrugada en el teatro”

ASEADORA 2: “Mija, es que el Director es muy exigente. Todo tiene que salirle siempre a la perfección”.

ASEADORA 3: “¿Y a nosotras qué nos importa? Allá ellos con su obrita. Igual, somos simples aseadoras. Qué vaina, nos perdimos la telenovela de las diez, es injusto…”


SEGUNDA ESCENA: Urapán solitario en alguna parte de la ciudad. Se escucha la canción Míster Jones de Sui Géneris:

“Míster Jones abrió la puerta vio a su madre recién muerta y la sangre en el chaleco se limpió.

Guardó a su madre en el ropero, le puso más leña al fuego el invierno muy crudo se avecinó.

Llamó a su esposa y le dijo: mamá está muerta en el ropero, por supuesto si yo la asesiné.

Ella puso mal la mesa le hundí un hacha en la cabeza y la sangre el tapizado me manchó…”


URAPÁN: "¡MALDITA SEA, ODIO LA CIUDAD! Claro, es que aguantarse las cagadas de los pájaros, el humo de los carros, las orinadas de los niñitos. Y eso que no les he contado las vomitadas de los borrachos asquerosos que en la madrugada llegan envueltos en sus miserias. Es más, ya lo sabía, por allá se acerca el pobre diablo de Libardo. Lástima que no pueda esconderme o-por lo menos- recibirlo con una trompada. Ni un policía; jajajajaja, qué ingenuo de mi parte. Si la autoridad está más perdida que cualquiera. Será escuchar el rosario de amarguras que acostumbra a escupir de su boca podrida, como lo harían las balas que salen de una metralleta.

(urapán se voltea y grita)

Y ustedes ¿qué miran? VAYÁNSE A LA MIERDA…”


(Entra Director)

DIRECTOR: “¡PAREN, CORTEN INMEDIATAMENTE, ES EL COLMO! ¿DÓNDE CARAJOS ESTÁ EL LIBRETISTA?”

LIBRETISTA: “Aquí señor ¿Ahora qué sucede?”

DIRECTOR: “¿CÓMO QUÉ SUCEDE? ANIMAL, debería pegarle un buen patadón en el adminíCULO. ¿Se da cuenta? Le dije que no fuera tan dulce, pero jamás que se pasara al otro extremo…”

LIBRETISTA: “¿Luego así no es la realidad?”

DIRECTOR: “Vea mi adorable cretino, los caminos del lenguaje son ilimitados. Usted-supuestamente- es creador, un aprendiz de literato más bien. ¿Le queda muy difícil usar las metáforas? También podría echar mano de la imagen. ¿O se le olvidó que esto es teatro? Sí, es la realidad; sin embargo no juegue a ser Dios. Mucho menos tiene licencia para ofender al público.

¡LE DOY LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD!

Descanso general, esperemos a que este tarado deje algo que por fin valga la pena”


(Entran aseadoras)


ASEADORA 1: “Qué cantidad de basura, definitivamente va a tocar ponernos a reciclar”

ASEADORA 2: “Y eso que el director es supremamente limpio. El otro día lo encontré comiéndose una presa de pollo con guantes en sus manos…”

ASEADORA 3: “Y a nosotras ¿qué nos importa? Sólo somos simples aseadoras. Ay ¿Alguna tiene que me preste para el bus? Estoy más pelada que la colita del niño Dios…”



TERCERA ESCENA: Urapán solitario en alguna parte de la ciudad. Se escucha el silbido del viento, la lluvia y varios truenos.


URAPÁN: "Ciudad ¿en dónde estás? Ya nadie viene a visitarme. Ni siquiera aquellos bohemios locos, mucho menos los niños dulces que salían de escuelas y colegios. Los pocos transeúntes se pierden en la bruma incierta del anonimato. Libardo, por ejemplo, desapareció sin dejar rastro. Ahora sólo veo sombras pasearse victoriosas de lado a lado. ¿Soledad colectiva? ¿Fin de la historia? ¿Ya no existen las utopías? Cuántas nostalgias nutren el transcurrir de mis días. Y lo peor de todo es que no puedo gritarle al mundo que necesito urgentemente aunque sea un mendigo que duerma bajo mi sombra protectora.

(Lentamente el urapán gira, se pone de frente a los palcos y plateas y grita)

“USTEDES SON LOS ÚNICOS CULPABLES”


CUARTA ESCENA: Se escucha un redoble de tambores que genera expectativa. Entran aseadoras con baldes en sus manos y se dirigen al auditorio. Cada una se ubica en diferentes extremos

ASEADORA 1: "Ya limpiamos y barrimos".

ASEADORA 2: "Ya recogimos"

ASEADORA 3: “Y ahora devolvemos”

(Enseguida lanzan al público el contenido de los baldes: orines, excrementos, frutas podridas, basura… Entra Director)

DIRECTOR: “PAREN, CORTEN HAGAN ALGO. ¿Qué se hizo el libretista?”

(Entra utilero)

UTILERO: “Señor, acabo de verlo correr hacia la salida”.

DIRECTOR: “Bajen ya el telón”

UTILERO: “No podemos señor, se trabó”


CUARTA ESCENA: Hecatombe y destrucción sistemática del teatro. El público enfurecido arroja la silletería, invade el escenario, trata de quemarlo… Por fortuna las sirenas anuncian la llegada de los bomberos y de la policía, que evita el linchamiento de Urapán, director, aseadoras, utileros... Finalmente alguien logra bajar el telón.



ACTO II

PRIMERA ESCENA: Comentario acerca de la obra en un periódico de circulación Nacional:


“Se estrenó con éxito inusitado la esperada obra VARIACIONES PARA UN MONÓLOGO DE VOCES DISPERSAS CON PARTICIPACIÓN DEL PÚBLICO. Luego de las dos primeras funciones (en sitios diferentes) es tal su aceptación que se da como un hecho su presentación en jardines infantiles, colegios, universidades, iglesias, juntas de acción comunal, parques, cárceles, etc.

Desde que usted se sienta, la sociedad desfila al frente de sus ojos sin ninguna clase de disfraces o pudores. Podríamos asegurar que la dramaturgia contemporánea expone hoy su nivel más encumbrado. En cada escena la ya conocida frase “Todo lo sólido desvanece en el aire”-de Carlos Marx- adquiere visos de profecía. Ni Nostradamus, Julio Verne o Marianneti (el futurista ¿lo recuerdan?) fueron tan capaces como el genio alemán de representar en sus nuevos paradigmas la ruptura del orden establecido. Quizás un adelantado a todas las épocas, Michel Foucoult , con sus instituciones totales y esa intrincada maraña de límites que padecemos los mortales, logra acercarse a la simetría del vacío propuesto por el padre del comunismo.

Durante las dos, tres, cuatro, cinco horas del monólogo (dependiendo de la participación del público) el juego de voces, sonidos y sensaciones deja en el ambiente su inconfundible huella. De ahí que el desenlace, abiertamente escatológico, sorprenda y lleve hasta el paroxismo a la noble, audaz y –por qué no- respetable concurrencia.

A guisa de conclusión afirmamos, sin temor a equivocarnos, que en muy contadas ocasiones se tiene la oportunidad de vernos reflejados- de cuerpo entero- en el espejo de lo cotidiano. Es así como, finalmente, el lenguaje juega a las escondidas con los espectadores y los arrastra hacia las fronteras de un abismo sin fondo. Y todo lo anterior gracias a esas imperceptibles cachetadas envueltas en fino y delicado papel de celofán. Por eso ustedes -amigos lectores o amigas lectoras- no duden en asistir a este grandioso evento. Les podemos asegurar que saldrán renovados; inclusive con ganas de bailar, reír, cantar o-sencillamente- componerle un bolero al viento…”


SEGUNDA ESCENA: “Boletería agotada por los seis meses siguientes. No insista, espere la próxima temporada” (Anuncio del Teatro ahora itinerante por obvias razones)

jueves, septiembre 25, 2008

Viñetas de clase media






Nos detuvimos en frente de la funeraria. Miró los carteles y dijo: “vamos a la sala diez”. Subimos por el ascensor, paramos en el cuarto piso y entramos. Saludamos a los dolientes, nos sentamos y acompañamos las oraciones del rosario que alguno de los asistentes dirigía de misterio en misterio. Una empleada del lugar nos ofreció café; lo tomamos. Luego de veinte minutos salimos sigilosamente sin despedirnos de nadie. Ya en la calle le pregunté: “¿Quién era el difunto?” “Mijo, no tengo la menor idea” contestó encogiéndose de hombros. “Entonces ¿por qué subimos?”. El tío Manuel sonrió y me dijo: “Es que la funerario es uno de los sitios donde todavía se puede tomar café gratis”…



Durante años administró hoteles en diferentes partes del país; recuerdo que de niño pasábamos vacaciones en uno que quedaba en Girardot, municipio aledaño a Bogotá. Siempre nos atendía como reyes. Luego lo trasladaron a un balneario en la Costa Atlántica. Regresó a Girardot, después trabajó un tiempo en Melgar y se devolvió a Bogotá, debido a la crisis que por los años ochenta vivió el sector turístico.



-“Aló ¿Sergio?”

-“Hola tío”

-“Mijo hágame un favor, guárdeme el periódico; es que estuve en la tienda de la esquina, me lo prestaron y encontré unos fiadores en los clasificados”

-“Bueno tío, aquí se lo tengo”

-“Gracias… Lo dejo, la cola está larguísima, parece que todos se pusieron de acuerdo para llamar al mismo tiempo; ya me están mirando mal... Usted sabe mijo, las notarías son de los pocos lugares en Bogotá donde todavía el servicio de teléfono es gratis…”



De aquella época en la que se dedicó al turismo, a la propiedad horizontal en Bogotá y a otros negocios no le quedaron mayores cosas. Bueno, tal vez sí: deudas y una demanda penal por estafa. Debe ser por esta razón que no volvió a votar en elecciones. Es que donde llegara a mostrar su cédula seguramente iría a parar al calabozo. Menos mal el proceso prescribió.



El anuncio pegado en el poste de la luz mostraba la imagen de un FRENCH POODLE blanco de nombre Copo, desaparecido hace dos días. Se ofrecía gratificación a quien lo encontrara y los datos de los propietarios. El tío Manuel empezó a sudar, su corazón latió más rápido producto de la ansiedad. Justo en la acera del frente vio un perro echado, igualito al de la foto. Además parecía perdido. No lo dudó, anotó el teléfono, gastó los únicos 500 pesos que tenía y llamó. Advirtió a la voz que le contestó que había encontrado al animal. Se pusieron de acuerdo, iría de inmediato. Colgó, en seguida cruzó la calle. “Copo…copo” pronunció el tío mientras se acercaba. El perro se levantó perezosamente; daba la impresión de que entendía. Se miraron: el tío de arriba abajo…Copo de abajo arriba. “Copo… Copo” decía una y otra vez para ganarse la confianza del animal. Cuando lo tuvo a su alcance se detuvo; el perro lo olfateó, en realidad el tío supuso que le cayó bien. En ese momento se agachó, estiró los brazos. Estaba a punto de cogerlo y de repente copo mostró sus dientes (pequeños pero afilados), dio un brinco y le mordió la mano derecha. Le provocó cogerlo a patadas, sin embargo se calmó e intentó agarrarlo de nuevo. El forcejeo fue durísimo. Copo destrozó el pantalón del tío, le mordió la espinilla derecha y le hizo tremendo hueco a la manga del saco. Al Tío Manuel no le importó, siguió firme hasta que logró doblegarlo; al fin y al cabo el sacrificio por obtener la recompensa valía la pena. Tuvo, eso sí, la tentación de ahorcarlo, pero otra vez desechó la idea. Cinco minutos después llegó el dueño, Tío Manuel se lo mostró y al verlo el individuo soltó un grito: “¿Usted me está mamando gallo o qué? No sea imbécil. Mi perro no tiene ninguna mancha en el ojo derecho”. Se formó una algarabía, de las casas salieron los vecinos a averiguar lo que pasaba. Una señora se abrió paso entre la multitud, reconoció al animal (al perro) y furiosa increpó al tío Manuel: “Viejo degenerado, ladrón. Esa es Puky ¿No se dio cuenta que es una perra?”, al tiempo que le dejó roja la mejilla izquierda de una sonora cachetada...



Caminar, empeñar sus poquísimas pertenencias de valor, aparentar una vida digna y esperar…sobre todo esperar a que saliera su pensión. Afortunadamente logró cotizar lo suficiente para que el estado le reconociera tantos esfuerzos a lo largo de su existencia. Eso sí, la mesada equivalía al salario mínimo legal, suma irrisoria si tenemos en cuenta las ínfulas de grandeza de una persona venida a menos. Muchas veces el Tío Manuel se tropezó con mendigos que le pedían alguna moneda. Claro, es que él iba siempre bien vestido: saco, pantalón de paño, zapatos lustrados. Era alto, por supuesto daba la apariencia de un intelectual acaudalado. Entonces contestaba: “Ala viejito, más bien deberías ayudarme a mi. Voy al centro y me tocó a pie. No tengo en qué caerme muerto” y se despedía cordialmente, ante la rabia del indigente. Sobrevivía gracias a uno que otro negocio esporádico. Aprendió a amarrarse el cinturón y procuraba gastar solamente lo necesario. En la tienda de la esquina había posibilidades de comprar diferentes productos que vendían-más que al menudeo- en bolsitas: café, aceite, azúcar, chocolate; de esta manera alargaba los exiguos pesos que le llegaban.



“Aló ¿Eduardo? Hablas con Angélica. A mi papá lo acaba de atropellar un bus; lo llevaron a la clínica Palermo. Por lo que escuché es grave”

“Qué horror prima, ya le aviso a mi papá”

El tío Manuel se encontraba en cuidados intensivos con trauma encéfalo craneano severo, múltiples fracturas, dificultades respiratorias, etc. Se salvó de milagro, su recuperación fue lenta y angustiosa. La familia ayudó con los gastos hospitalarios, puesto que todavía no tenía Seguro Social y el Distrito solamente cubría hasta un 70% en estos casos. Tampoco bastó el pago del seguro obligatorio que ampara a cualquier vehículo. El excedente ascendía a cinco millones de pesos. La esperanza era la demanda instaurada en contra de la empresa de transporte público por la gravedad de las lesiones del tío. Existía la certeza de que con el diagnóstico de Medicina legal, la verificación del suceso por los agentes del tránsito y el abogado contratado, sería suficiente para conseguir una indemnización.



El tío Manuel falleció tres años después. Todavía recuerdo el funeral, el llanto de quienes lo amábamos y aún lo amamos; pero, especialmente, el rostro ausente de mi prima Angélica. Si bien el Estado le concedió por fin su derecho a la pensión, la herencia que le correspondería en suerte la hizo reflexionar acerca del lugar que ella y su papá ocupaban en el mundo. Días antes de su muerte, el tío Manuel recibió un sobre del juzgado en el que se llevaba el proceso en contra de “Transportes del Futuro”, la empresa dueña del bus que lo atropelló. El fallo decía:


“Resuelve…

Condenar al pago de quince millones de pesos, moneda Corriente, al demandante de nombre Héctor Manuel Rodríguez por los daños que sufrió el bus en el accidente y el tiempo que el automotor duró inmovilizado…”



martes, septiembre 23, 2008

Desde la orilla de los inconformes







“Se busca urgentemente oasis en medio de la ciudad” El aviso apareció en los clasificados de mis sueños esta mañana, justo debajo de los obituarios, los edictos, las ofertas de trabajo y los negocios de cualquier tipo. Tantas palabras resaltadas, frases llamativas, propuestas decentes e indecentes que preferí cerrar el diario antes que retroceder y enfrentarme al torrente de noticias que ya se veía venir. Más tarde-no sé si aún dormido o despierto- la radio me sorprendió con su acostumbrado tropel de informaciones: El guerrillero abatido por el contingente celestial que le propinó un letal infarto al corazón; la reyerta entre gobiernos vecinos; la silla vacía, la inflación acelerada y el desinfle de las economía; la locura de la Eurocopa, en fin, el monotemático acontecer nacional e internacional, mezclado con las opiniones al aire de uno que otro oyente. Afuera me recibió la misma soledad colectiva de millones de rostros anónimos e indiferentes. Las paredes reflejaban el caos con su collage de carteles, grafitis desafiantes o, simplemente, la frialdad de los muros desnudos y descoloridos. “No había nada que hacer, así es la vida”, pensé cuando -de repente- empecé a escuchar el eco de algunas voces: “La poesía es la comunicación con la conciencia”; “Hay que leer en voz alta”; “La literatura es una manera de estar incómodo en el mundo”; “La casas sin biblioteca son muy tristes”; “Leer y escribir son un juego”; “El mundo no sería mejor sin el Quijote”… Las frases pertenecen, en su orden, a Piedad Bonnet, Darío Jaramillo, Juan David Correa, Antonio García, Ricardo Silva y Julio Paredes quienes me ayudaron a entender que el mundo está ya creado, solamente hay que ponerle un poco de magia. Y lo hicieron desde un lugar en el que los niños aprenden a amar los libros: Espantapájaros. Entonces concluí que aquel oasis no estaba en mi mente, ni era una utopía; habitaba en lo cotidiano y en las cosas más sencillas.

El 6 de mayo se abrió esa puerta a la fantasía que cada martes se convirtió en un pretexto para dejar volar la imaginación. Seis sesiones que se transformaron en verdaderas horas del cuento en las que seres tan humanos- como usted y como yo- transmitieron su sensibilidad a través de la palabra. Siempre creí que los escritores pertenecían a otro orden universal o que se desplazaban en dimensiones inalcanzables. Los veía encerrados en su estudio mientras se entregaban al oficio más solitario de todos: La creación literaria. Y me di cuenta de que mis apreciaciones no correspondían con la realidad. No solo escriben; también sueñan, aman, ríen, lloran. Y si quedaban dudas ahora estaban allí, al frente de nosotros, compartiendo sus experiencias. Por eso, más que talleres, en Espantapájaros se recuperó la esencia de un arte que tiende a desaparecer: la conversación. En ese ambiente de tertulia aparecieron las claves que los identifican y, especialmente, un punto en común: los seis nacieron, crecieron y viven hoy en hogares que tienen biblioteca. Al fin y al cabo la mejor escuela es esa, viajar por las historias que otros crearon y aventurarse a escribir nuevas propuestas. Solo a partir del “vicio” de la lectura se adquiere la materia prima para prolongar ese texto sin fronteras. Las demás herramientas (estructuras gramaticales, géneros literarios, etc) llegarán envueltas en el aroma de las ficciones y de las realidades. Darío Jaramillo lo explicó mejor: “Hay que acercar los libros a la gente y prohibírselos a los niños”, hermosa caricatura de las sanas y proféticas contradicciones.

Sin camisas de fuerza, reconociendo la vulnerabilidad que genera desnudar el alma en la hoja en blanco o la pantalla del computador y evitando a toda costa matricularse en la lista de hombres y mujeres famosos, dejaron bien en claro que la escritura es su estilo de vida. Y en esa profesión que no admite intermediarios entre el autor y sus personajes, hay formas de interpretar los espacios vacíos. Será por eso que, de la mano de las letras de nuestro abecedario, la música, el cine y las diversas expresiones de la cultura confabulan en las cabezas de aquellos poetas y novelistas. “Me costó mucho ponerme a leer. Estuve rodeado de colecciones y me divertían las películas, las cómics y otras lecturas que no necesariamente eran libros”, afirmó Ricardo Silva.

Se trató de un recorrido sin itinerarios ni estaciones fijas.No hubo recetas, tampoco verdades absolutas, simplemente una invitación sincera a descubrir el encanto y la fuerza de la palabra. “La literatura pone en duda el lugar de uno en el mundo”, manifestó Juan David Correa en una frase que, sin temor a equivocarme, resume el sentido de los encuentros en Espantapájaros. Gracias a ella me di cuenta de que ya no tengo por qué buscar el oasis de los sueños en medio de la ciudad. El oasis está aquí, al alcance de la mano. Solamente basta recordar que los atajos de la escritura son también una manera de romper los miedos y edificar ese mundo posible en el que quepamos todos.

*El anterior texto lo escribí en junio de este año como una manera de agradecer la invitación que me hizo la gran escritora colombiana Yolanda Reyes para asistir a los conversatorios "Desde el estudio del escritor", llevados a cabo en su taller de lectura y escritura para niños y jóvenes "Espantapájaros". En el título está el link de la página para que conozcan más acerca de este espacio creado y dirigido por Yolanda Reyes. También los nombres de cada autor los llevarán a enlaces que les permitirá acercarse a sus respectivas obras.

viernes, septiembre 19, 2008


Entre lanas y sonrisas


La ovejita que ven a la derecha(en la parte de arriba. Sí esa, la que da la hora) me la encontré esta mañana. Resulta que caminaba por una calle solitaria; tan solitaria que, solamente, salió a mi encuentro la hoja de un periódico llevada por la mano del viento. Era además una cuadra larga y estrecha, similar a la parte más angosta de un embudo. Al parecer el sol estaba a mis espaldas; bueno, realmente no me es posible asegurarlo. Lo único que tengo claro es que por la hora- nueve de la mañana-el canto de un gallo loco me desubicó. Ya podrán suponer entonces desde qué punto de mis coordenadas el astro rey se asomó. Lo cierto del caso es que iba pensativo; mejor, con mi mente en blanco. Para ser más exacto: absolutamente distraído. Si pasaba a mi lado un dinosaurio en patineta, les juro que ni me habría dado por enterado. Es más, tampoco me importaría que- en ese momento- un pez espada me saludara desde el charco de la esquina. Debo confesarles algo: cosas como las que acabo de mencionarles me suceden con relativa frecuencia. Retomo el hilo de mi historia descocida. Ya casi llegaba al final del callejón(afortunadamente con salida) cuando-de repente- escuché una especie de lamento. No, lamento no; sollozo tampoco. Mucho menos grito ahogado: se trataba de una balacera... Esperen, no se asusten; me refiero a un tierno concierto de balidos. Me acerqué. La masa blanca con aspecto de animal -sentada en la acera- no se dio cuenta de mi presencia; simplemente tenía su cabeza clavada al piso y los ecos de sus balidos rebotaban contra el pavimento. En una de esas me descubrió y se asustó. "¿Tú también quieres quitarme mi lanita?" dijo nerviosa. "¿De qué hablas?, simplemente voy de paso. Jamás te tocaría un pelo. No me gustan los sacos de lana blanca"contesté. "Eso quiere decir que si fuera de otro color me trasquilabas" aseguró un poco enfadada. "Estás muy equivocada. Además no uso navaja. No tengo con qué cortar nada" menifesté. "AAAAAAAAy malvado. Claro, si tuvieras un cuchillito me pelarías como a un pollo" exclamó ya molesta. "Te repito, soy inofensivo y respetuoso. Y te recuerdo que los pollos no se pelan: se despluman" repliqué. Ambos callamos al mismo tiempo. Nos miramos detenidamente. Creo que descansó al constatar que no llevaba navaja, cuchicho, machete, hacha o, en el peor de los casos, corta uñas. Más tranquila me invitó a sentarme. "Es que me he vuelto desconfiada. Sé que estoy hecha para dar abrigo algún día; pero antes quiero vivir un poquito". Entendí sus razones. Al fin y al cabo ella tenía derecho a disfrutar como cualquiera. "Te propongo algo. Vamos, perdámonos por los laberintos de esta ciudad. No pienses en nada". La ovejita aceptó.

Pasamos una tarde maravillosa. Jugamos a las escondidas, montamos en el Carrusel, la montaña rusa, los carritos chocones (a propósito, mi amiga salió una experta en estrellones), comimos helado, algodón de azúcar, cuajada con melao, arepa y obleas con arequipe; entramos a cine, visitamos museos, paseamos por los parques. Y al caer la tarde saltamos lazo sobre el puente que nos traería de regreso.Volvimos a aquel callejón (insisto, por fortuna con salida), nos sentamos nuevamente en la acera y nos reímos sin parar. "Qué caray, ahora sí estoy lista para ser camisa, saco, ruana, medias o lo que seaaaaaaaaaaaaaa" dijo emocionada la ovejita.


Quizás este no sea un cuento aristotélico de los que tienen principio, nudo y desenlace; en realidad hasta aquí llega la historia. Es ya de madrugada, no he podido conciliar el sueño y creo que no va a ser posible. Solamente espero que lo que acabo de contarles sea tan real como los sueños; por eso los invito a todos a tomar un café... Bienvenidos a Merlín, de allá vengo hoy.






lunes, septiembre 15, 2008

Atajos y caminos







Entre barquitos de papel, delfines rosados, praderas, mares, cordilleras, callejones aprendí a reconocerme. Muchas veces, sin embargo, me puse a jugar a las escondidas con mi sombra y temí perderla. Tanto es así que una vez creí descubrirla en la otra acera. No lo dudé, crucé la calle y me detuve en frente de un estante lleno artículos.

Realmente me confundí; a esa hora el sol hacía su acostumbrada carambola de bandas infinitas, al proyectar su luz en espejos, vitrinas y botellas vacías. Por fortuna apareció detrás de mi, me llamó y desde entonces no dejamos de andar juntos. Bueno, tal vez en ocasiones se vea rezagada o quizás sea yo el que terco me detenga. Igual no hemos vuelto a separarnos.

No lo imagino, tampoco lo convoco; simplemente sé que está ahí, esperando pacientemente a que mis pasos lo recorran. Nunca sabré si es de agua, barro, hojas o cenizas; no importa. Es mejor dejar que mi alma brinque, de vueltas o corra sobre ese colchón de sueños y nostalgias.

Así decidí caminar; sorprendiéndome de todo cuanto mis sentidos logren percibir, deseando a cada instante divisar el principio o el final del arco iris. Y en esta oportunidad no pretendo encontrar ningún tesoro. Simplemente canto, río, lloro y- además- intento sacar conejos de mi sombrero.


domingo, septiembre 07, 2008

¿Real o imaginado?



“Tengo miedo”. Aunque estábamos abrazados, su voz pausada interpuso entre los dos una barrera de niebla. Esa frase-más que una sentencia- parecía abrir la puerta hacia un umbral desconocido.

No quise responder. Preferí callar la impertinencia de alguna palabra que desatara tormentas innecesarias; entonces aparté sus cabellos, acaricié su rostro, besé su frente. Ingenuamente satisfecho, creyéndome un ángel iluminado, o el salvador del mundo, seguí entregado al constante, absurdo y monotemático choque de una mosca contra la pared. De pronto se paró, se quedó mirándome y casi gritando dijo: “¿Es que no me escuchaste? Tengo miedo”.

No supe qué decir; pensaba que nos conocíamos lo suficiente como para des-entendernos en un des-encuentro tan des-orientado; pero esta vez no actué con cariño. Me puse también a la altura de sus cumbres dominadas por el viento, resistí en silencio el embate del terremoto tantas veces anunciado y me dirigí a la cocina con la intención de servir dos tazas de café…

“Suspenderé la suscripción al periódico; es el colmo que siempre llegue hoy el de ayer” murmuré, mientras buscaba la manera de acomodar mi almohada(ahora solitaria). Nunca supe a ciencia cierta el por qué el último vagón siempre lleva la carga más ligera, como tampoco aprendí a descifrar el lenguaje místico de los sordomudos. Lo único que me queda claro es que, después de aquella noche, Carmina Burana ya no volvió a sonar igual. Tal vez mi conciencia hizo un alto en el camino cuando su voz de contra alto desgajó un torrencial aguacero por las cuatro paredes del cuarto: “ES QUE A LO QUE LE TENGO MIEDO ES A TI”. Luego siguió un silencio que silencié aún más con mis débiles suspiros en do bemol.