jueves, julio 31, 2008


Pasajera del tiempo

Cuéntame ¿Qué haces ahí?


Frágil y delicada- igual que un suspiro- desvaneces la nostalgia con tu vuelo que dibuja filigranas en el aire.


Te han cantado trovadores sin nombre, colosos de la poesía; hasta podría decirse que tu silueta danza con el cincel que talla el tiempo sobre una roca de vientos y mareas


Ayer te vi pasar suspendida en la última ráfaga de misterio; tus alas invisibles se posaron en una rendija de mi memoria y la extraña sombra de la pieza de un rompecabezas se incrustó en el espacio vacío para llenarlo de tus ecos .


Así, una y otra vez, reinventas fantasías en receso, desatas las amarras de temores infundados, aniquilas la amenaza de fantasmas sin invierno. Por eso, más allá de la dimensión que te convoca, desde tu batir rítmico de ansias y certezas, nuestras voces se entrecruzan... luego siguen su interminable travesía como irreverentes pasajeras de las ondas que se desprenden de los acordes de mi guitarra.


martes, julio 29, 2008

Escalar


No enarbolaré banderas en la cumbre, simplemente subiré para aspirar el aire de las alturas.

La sabana se extiende como un tapete de hojas, tierra, agua, gritos, llanto y silencio.

En cada ondulación aparecen las señales de la historia que se esconden en los pasos de viajeros desconocidos. Algunos avanzan dejando atrás los signos de un tiempo que parece retornar al punto de partida; otros pasan de largo sin detenerse a contemplar los kilómetros abandonados; los demás desfilan esquivando las sombras de muros que se levantan a lado y lado del camino.

Andar sin conocer cuál es la próxima parada;

Salir aunque la prisa desequilibre;

llegar sin importar cómo, cuándo, a dónde.

Resistir siempre, a pesar del miedo a lo desconocido.

Las cosas que se ven son temporales

y las que no tal vez... eternas

sábado, julio 26, 2008



¿Y si nos contáramos un cuento?



Hay que ponerle voz a los grillos, alas a los caracoles, zapatos amarillos al saltamontes. Fíjate en esa larga fila de hormigas que llevan pedacitos de hojas al hueco de aquel árbol. No se detienen, van una detrás de la otra sonriéndole a la vida y, tal vez, tarareando una canción.


Ahora las abejas zumban en nuestros oídos. Me gusta sentirlas como el pellizco de una brisita fresca de primavera. Y es que en este momento pareciera que el bosque ensayara una partitura bajo la batuta de un viejo roble. Cuanta sabiduría hay en cada una de sus ramas. Imagina la cantidad de sinfonías inconclusas que esparce el viento al caer la tarde. ¿Y qué me dices del coro de mariposas? Las hay de todos los colores, inclusive negras; iguales al vacío que deja la arena del reloj en su caída. ¿Sabes? Tengo ganas de hacerle la segunda voz a la oruga que está en la ramita del sauce. A lo mejor de ahí sale una tonada para acompañar el café y el pan fresco en las mañanas.


Sí, definitivamente me gustaría que nos contáramos un cuento. De esos en los que el principio y el final no se conocen o de aquellos en los que el tiempo se pisa la cola, juega a las escondidas con el destino y le pone orejas de burro a la tristeza. Nos falta la risa estrambótica de un payaso de circo, la danza de una bailarina de las estrellas en la cuerda floja y el salto del elefante en una sola pata.


Y después mañana, cuando la primera pincelada del sol dibuje una sonrisa, seguiríamos contándonos un cuento.

martes, julio 22, 2008




La fuerza de la palabra


Caminamos, caminaremos, hemos caminado. Pretéritos perfectos e imperfectos, futuros que se aguardan a sí mismos, presentes tan reales que pueden olerse a kilómetros de distancia.

Marina sirvió el vino que llevó con ocasión de nuestra visita a Luz Marina. Por supuesto a mí me correspondió el honor de destaparlo, no sin antes habilitar con un tornillo el improvisado sacacorchos. Mientras Luz Marina sostenía la botella, yo me encargué de jalar de un solo envión ayudado de unos alicates; y aunque por exceso de fuerza-o quizás de emoción- la mitad del corcho quedó en el cuello de la botella, pudimos degustar el delicioso manjar de los dioses que provenía de las entrañables tierras chilenas.

El sur de Bogotá es una ciudad escondida, diferente y desarraigada de la propia capital, que se extiende con su historia de desplazamiento, violencia, pobreza pero también mucha, muchísima dignidad. Al fin y al cabo por aquí entraron las tropas libertadoras de Bolívar después de su paso inverosímil por la Cordillera de los Andes.

La vida de Luz Marina es reflejo del empuje y coraje de los colombianos, especialmente de las mujeres; basta leer el comienzo de su escrito en La ciudad jamás contada titulado “¿Qué se hizo esta ciudad que yo quería?” para dimensionar su capacidad de entrega, amor y sacrificio:

“Le taladramos el alma a la montaña a pico y pala para lograr la felicidad de una vivienda digna. Una tabla, una puntilla, un ladrillo; chambas y huecos para las columnas; se levantaron paredes, se fundieron planchas. Todo para vivir mejor. Vendría el sorteo y en medio de una fiesta vimos que nuestro sueño se hacía realidad. Y así comenzó la historia. Soñamos en un futuro, viéndonos emparentados, los hijos de los vecinos casados, los niños que más tarde querrían ser profesionales o quizás obreros como sus padres, veíamos nuestras casas terminadas de tres pisos con altillo…”


Y, efectivamente, ahora estábamos en la vivienda soñada compartiendo la tarde de un sábado en medio de risas, complicidad y recuerdos.

Marina interrumpió a su tocaya cuando hablaba de las dificultades que tuvo que padecer y dijo: “Es que Colombia es un país de mujeres”, a lo que manifesté: “Toda Latinoamérica es tierra de mujeres” y de inmediato agregó: “No mi Charlie, más que todo Colombia, eso te lo garantizo”. El tono de su voz era dulce y firme a la vez; por eso empecé a visualizar a las madres de mi país que van por todo el territorio de la mano con sus hijos para llegar a alguna parte; o en las esquinas esas valientes mujeres vendiendo lo que pueden con tal de no dejar morir de hambre a la familia. Al mismo tiempo las líderes de la comunidad que reclaman respeto y justicia social. Concluí entonces que Marina tenía razón: “Colombia es un país que no se ha desangrado completamente gracias a sus mujeres”.

La tarde se nos fue igual que los vientos de agosto que se aproximan. Había tanto todavía por decir que prometimos repetir el encuentro. La ciudad jamás contada, a parte de ser un proyecto que nos permitió publicar nuestros escritos, nos dejó algo más: lazos inquebrantables de amistad. La próxima semana, el 29 de julio, tendremos la oportunidad de visitar a Klauss Salcedo en la Cárcel la picota. Él es otro de los ganadores de la convocatoria y escribió un texto hermoso llamado “Desde el jardín”. Su testimonio es otra prueba de que la libertad se lleva en el alma y en el corazón porque, a pesar de permanecer recluido, sus palabras se esparcieron a lo largo de la geografía nacional. Y después nos quejamos de que no hemos podido hacer nuestros sueños realidad.

jueves, julio 17, 2008




Del canto de la tierra



Nunca será repetido; aunque en apariencia se trate de la misma imagen, es su significado el que lo convierte en especial y diferente a la vez. Traigo esta caricia que me dejó mi compañera Roclates y la comparto con mis cómplices de este espacio de sueños. Reciban el premio, se lo merecen de verdad. Viene de un ser humano muy especial que lleva en su mirada la lucha del pueblo, en su corazón la sonrisa de los niños y en su alma cada expresión viva de nuestra amada tierra latinoamericana.

Cumpa, muchas gracias por el homenaje; yo también la quiero millones.
A mis amigas y amigos de esta casa ¡FELICITACIONES!

lunes, julio 07, 2008


Encuentro


Fui de casa en casa desalojando muebles viejos, barriendo polvo olvidado, desatornillando puertas oxidadas. Desajusté el último eslabón que le quedaba a la cadena de la tristeza y en su lugar puse un hilo amarillo. Después amarré a la pata de la cama el reloj detenido hace cinco años y lo eché a andar con almohadas, sábanas y cobijas.
Un espejo sin brillo me llamaba desde su dimensión abandonada y sombría. Le pasé un trapo y apareció de pronto mi rostro sonriente. Nos miramos ; el del otro lado guiñó su ojo derecho y yo el izquierdo. Mi doble levantó la mano en señal de despedida, al tiempo que yo trataba de corresponder aquel adiós con un gesto de agradecimiento.

Nos marchamos cada uno a festejar nuevas primaveras. Tomamos caminos diferentes: él desapareció después de derramar una lágrima. Yo suspiré profundo, me detuve a la orilla del río y lancé una piedra. En ese objeto inanimado, de barriguita plana, solté cada una de mis penas. La vi alejarse dando saltos de alegría sobre el agua hasta que,finalmente, se perdió en las profundidades.

Hoy sabemos que no nos hemos extraviado. Simplemente andamos en paralelo, viviendo vidas propias, prestadas y ajenas. En las huellas que dejamos sobre el barro hay perfiles desiguales de sueños y esperanzas. Y si acaso llegáramos a perdernos, nos unirían el sol del medio día, el último destello de atardecer, la luz serena de la luna y la manta de la amistad que abriga como una caricia de la naturaleza.

viernes, julio 04, 2008

Contra la pared



Tiempo y memoria, caminos desconocidos, márgenes que reinventan la tristeza.

En la soledad del callejón sin salida rebotan las últimas voces que ahogó la madrugada. Fue su canto una invitación al desenfreno y el silencio un dardo inexpresivo que profanó las risas.

Pasaron por aquí, disimularon entre carcajadas la indiferencia y ni siquiera se detuvieron cuando fueron alcanzados por la enredadera de sombras.



Ritmo creciente de las palpitaciones, caminar incierto, ansiedad escondida en el temblor de las manos, sudor frío.

A la vuelta de la esquina los rostros se multiplican, las miradas inefables se compactan y tras bambalinas se deslizan los dedos del hilo que manipula.

Mientras tanto la soledad huye, no quiere compañía, y la palabra se desgrana como un aguacero de sentencias:


"A veces se nos olvida que existimos"






miércoles, julio 02, 2008


Blanquita Reina


"¿Llevaría por mil pesos a esta abuelita?" y deslizó un billete por la ventanilla del conductor. "Siga no más mi doña", dijo el hombre antes de arrancar.


"¿Dónde pondrá su rabo la abuelita?". Hablaba en voz alta, reía, mientras caminaba por el pasillo. Había varios asientos desocupados, yo estaba en la ventanilla de la tercera fila; cuando me miró señalé mi puesto y la invité: "Abuelita, siéntese conmigo". La señora aceptó, se acomodó a mi lado. "Es que mis huesitos andan vueltos nada. En mayo, al bajarme de una buseta, me caí; parece que se me desencajó un disco de la columna". Volvió a sonreír. "Ahora estoy en terapias; me pusieron una faja que ¡Virgen santísima! aprieta más que una condena".

Se presentó dándome la mano: "Mucho gusto, me llamo
Blanquita Reina. ¿Y usted?". "Carlos Eduardo Rojas, es un placer".


La conversación giró en torno a la difícil situación del país, a lo duro que es conseguir empleo, al drama de quienes no tienen otra opción que buscar el sustento diario en la calle y-fuera de eso- aguantarse la persecución de las autoridades. "Es que ahí, donde me ve, yo vendo agua aromática y jugos en Villas de granada; soy una abuelita a la que le toca trabajar todavía". Señaló sin dejar de sonreír. "¿Y qué hace entonces por estos lados?" me atreví a preguntarle. "Estaba visitando a alguien por aquí..." Hizo una breve pausa: "¿Sabe?, yo soy Católica, creo en Dios. Muchos sacerdotes y mis padres aseguraban que si uno oraba y pedía la gracia de una muerte sin sufrimiento, el altísimo lo escuchaba y cumplía. ¿Usted qué piensa?". Confieso que me tomó por sorpresa la inquietud de Blanquita. Todos le tememos a la muerte- eso presumo- reflexionar, sin embargo, acerca del dolor y el sufrimiento de un hecho al que nadie escapará es un aspecto que,sinceramente, he pasado por alto.


Por supuesto empecé a escudriñar en mi mente las sensaciones que tal vez nos envolverán durante la agonía; luego pensé: ¿Existirá alguna manera de medir el dolor? ¿Se incluye también la muerte de los sueños? y respondí: "
Blanquita, yo simplemente le digo que prefiero orar por los que se quedan aquí; al fin y al cabo los difuntos ya no forman parte de este mundo. En cambio los seres queridos necesitan mucha fortaleza para entender la ausencia de un familiar o amigo".

Blanquita me miraba atentamente, parecía interesada en mi opinión. "Don Carlitos, yo le aseguro que es preferible morir de una vez y no permanecer en una cama. Me aterra convertirme en un estorbo. Por eso vengo del Cementerio, saludaba a mis padres y aproveché para pedirles que intercedieran por mí y me favorecieran con una muerte rápida, sin que me dé cuenta" Después de aquella interpretación no tuve más argumentos; realmente la sabiduría popular es el mejor ejemplo de sentido común (quizás el menos común de los sentidos). "Cuénteme de su esposa y sus hijos". Vaya; las palabras de Blanquita me hicieron reír. Le contesté que no era casado, que no tenía tampoco hijos. "Ay don Carlitos, no es buena la soledad" a lo que manifesté bromeando: "Listo Blanquita, casémonos". La anciana soltó una hermosa carcajada; "Cómo se le ocurre. Yo lo triplico en años ¿Se imagina? Más bien búsquese una señorita"


Ya casi llegaba a mi destino. El viaje fue cálido por la presencia inesperada y mágica de
Blanquita. Entre risas, anécdotas, complicidad le dije: "¿En dónde se baja?" "Voy a la avenida El Dorado"; precisamente, en ese momento, el colectivo se acercaba al puente de dicha avenida, también conocida como Calle 26. "Blanquita, es a una cuadra no más". Nos despedimos con otro apretón de manos. "Está calientico. Gracias don carlitos, vea que se me pasó el dolor en la columna" "Gracias a usted Blanquita; a mi se me olvidó por unos minutos un dolorcito que tengo guardado en el corazón".


Atravesó el p
asillo, timbró sin dejar de gritar: "Gracias don Carlitos, que Dios lo bendiga. Cuídese mucho". Los demás pasajeros me miraron; yo solamente tenía ojos, corazón y ternura para Blanquita hasta que, finalmente, se perdió en medio de las calles de Bogotá.

martes, julio 01, 2008



No alcanzan



Ni los deseos anclados en el corazón, ni los pinceles esparcidos en la arena, ni los espejos para vernos. Ni siquiera alcanza la palabra, la que se dice de labios para a fuera o la que recorre cada órgano del cuerpo.


No alcanzan los temores, las dudas o las cobardías. Tampoco la fe ciega o la que nace de un mañana y dibuja de amarillo el entorno las sombras.


No alcanza la escalera apoyada en el lecho del río; ¿Cómo alcanzaría si el agua fluye, se escapa, retorna y desaparece convertida en nube?.


No alcanzan mis manos el viento, no alcanzan mis pies el mar, no alcanzan mis ojos el fuego.


No alcanza la noche, no alcanza la madrugada, no alcanza el día...


No, no alcanzan.